El mundo al revés

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

28 jul 2019 . Actualizado a las 05:05 h.

Durante los últimos años nos hemos acostumbrado a ver con nuestros ojos cosas que hace solo un par de lustros no hubiéramos siquiera imaginado, por lo que ya empezamos a tomar como normales algunos hechos de la realidad económica que parecen tomados de una literatura del absurdo. Y no se trata de asuntos aislados o de pequeño calado, sino de cuestiones fundamentales, que marcan la orientación de los sistemas económicos hacia el futuro. Hoy, por ejemplo, la mayoría de los banqueros centrales, cuya función básica es la de mantener embridada la inflación, suspiran por que su tasa crezca, y algunos de ellos -como Draghi- hasta se aplican en conseguirlo. Es el mundo al revés.

Como lo es, y en muy superior medida, el hecho de que la potencia hipercapitalista del momento y protagonista creciente en el mundo bipolar al que parece que vamos esté gobernada con mano de hierro por un partido que se autodefine como comunista. ¿Cabe mayor contradicción? No, pero a diferencia de lo que se pensaba hace unos años -que las reformas democráticas allí eran inevitables-, nada indica ahora que China vaya a abandonar esa duplicidad, en la que a veces se presenta incluso como el verdadero defensor de los mercados abiertos; y no en cualquier ámbito o sector, sino en aquellos que -como la transformación tecnológica- marcan más el camino hacia el mundo económico de mañana.

Y frente a eso, el papel que juega su gran rival, Estados Unidos, es cada vez más desconcertante: adalid del orden internacional impuesto en Bretton Woods hace casi ochenta años y más adelante protagonista fundamental de la globalización, apenas cabe ya dudar de que aquel país se está convirtiendo en la principal fuerza que apuesta, sino por la destrucción total de esta última, sí por su retroceso. En realidad, algo así ocurrió ya en 1930, pero era difícil pensar después de tantos años de observar sus presiones hacia todas partes a favor del libre comercio, que una nueva espiral proteccionista tuviera origen norteamericano.

Pero acaso la manifestación más drástica y radical del mundo al revés de que hablamos a respecto de la vida económica de hoy lo encontramos en el comportamiento de los mercados financieros, y en particular, en la generalización de las tasas negativas de interés. ¿Pagar por prestar dinero? Imposible imaginar tal disparate. Pues tal es la realidad de ahora mismo: más del 62 % de los bonos europeos ofrecen en este momento tipos negativos; un porcentaje parecido se da en el caso de España, pero para la deuda pública alemana ya son más del 90 % de los títulos los que se encuentran en esa situación. Y nada apunta a que esa situación altamente patológica vaya a cambiar en los próximos meses o incluso años. Algunos autores apuntan a que los tipos ultrabajos o negativos han venido para quedarse durante mucho tiempo.

Las consecuencias son, desde luego, de una gran complejidad. Es la mejor noticia en relación con el pago de las deudas que, como las de los estados, presentan volúmenes desmesurados. Pero el ahorro se ve muy penalizado, como no ignora ya ningún depositante en entidades bancarias. Estas últimas, por su parte, se mueven en un territorio desconocido, en el que los métodos tradicionales de cálculo y búsqueda del excedente empresarial han quedado desfasados. Con ello, las posibilidades de que se produzcan accidentes se han multiplicado, por lo que la vigilancia sobre su comportamiento es hoy más necesaria que nunca.

Pocas cosas en la economía son como solían. Curados de espantos, urge que todos los agentes económicos -en el ámbito privado y en el público- se adapten a un mundo que a veces aparece sacado de Alicia a través del espejo.