La apuesta por la sostenibilidad

Desde que a comienzos de los años 70 los pioneros de la escuela de Meedows pusiesen el foco sobre la necesidad de abordar el problema, el impacto del cambio climático ha ido ganando protagonismo hasta nuestros días. La revolución ecológica es hoy uno de los grandes asuntos de la agenda política, económica y social a nivel mundial. Implementar acciones de carácter transversal, que afecten a todos los ámbitos de las sociedades contemporáneas, se presenta como una obligación irrenunciable


Catedrático de Economía Aplicada de la UdC

Desde el año 2008 hay tres revoluciones en marcha. La primera, la revolución digital que afecta a los cambios de producir y de comercializar. La emergencia de máquinas inteligentes y el desarrollo del comercio electrónico son dos buenos ejemplos para ilustrar las nuevas formas de trabajar y la irrupción de una nueva era de la digitalización y robótica. La segunda revolución es la social, aquella que genera diferentes oportunidades, fruto de la gran brecha abierta por las desigualdades sociales y económicas que generan, sin duda alguna, una amplia base de inseguridad económica, tal y como prueba el último informe de la OIT referido a los salarios y el empleo. Y la tercera revolución es la ecológica, esto es, la que afecta al desarrollo y a los equilibrios de poder, y la que provoca una amplia fragmentación de espacios vulnerables.

Cuando tratamos de explicar esta última revolución siempre hacemos mención a los diferentes enfoques existentes sobre la sostenibilidad y sobre el uso de los recursos. Al mismo tiempo, también contextualizamos los distintos procesos de transición y los acuerdos internacionales plasmados en las convenciones y tratados. De forma resumida podemos afirmar que las concepciones en torno a la sostenibilidad están ligadas a varias fases. En la primera se hablaba de los límites al desarrollo. Se enumeraban las consecuencias que desataban unos hechos provocados por el ser humano, y se mostraban las carencias, los vacíos, los déficits y los parches. Los pioneros de esta escuela, el equipo de Meedows, allá por el 1972, hablaban del agotamiento de los recursos, de la destrucción de espacios y de formas de vida, la degradación de los suelos, la deforestación de bosques, de los problemas de la sobrepesca y de las pérdidas de biodiversidad. Esto es, subrayaban tendencias observables, y se sugería formular un modelo mundial a partir de variables muy complejas, el llamado World-3.

Más tarde, en 1987, emerge el concepto de desarrollo sostenible, acuñado por la primera ministra noruega, la socialdemócrata MarieGro Brundtland, en un libro titulado Nuestro futuro común. Lo definía como «aquel que satisface las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades». Marcó una época y todavía, hoy en día, siguen vigentes muchos de sus postulados. Al abarcar tres dimensiones: la social, la económica y la medioambiental, nos permite apostar por un escenario habitable, equitativo y viable. A pesar de que no fue asumido de manera inmediata por la totalidad de la comunidad internacional, se fueron dando pasos adelante en posteriores convenciones, como en la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro (1971), sobre Medio Ambiente y Desarrollo; o como el Protocolo de Kyoto (1998), sobre el Cambio Climático. Se buscaba, en aquel momento, resolver los problemas derivados de la carencia de compromisos, de la individualización de las consecuencias, o de la propia falacia del crecimiento ilimitado, que defendía con ardor el presidente norteamericano Bush.

Dichos avances dieron paso a la construcción de nuevos paradigmas, como fueron el análisis de la huella ecológica (promovido por los científicos Wackernagel y Rees); los modelos de sostenibilidad basados en los principios de precaución (cuya premisa es resguardar el porvenir); los modelos ecosistémicos (análisis a partir de las interconexiones y de los acoplamientos de variables); o los sustentados en la gobernanza participativa (es decir, el incremento de la responsabilidad ecosocial y las aplicaciones de autolimitaciones, fundamentadas en la responsabilidad individual y colectiva). Es decir, se incrementó la concienciación sobre el carácter finito de los recursos y la necesidad de una nueva cooperación y acuerdos internacionales que permitieran abordar los elementos relacionados con la justicia, la distribución económica, las libertades, la ética, la política y la participación. 

Vinculados a estas apuestas tiene lugar la aparición de un nuevo concepto de gran transcendencia: los riesgos. El sociólogo alemán U. Beck, en su libro La sociedad del riesgo, nos advierte de que las lógicas de producción y distribución predominan sobre todas las demás relaciones, por lo que es preciso proceder a minimizar la canalización de los riesgos generados por el desarrollo económico y científico. Al proceder los riesgos de decisiones irreversibles, e incluso invisibles, que pueden llegar a destruir el planeta, resulta necesario analizar el contraste entre los afectados y aquellos que producen y se benefician de ello. Aunque los riesgos no entienden de estados ni de clases sociales; resulta bien cierto que las clases sociales más bajas son quienes más sufren los riegos.

Más recientemente, a comienzo de este siglo, provocados por la mayor movilización y concienciación de las sociedades, los estados aprueban los Objetivos del Milenio que, basados en Rio+20, dan lugar a la Agenda 2030. Se definen 17 objetivos, con 169 metas. Pretenden ser un instrumento para la lucha a favor del desarrollo humano sostenible en todo el planeta. Se insta, por tanto, a todos los países a adoptar medidas para promover la equidad, el bienestar y la sostenibilidad. De ahí que se definan los destinatarios como las 5P: personas; planeta; prosperidad; paz y partenariado (alianzas). Esta Agenda 2030 posee carácter universal; su objetivo es no dejar a nadie detrás; y su finalidad es la de promover la igualdad.

Un cambio transversal

Llama la atención sobre cómo poner fin a la pobreza; al hambre; a garantizar una vida sana; a una educación inclusiva; a lograr la igualdad de género; a garantizar la disponibilidad de agua y de energía asequible; al crecimiento económico; a modelos de consumo y producción sostenible; a adoptar medidas para combatir el cambio climático; a conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, mares y recursos marinos; a proteger, establecer y promover el uso sostenible de ecosistemas terrestres; y a promover sociedades pacíficas.

Es decir, los objetivos son ambiciosos. Se asumen los riesgos y los fracasos en la consecución de los mismos, y somos conscientes de que las decisiones a asumir son de gran calado, tanto, que exigen cambios en las reglas de juego. Pero lo cierto es que, hoy en día, es preciso implementar acciones aplicando los principios de precaución (enfoque correctivo) y de prevención (visión integrada). Las sociedades tenemos ese desafío y no cabe duda de que no nos podemos esconder, ni proceder a minusvalorar los efectos derivados de los cambios ecológicos. En este sentido, los gobiernos deben apostar por esta revolución transversal y que afecta a todos. Por nuestra parte, procedemos a dar nuestra opinión reflejando 12 propuestas sobre los esfuerzos y políticas a consensuar y desarrollar que dejamos abiertas a la ciudadanía.

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