Edificios en madera, la revolución que viene, ¿se subirá Galicia al tren?

El uso a nivel estructural de este material, inspirado por la transición energética, ha desatado grandes expectativas. La comunidad encara la oportunidad de crear una industria específica


Redacción / La Voz

Las señales son tan evidentes que mirar hacia otro lado no es una opción. Pocas son las voces serias y documentadas que discuten a nivel mundial los efectos del cambio climático. Las consecuencias son alarmantes y Europa se ha propuesto combatirlas con un plan de transición energética que tendrá un impacto transversal: desde la movilidad y el transporte al consumo de bienes e insumos. Por descontado, en esta hoja de ruta figura también la edificación. Y con letras grandes, subrayadas en rojo chillón: al fin y al cabo, sostiene la Comisión Europea que el 40 % del consumo de energía del Viejo Continente está directamente vinculado a este sector, a los procesos de construcción de los inmuebles y al gasto asociado al día a día de los inmuebles (calefacción, luz...). La era del ladrillo y el hormigón podría estar llegando a su fin, algo parecido a lo que les va a ocurrir a los motores de combustión, que más tarde o más temprano serán fagocitados por el vehículo eléctrico. La materia prima llamada a arrebatarles el protagonismo es una gran conocida de las tierras de Breogán: la madera.

«En los próximos años -sostiene el presidente del Clúster da Madeira de Galicia, Manuel Iglesias- 1.000 millones de personas van a abandonar las zonas rurales para desplazarse a las ciudades. Eso es lo que dicen los últimos estudios. Si no se les procuran viviendas de madera y las hacemos con la alternativa actual de hormigón o acero, el mundo no tendrá capacidad de absorber esa huella ambiental». Las ventajas vinculadas a la construcción de edificios con madera están sobradamente documentadas: gasto energético asociado a la transformación muy inferior (se estima que solo la producción de una tonelada de cemento genera una tonelada de dióxido de carbono), absorción de CO2, potencial reciclable, mayores rendimientos de aislamiento térmico y acústico...

La edificación integral con madera, desde los elementos estructurales a los del interior de la vivienda, está muy extendida en los países del norte de Europa y en otros como Canadá o Estados Unidos (en todos por encima del 80 %), pero es aún anecdótica en el sur de Europa, y desde luego en España. La Axencia Galega da Industria Forestal (Xera) ha lanzado un plan coordinado con las empresas y las asociaciones de productores para estimular este tipo de construcciones, e incluso fomentar los equipamientos públicos (colegios, centros de salud...), como una vía para familiarizar a los gallegos con su potencial y sus prestaciones, equivalentes a las de cualquier edificio levantado con hormigón, cemento y ladrillo.

«Hay una idea equivocada al hablar de los edificios de madera. Lo que tienen otros países es una cultura de edificación y una tecnificación muy superior a la nuestra y los ciudadanos allí ya lo han interiorizado totalmente», argumenta Félix Suárez, miembro del Grupo de Estructuras de la Madera (GEM) de la Escuela de Arquitectura de la Universidade da Coruña (UdC). Aseguran los integrantes de este grupo académico de alto nivel, formado también por Javier Estévez, Dolores Otero, Emilio Martín Gutiérrez y José Antonio Vázquez, que Galicia tiene una gran oportunidad encima de la mesa, pero son muchos los deberes que habrá de completar para aprovecharla. «Sería un crimen que teniendo este potencial no creemos una industria», arguye Estévez.

La tarea, para Galicia, no será menor por cuanto exigirá trabajar desde la producción en origen hasta las siguientes fases de la industria. En el monte será necesario realizar un vasto trabajo de certificación de la madera, un paso indispensable para poder usarla como elemento estructural en una edificación. Sin una normativa específica y esos sellos de calidad para la materia prima que ya están operativos en los países con tradición en estas construcciones, el objetivo podría caer en saco roto. «La madera ha de estar clasificada y certificada -matiza Dolores Otero- y eso implica un control desde el monte hasta que llega a la industria».

Paralelamente, será necesario un trabajo de tecnificación para estudiar los usos de la materia prima que se genere en la comunidad (pino, eucalipto, carballo...), un ámbito en el que Galicia cuenta con equipos de investigación de alto nivel como Pemade, CIS Madeira o el propio GEM. El círculo se completaría con la creación de una industria asociada a la producción de CLT, la solución mayoritaria con la que se asientan las estructuras de los edificios en madera. En la actualidad, el grueso de este mercado en Europa está en manos de una compañía austríaca, pero el Gobierno vasco ha apoyado decididamente a la firma Egoin, centrada también en la fabricación de este producto.

Los expertos consultados consideran que Galicia podría llegar a contar con una industria dedicada a la producción de este material si completa esta hoja de ruta. La Xunta cree que el impulso de empresas tractoras como Finsa podría resultar vital en este proceso y, de hecho, la firma compostelana está ya explorando la posibilidad de producir CLT, aunque la idea está en una fase inicial.

Los miembros del Grupo de Estructuras de la Madera creen no obstante que en esta transición sería bueno facilitar la convivencia de materiales, un camino que seguramente sería mucho más asumible para los ciudadanos. «Nosotros -detalla Javier Estévez- defendemos que se pueden combinar materiales: madera y hormigón, acero... A lo mejor podría ser buena una solución mixta, usando madera pero con una pequeña losa de hormigón, que aprovecha las ventajas de los dos materiales y facilita la transición».

 De lo que no cabe duda es de la dimensión de la oportunidad que se empieza a vislumbrar al calor de esta nueva era para la edificación civil. Una etapa que por encima de todo representa un reto para un territorio, el gallego, que tiene la tercera parte de su superficie forestal infrautilizada. «Si Galicia tiene un territorio bendecido para la producción de madera y la vanguardia del mundo se está posicionando en esta senda, sería absurdo que nos quedásemos al margen», concluye Manuel Iglesias.

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Xavier Fonseca

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Los Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos por Naciones Unidas representan papel mojado sin un plan de ejecución. La Agenda 2030 se ha diseñado precisamente para crear una hoja de ruta que permita al mundo llevar a cabo una transición energética. Y la política debe sentar las bases del cambio de modelo.

Desde Europa se están dando los primeros pasos, a través de los llamados protocolos Nexus. «Hay una serie de objetivos transversales que son lo que llamamos CLEWs, las iniciales en inglés de clima, tierra, energía y agua. Sobre estos cuatro pilares se han creado un conjunto de redes neuronales que ayudan a elaborar mapas de transición sostenible para una determinada región. Por ejemplo, se introduce la información referente a la radiación solar, la población, el viento y otro tipo de variables y se obtiene un modelo que te dirá dónde hay que instalar la energía centralizada o distribuida y cuáles son las mejores zonas para explotar los cultivos, con previsiones a diez años. En definitiva, se trata de un plan para desarrollar políticas concretas», explica Ángeles López, profesora del Máster en Energías Renovables, Cambio Climático y Desarrollo Sostenible de la Universidade de Santiago.

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