Horario, ese oscuro objeto de deseo de los autónomos

Más de la mitad de quienes trabajan por cuenta propia aseguran tener jornadas de diez horas al día. La ley de control horario no les afecta, pero sí a sus empleados


Redacción / La Voz

Durante el primer semestre del año, 31.937 personas pasaron a engrosar el Registro Especial de Trabajadores Autónomos (RETA). La cifra puede parecer elevada, pero no lo es. De hecho, la Federación Nacional de Trabajadores Autónomos-ATA asegura que es el peor dato desde el 2013. «Se aprecia una ralentización en cuanto al crecimiento de nuevos autónomos», afirma su presidente, Lorenzo Amor. ¿A qué se debe esa circunstancia? Probablemente la respuesta a esa pregunta sea compleja y esté cargada de matices. Pero seguramente tenga algo que ver el hecho de que ser autónomo resulte, en pleno siglo XXI, una apuesta demasiado dura. Aunque los más de 3,2 millones de trabajadores por cuenta propia que hay en el país empiezan este año a disfrutar de derechos recién conquistados, España no es aún un país para autónomos. Ellos se mueven en una órbita laboral extraña: como dueños de su propio trabajo, ven chocar sus derechos con las necesidades del negocio. Una colisión de la que -por ley- deben estar protegidos sus empleados. El debate sobre los horarios, encendido tras la aprobación del decreto que obliga a controlar los tiempos de trabajo, ha destapado una vez más esa condición extraña que es la del trabajador autónomo.

«Yo puedo controlar horarios, otra cosa es cuántas horas salgan». Al habla una emprendedora arousana. Una de esas que echa horas y horas alimentando su negocio. Nunca se ha parado a contabilizar su jornada, pero por los números que hace rápidamente, parece que superaría ampliamente las ocho horas diarias. No es el suyo un caso extraño, ni siquiera de los peores, teniendo en cuenta que el 28 % de los autónomos se pasan la mitad del día (entre 11 y 12 horas) pendientes de su negocio. Otro 29 % no baja la guardia durante diez horas diarias, y hay un 21 % más que calcula su jornada laboral en nueve horas. El grupo más reducido es el de quienes cumplen las ocho horas: solo el 15 % lo hace.

«Si un trabajador tuviese nuestras condiciones, se hablaría de esclavitud», apunta otro profesional autónomo. Ya ha pasado. El término se utilizó en tertulias y debates cuando, hace unas semanas, la Audiencia de Pontevedra condenó a los propietarios de una panadería que, desde enero del 2013, exigían a sus trabajadores que acudiesen a su puesto todos los días del año, a excepción de Navidad y Año Nuevo. Los afectados «se veían obligados a aceptar estas condiciones ante el temor de perder su puesto».

Oscuras tentaciones

Un autónomo, volcado en sacar adelante su negocio, puede sentir la tentación de reclamar a su trabajador el mismo grado de compromiso y entrega que él tiene. Pasa. «Hai sectores nos que hai traballadores contratados por oito horas e que fan moitas máis, sen que llas paguen e sen que llas compensen, e esa é unha práctica que hai que desterrar», afirma el presidente de UPTA, Eduardo Abad Sabarís. En todo caso, el responsable de esta organización de autónomos asegura que no son los pequeños empleadores «os que teñen maior tradición de escatimar horas aos seus empregados. Son as medianas e grandes empresas as que non compensan, non pagan ou pagan fóra de nómina», dice. Los datos lo avalan: en España se hacen 6,45 millones de horas extra a la semana, y el 43,8 % de ellas no se pagan, no se compensan, no se cotizan.

Pero los autónomos que tienen trabajadores a su cargo deben cumplir el decreto que ordena registrar las horas de jornada. Y eso generó, hace unos meses, un tsunami de quejas, dudas, sospechas y lamentos entre este colectivo. Los autónomos del mar, sujetos a los caprichosos horarios de las mareas o de las jornadas de pesca, acusaban al Gobierno de desconocer su realidad y la de sus tripulantes. En tierra, crecían las dudas sobre cómo registrar la jornada, sobre las pausas que hay que computar, incluso sobre lo que es y lo que no es tiempo de trabajo. Desde UPTA hacen un llamamiento a la calma, aunque consideran que «neste tema, o ministerio pecou de precipitación cos pequenos. As grandes empresas teñen recursos para abordar esta cuestión, pero as pequenas, e os autónomos, téñeno máis complicado». Aunque hay sistemas «fáciles e gratuitos» para el registro de la jornada, la forma en la que se llevó a cabo la implantación de esta norma ha generado «unha alarma innecesaria», y ha alimentado la sensación de desamparo del colectivo de autónomos.

«Todo tería que ser feito dunha maneira máis didáctica, e nós pedimos que durante o primeiro mes, a Inspección de Traballo, en vez de sancionar, informase, explicase as obrigas», apuntan desde UPTA. No ha sido así. A comienzos del mes de junio, los inspectores estaban comprobando la implantación del registro de la jornada laboral en peluquerías, bares y pequeños comercios gallegos, muchos de ellos asentados en zonas rurales. El pasado fin de semana, en Ribadeo, inspectores de Trabajo irrumpieron en locales de hostelería para comprobar, entre otras cosas, que se estuviesen controlando las horas de la jornada.

¿Conciliar?

Al margen de los problemas operativos que lleva aparejado el control horario, este ha destapado otro debate: la dificultad con la que se encuentran los autónomos a la hora de conciliar. Las principales organizaciones de estos trabajadores encuentran ahí uno de los retos a afrontar a corto plazo. «Para nós é unha cuestión prioritaria, e a solución ten que ir pola racionalización dos horarios», explica UPTA. Piensa, sobre todo, en el pequeño comercio, sobre el que esta entidad ha elaborado un informe que llega a la conclusión de que «o problema deste tipo de negocios non é o tempo que boten abertos, senón a eficiencia dese tempo. Hai que estar aberto cando a xente compra, e pechar cando non hai ninguén na rúa», concluye.

Sandra Ferro. Le Carrousel, Ourense

«Desde que tuve a mi hijo intento ajustar las horas»

El pequeño comercio no atraviesa por sus mejores momentos. Dicen las estadísticas que la mayor parte de los negocios que abren en nuestras ciudades acaban cerrando antes de cumplir los dos años. Por eso, que Le Carrousel (Ourense) haya soplado las ocho velas es todo un éxito. «Si hago una lista de todos los negocios que abrieron con nosotros, creo que comprobaría que son muy pocos los que siguen funcionando». Habla Sandra Ferro, la responsable de un comercio de ropa femenina al que ha dedicado mucho esfuerzo, mucho trabajo... Y un número incontable de horas. «Sacar adelante un negocio no es fácil. Hay que ser muy cauto, calcular bien los pasos que se van a dar... Y ponerle mucho tiempo», dice. Las horas de trabajo «son infinitas», porque «ser mujer, autónoma y madre es un triple salto mortal».

Que se lo pregunten a ella. Cuando nació su hijo, hace casi dos años, «empecé a ser más estricta con los horarios para dedicarle tiempo a él». Se acabaron, entonces, algunas prácticas ?habrá quien diga algunos excesos? que antes eran habituales. «Abro a las diez, y muchas veces, a mediodía, en vez de cerrar e irme a casa me quedaba trabajando, haciendo tocados o atendiendo pedidos, arreglos...», señala Sandra. A fin de cuentas, «para un autónomo su empresa es casi como su hijo, y por él sacrificamos muchas cosas, renunciamos a tener un minuto al día para pensar en nosotros». La llegada de Beltrán a su vida hizo que las prioridades de Sandra se redibujasen. «El tiempo que he decidido darle a mi hijo se lo he tenido que quitar a mi comercio, a mi casa... La verdad es que es complicado compaginar todo», cuenta una mujer que solo se ha permitido el lujo de contratar personal «en momentos muy puntuales, por alguna enfermedad y por el embarazo», recuerda. Y no es que no quiera. «¡Es que no me lo puedo permitir!», exclama. Ella es de las que opina que «cuando se tiene un empleado, hay que tenerlo con sus horas y sus condiciones laborales, lógicamente». Los autónomos, ya se sabe, están hechos de otra pasta. «Si sometiese a un trabajador a las condiciones que tengo yo actualmente, me iría a la cárcel directa», bromea Sandra. Que no falte nunca el humor.

Candy Rodríguez, El rincón de la finca El Carmen, Monforte

«Me levanto, voy a dar de comer a los animales... Y hasta que acabo»

A una mujer que lleva toda la vida siendo autónoma, la palabra horarios le resulta extraña. No los tenía cuando trabajaba como veterinaria y «debía atender urgencias a cualquier hora», y sigue sin tenerlos ahora, que está al frente de una granja de caballos en la que se dan clases de equitación, se organizan campamentos de verano para niños y se ofrecen sesiones de coaching con caballos tanto para empresas como para grupos de víctimas de violencia machista o, simplemente, personas que buscan conocerse un poco mejor. «Sigo trabajando muchísimo, pero en algo que me motiva», cuenta Candy, a la que nunca se le ha ocurrido contar su tiempo de faena. «Pues mira, me levanto, doy de comer a los animales, y hasta que acabe». Porque en una granja de treinta hectáreas, con diecisiete caballos y doce vacas siempre hay cosas que hacer. «Una valla que arreglar, un muro para cerrar una finca... Siempre hay algo», explica. Así que, si le preguntan por su horario, asegura que «en la granja tengo el horario de las gallinas: desde que sale el sol hasta que se pone. Solo que, cuando oscurece, yo me voy a casa y me pongo con toda esa otra parte del trabajo que tengo que hacer: elaborar proyectos, buscar documentación para pedir subvenciones, atender a las redes sociales...»

Innovar e innovar

La lista de tareas a la que hace frente esta mujer parece eterna. «El trabajo es continuo, pero a mí no me importa, es algo que me gusta». Con su anterior ocupación como veterinaria no siempre era así. «Trabajaba muchas horas y estaba muy cansada y estresada. Y llegó un momento en el que mi cuerpo dijo basta». Fue entonces cuando surgió la idea, medio en broma, de poner en marcha la granja de caballos, las clases de equitación y el proyecto de coaching. «Desde que mi pareja y yo dimos el paso en el 2009, soy mucho más pobre económicamente, pero mucho más rica en todo lo demás. Estamos más apretados, es verdad, pero no cambio esto por nada». Trabajar, mucho, también puede ser un placer.

Javier Domínguez, fotógrafo, Gondomar

«Hay trabajos en los que fijar un horario es muy complicado»

«A las siete y media me levanto y a las ocho y media tengo el ordenador encendido. Dependiendo del día lo apago a una hora u a otra. Pero por el medio me organizo a mi aire». Javi Domínguez hace fotografía industrial, vídeo, proyectos multimedia y webs. Y su trabajo se desparrama a lo largo del día en función de mil factores. «Yo dependo de mí mismo, y eso es una ventaja y una esclavitud», dice. La ventaja radica en que «si hace mucho calor una tarde, paro, salgo a dar una vuelta y luego trabajo de noche». La esclavitud, «que yo soy el único responsable de mi trabajo, y si tengo que entregar un proyecto al día siguiente, tengo que poner sobre la mesa las horas que hagan falta. Y si un cliente tiene un problema a cualquier hora, tienes que estar ahí para responderle».

Hace años que Javi se estableció por su cuenta y ahora tiene el despacho en casa. «Tengo que compaginar el trabajo de ordenador con las salidas, para hacer fotos o vídeo, o para hablar con clientes. Normalmente, si voy a salir, suelo planificar varias cosas para aprovechar mejor el tiempo», indica. En su negocio, y en todos aquellos negocios que tienen un componente creativo importante, es «muy difícil poner horarios. La inspiración, las ideas, llegan cuando llegan». Así que, aunque la normativa para el control horario a él no le afecta, sí tiene una opinión formada al respecto. «Me parece que la medida se tomó a lo loco, sin pensar en que no es lo mismo un trabajo en publicidad, por ejemplo, que el de una persona en una fábrica poniendo tornillos». Además, «el empresario que era un explotador va a seguir siéndolo, y el trabajador que se escaquea también», dice. A su juicio, «es una cuestión de responsabilidad. Y no sé por qué será, pero esto es España y la responsabilidad brilla por su ausencia».

Así que, pese a las dificultades que arrastra ser autónomo, Javier se declara satisfecho con el camino que ha elegido. «Me gusta lo que hago, y eso es importante. Hacer cursos de formación para estar al día y aprender cosas nuevas me encanta». 

María José Bouzas, Churrasquería Albariño, Ribeira

«Pasé muchos años sin salir del restaurante»

María José Bouzas, Mari, ha tenido que recorrer un largo camino para llegar al punto en el que se encuentra. «Yo ahora estoy muy bien, estoy encantada», dice. Su restaurante, la Churrasquería Albariño, en Ribeira, se ha hecho un nombre. Y lo que es más importante, ella se ha rodeado de un equipo eficiente, eficaz y engrasado que le permite tomarse tiempo para sí misma. Y eso es algo que no se aprecia en su justa medida hasta que se pierde. «Yo pasé muchos años dedicándole mi vida entera al restaurante. Los primeros quince fueron muy, muy duros. No tenía vida fuera de aquí. Mis amigos, si querían verme, tenían que venir al local. Y cuando organizaban un viaje yo me quedaba con las ganas y les deseaba que lo pasasen bien». No saber lo que son unas vacaciones es duro. Pero más duro es, aún, no poder disfrutar de la crianza de los hijos. A Mari se le hicieron mayores al cuidado de los abuelos, mientras ella echaba horas y más horas en el local. «Al ser la jefa no estás en ningún sitio fijo, pero estás en todos. Si falta la cocinera en la cocina, si falta un camarero, en sala. Y luego hay que atender los libros, los pedidos...». Afortunadamente, hace cinco años su situación mejoró. En ello intervino su apuesta por formar un equipo de gente que se entiende bien, que conoce las claves del local. «El jefe de cocina lleva 16 años conmigo», cuenta Mari. Y otros extrabajadores ya no están en el Albariño porque «la gente que es buena quiere montar su propio negocio. Hay muchos bares y restaurantes por aquí que salieron de nuestra escuela», dice ella con orgullo.

La clave para hacer un buen equipo es tratar con respeto a los trabajadores. E intentar respetar los horarios y compensar los excesos de horas es uno de los factores que hay que tener en cuenta. Mari siempre ha intentado hacerlo así. A veces no ha sido fácil, reconoce. «A veces no tienes personal no porque no quieras, sino porque no puedes. Y entonces es duro». Ella, ahora, tiene una plantilla bien dimensionada a la que lleva meses entrenando en esto de fichar. «Antes de la ley, les puse las fichas y el bolígrafo para que se fuesen acostumbrando», relata. «En nuestro caso no es complicado, pero hay sectores en los que tiene que ser un follón...»

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