Igualdad de oportunidades


Presidente de EA Business School

La sociedad ha asumido como natural la igualdad de oportunidades. Tanto es así que cualquier política que promueva una igualación en el punto de partida o en el marco en el que ha de tocarnos competir, por ejemplo, el mercado laboral, es aplaudida por todos. Lo curioso es que un valor tan profundamente arraigado como es este, se desvanezca cuando en vez de hablar de personas físicas lo hacemos de las jurídicas. Lo sugería hace unas semanas Ignacio Rivera, consejero delegado de Estrella Galicia, en el marco de la inauguración de su museo y aunque no es la única voz, sí es cierto que es una de las más autorizadas. Los costes de logística, por ejemplo, que han de asumir por mantenerse arraigados a Galicia sorprenderían a más de uno. Otros han dispersado sus fábricas por la península, ellos no. Pero Galicia no puede o no debe ser tierra de empresarios heroicos, sino todo lo contrario, un destino de la inversión nacional e internacional. Ya sé que pasar del negro al blanco es complicado, así que primero ansiemos encontrar el gris, y ese tono se alcanzará el día que las personas jurídicas de Galicia, nuestras empresas, tengan el mismo marco de oportunidades que una ubicada en Madrid. Sí, en Madrid. ¿Qué ocurre? ¿No tenemos derecho a ello?

Hace unos días recorría con el expresidente Uribe la Ribeira Sacra. Navegando por el Sil, vimos un viaducto. Salía de la nada, de la montaña, y volvía, a nuestros ojos, a esconderse entre los soutos de la rivera. «Ahí tiene uno de los motores de crecimiento de este país», le indiqué. Estas vías hicieron que un sevillano vendiera en A Coruña y un vigués lo hiciera en Teruel. Creamos un mercado doméstico que, en gran medida, explica algunas de nuestras debilidades como país exportador, pero también está detrás de nuestra larga senda de crecimiento. Colombia se enfrenta a los mismos retos. Mientras un holandés visitaba en los setenta África, los españoles estábamos tirados en un seiscientos buscando abrir en la provincia de al lado. Franco nos legó un país de un puñado de grandes compañías, la mayoría públicas, y varios millones de microempresas. La modernización de la democracia y la construcción de las grandes infraestructuras les dio a las pymes locales un mercado doméstico nacional.

 El eterno debate de la financiación autonómica y las cesiones a cambio de privilegios y efectos colaterales positivos en el Congreso están perjudicando al país. Destroza la unidad del mercado nacional. Imagínese un país como una gran autopista en donde llegar al destino tuviera recompensa. Lo que hicimos fue quitarle el límite de velocidad. Ya se puede imaginar quiénes llegan antes a la meta: los que tienen más recursos. ¿Y después alguno se pregunta por qué una España se vacía? Les hemos dado todo, el talento de nuestros hijos y las sedes centrales de nuestras empresas señeras. ¿Y quieren que callemos? ‘Mexan por nos e...’

Esta es la realidad, si es gallego y desea vender su empresa, debe mudarse. Abrir en Madrid su sede central, aunque después produzca en Verín o en Lalín. Si se queda aquí le aplicarán una presión fiscal extra. Ser gallego no puede ser un castigo. El presidente Feijoo, que reconoce esta circunstancia, dice que ya solo le ocurre a una cantidad muy reducida de gallegos. Y no le falta razón, pero nunca dice cuántos empleos generan estos pocos. Esta semana, la ministra de Hacienda, antigua consejera del ramo en Andalucía, ha dicho que desea acabar con el dumping fiscal. Presidente, no lo dude. Hagan frente. Nunca lo hemos tenido más fácil.

 Unifiquemos la fiscalidad empresarial de este país y si el debate político saca la palabra discriminación, agarrémosla, pero para añadirle la palabra positiva. ¿Y para dónde? Para la España vaciada. ¿Y por qué? Por la igualdad de oportunidades de nuestras empresas.

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