Insólita heterodoxia fiscal


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

En esta especie de limbo que dibuja el escenario postcrisis y que se ha dado en llamar «nueva normalidad» se van acumulando elementos de todo tipo -comportamiento de las variables económicas, respuestas políticas, argumentos en los que más o menos estas últimas se sustentan- que parecen mezclar las inercias del pasado con un deseo de cambio radical. Todo ello en un entorno de marcada incertidumbre y no poco desconcierto. Uno de los ámbitos en los que se advierte esa falta de perspectivas claras sobre cómo avanzar en estos tiempos raros es el teórico/ideológico. Y es que muchas de las ideas económicas sobre las que había un consenso a principios de este siglo han quedado desprestigiadas en estos años; sin embargo, no ha surgido nada parecido a lo que pudiéramos llamar «un nuevo paradigma teórico». Lo que existe ahora es un debate muy vivo entre argumentos contrapuestos; nada que ver con el clima intelectual, muy cerrado sobre sí mismo, que reinaba entre los expertos hace solo tres lustros.

En los años pasados lo hemos visto de un modo muy acusado para el caso de las políticas monetarias: por razones de fuerza mayor las estrategias de los bancos centrales se fueron volcando hacia un extraordinario grado de heterodoxia. Se puede decir que buena parte de las decisiones tomadas por la Reserva Federal a partir del 2009 o el BCE desde el 2012 han sido lo más opuesto a las recomendaciones que durante décadas figuraron en los manuales de economía. Ahora, en cambio, una gran mayoría de autores coinciden en que políticas como las de compra masiva de títulos eran imprescindibles, aunque hay discrepancias importantes en valorar cuáles pueden ser sus consecuencias últimas.

Pues bien, en un cierto sentido, un viraje semejante se está empezando a dar en el campo de las políticas fiscales, si bien en este caso los argumentos van por delante de las decisiones políticas. La opinión de los expertos cada vez se decanta más por la urgencia de sustituir -sobre todo en Europa- el protagonismo monetario, que ya poco más puede dar de sí, por un mayor activismo fiscal de los gobiernos. Lo interesante, y en buena medida sorprendente, es que este viraje viene acompañado de algunos argumentos nuevos que incluyen una reconsideración importante de los costes que puede tener el aumento del déficit y la deuda pública. Destaca aquí el estudio que el destacado macroeconomista Olivier Blanchard ha presentado nada menos que como lectura presidencial en la reunión de la Asociación Norteamericana de Economía (Public Debt and Low Interest Rates, AEA, 2019).

El argumento principal de Blanchard, que está teniendo un gran impacto, es que el coste de los desequilibrios fiscales debe revisarse a la baja cuando se esperan tipos de interés ultrabajos para mucho tiempo: si los tipos de la deuda pública son menores que la tasa de crecimiento del PIB en el largo plazo, entonces puede ser una buena decisión la de incurrir en déficit y endeudarse para abordar ciertos gastos. Puede parecer simplista, aunque hay que decir que se trata de un análisis muy riguroso y sostenido en datos, además de estar lleno de matices, pero algo así no es escuchaba en esos foros desde hace sesenta años.

Habrá que tener cuidado con las conclusiones que se extraigan, pues no está escrito que los tipos no puedan experimentar en algún momento alzas sorpresivas, y además el punto de partida -niveles de deuda de entorno a un 100 % del PIB en bastantes países- podría dejar peligrosamente sin márgenes de actuación a los gobiernos en caso de una nueva crisis. Pero hay que felicitarse de que, con estos nuevos e inopinados argumentos, la discusión sobre las ideas de intervención pública y disciplina fiscal se esté haciendo de pronto mucho más rica y compleja.

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