«El multilateralismo sufre un ataque que no habíamos visto»

Décadas de trabajo en los despachos del FMI en Washington, pero también sobre el terreno, facultan a este economista para hablar con propiedad sobre la cooperación internacional. Sobre sus logros. También sobre sus desafíos ahora que los países avanzados empiezan a poner piedras en el camino del desarrollo global


Redacción / La Voz

Doctor en Economía por las universidades de Stanford y Buenos Aires, Patricio M. Castro (Buenos Aires, 1951) ha pilotado y participado durante el último cuarto de siglo en numerosos proyectos del Fondo Monetario Internacional (FMI) en calidad de economista principal de la división de finanzas públicas. De ascendencia pontevedresa, este conversador culto y reflexivo participó hace unos días en A Coruña en unas jornadas sobre la cooperación internacional organizadas por el Centro de Estudios Superiores Universitarios de Galicia (Cesuga).

-¿Corre peligro la ayuda al desarrollo ahora que el multilateralismo parece languidecer y son muchas las potencias que prefieren mirar hacia su ombligo y no a su alrededor?

-Ese es el tema por el que buscamos traer esta jornada. De hecho, se cumplen 75 años de los acuerdos de Bretton Woods, que pusieron las bases del multilateralismo. Y sí, comparto tu preocupación en el sentido de que el multilateralismo y esta visión del mundo están sufriendo un ataque como no lo habíamos visto antes.

-¿Es preciso repensar la ayuda al desarrollo en un mundo en permanente crisis?

-Es preciso repensar la ayuda al desarrollo porque es una foto dinámica. Hace 40 años, cuando África salió de su etapa colonial, pensar en la ayuda al desarrollo era muy fácil porque hablábamos de lo básico. Y además había otra cosa, yo he trabajado en países de África con millones de habitantes en los que cuando se fueron los países coloniales uno podía contar con los dedos de una mano el número de profesionales que había en el país. Entonces, los organismos de cooperación y nosotros los funcionarios llegábamos a dar clase a los párvulos del jardín. Pero 40 años después todos esos países cuentan con profesionales que se han educado en las mejores escuelas, por lo que el diálogo tiene que ser de otra manera. Y esto es algo que desde los cenáculos del poder en Washington, Londres, Ginebra o Bruselas no se ve igual. El desafío es ese, pensar con una mirada más abierta.

-Es decir, seguimos viendo la cooperación con una mirada demasiado paternalista.

-Totalmente. Llevo en este asunto 30 años y los últimos 25 en el FMI, con lo que he asistido a parte del declive.

-¿No hay una brecha demasiado grande entre retórica y práctica cuando se habla de cooperación internacional?

-A veces sí y a veces no. Podría relatar algún caso de éxito como Mozambique y muchos otros fracasos. En Mozambique, cuando se fueron los portugueses había en todo el país dos profesionales de la salud en un país de casi 20 millones de personas. Con sus problemas y su guerra civil, Mozambique es hoy un ejemplo de desarrollo porque incluso tiene más armonía social que en el sur de África, por ejemplo.

-En agosto pasado, personalidades como Joseph Stiglitz, James Heckman, Angus Deaton o Naila Kabeer firmaban una carta que cuestionaba la eficacia de las ayudas al desarrollo por ignorar los factores macroeconómicos, políticos e institucionales del subdesarrollo. Reivindicaban además el papel del estado como garante de la educación y la salud públicas, así como de los derechos de los trabajadores, ¿qué le parece este diagnóstico?

-Lo comparto en buena medida. Estoy de acuerdo con mucho de lo que plantea Stiglitz, pero hay que recordar que buena parte de este orden global fue pensado, diseñado y conducido, y ahora criticado, por un núcleo duro de economistas anglosajones formados en sus escuelas: Chicago, MIT, Stanford, Oxford... Hay un matiz a ese diagnóstico y es que los que peor se sienten con la globalización son los ciudadanos de los países en desarrollo, que no encuentran satisfacción en los planes que les trazan desde el imperio y desde los cenáculos del poder económico, pero hoy por hoy lo que está atacando el orden mundial no son los ciudadanos insatisfechos del tercer mundo, sino los ciudadanos insatisfechos del primer mundo. Los estadounidenses que votan a Trump, los europeos que se alinean con los populistas...

-¿Entonces, el ataque al multilateralismo es producto del miedo?

-Sin duda, es producto del miedo y de la incertidumbre porque te habían prometido tanto con el libre comercio... Pero no advirtieron de lo que había que conceder. Estados Unidos se ha beneficiado durante mucho tiempo de comprar todo tipo de artículos a precio de saldo porque venía de China y se aprovechaba de la mano de obra casi esclava de este país, o de Filipinas o Bangladés... Y claro, de pronto al ciudadano estadounidense le parecía normal que una camisa valiese tres dólares, pero no podía entender cómo el fabricante de camisas de Brooklyn, que no puede vender sus camisas a 40 dólares porque no se las compra nadie, quiebra y está en la calle. Y esto es en todos los órdenes y es lo que está detrás de la guerra comercial de Trump con China.

-La ayuda oficial al desarrollo se elevó a más de 146.000 millones de dólares en el 2015, de acuerdo con los últimos datos divulgados por la OCDE. Hablamos de un negocio muy jugoso, ¿son eficaces los mecanismos de control?

-Eficientes al cien por cien no son porque hay mucho despilfarro y mucha burocracia. Pero son eficaces en general. No ha habido ningún caso Odebrecht en la ayuda al desarrollo. Siempre hay oenegés cuyo mayor objetivo es comprar el 4X4 más lujoso para pasearse por la zona en la que tienen que prestar ayuda, pero es un mal menor.

-Volviendo a la crisis global, ¿no resulta paradójico que grandes potencias como EE. UU. se alineen con el cierre de fronteras cuando las grandes cadenas de valor son hoy globales y están fuertemente indexadas? No parece posible que se puedan poner frenos hoy al libre comercio.

-Efectivamente, y esa es la paradoja de Trump con su muro en la frontera con México, donde se ensamblan la mayoría de los coches que se venden en Estados Unidos. Lo que sucede es que quienes están pensando las políticas de aislamiento son políticos que, o bien desconocen esa realidad, o no les interesa conocerla. Esto también es parte del desafío. Y afecta también al desarrollo porque países que habían sido tradicionalmente fuertes donantes para la cooperación internacional, como Canadá o los países nórdicos (Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega...), han rebajado drásticamente su aporte en América Latina, por ejemplo. Y no hay quien los sustituya. Ahora mismo, casi todos están mirando hacia dentro de sus fronteras y sus intereses e ignorando que las cadenas de valor en lo productivo y lo comercial son tan fuertes que no se puede provocar una interrupción en las mismas sin provocar unas disrupciones muy grandes.

-¿Asistiremos a un mundo menos desigual en las próximas décadas? Se lo comento porque las estadísticas oficiales dicen lo contrario, cada vez hay más renta en manos de menos personas.

-Es cierto, es una consecuencia inevitable del modelo. Si uno recuerda las predicciones malthusianas de que el mundo no iba a poder alimentar a tanta gente, siempre se replicaban alegando que la humanidad encontraba soluciones. Y hasta ahora se ha conseguido, pero no se pensaba mucho en cómo iba a ser la distribución de la riqueza. El sistema ahora no está pensando en esos millones de seres humanos que están en la extrema pobreza, y esta vuelta de tuerca contra el multilateralismo es una prueba de ese mensaje. Es un no quiero verlo, ese it’s not my problem que escucho una y otra vez en determinadas esferas de poder.

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