Las toallitas limpian 230 millones

El tratamiento de estos pequeños artículos se lleva cada año el del saneamiento Los expertos alertan de que nunca se deben desechar en el inodoro

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Del váter a la depuradora: El viaje de una toallita casi indestructible Se han convertido en el sustituto equivocado del papel higiénico. Y ya son el problema más grave de las redes de saneamiento de todo el mundo. Así dañan las canalizaciones estas toallitas. El coste de retirarlas lo pagas en tu factura de agua

Parecen inofensivas. Se han convertido en un producto básico en las rutinas de higiene y de limpieza de millones de hogares de todo el mundo. Pueblan las estanterías de las secciones de droguería de los supermercados. Y son un auténtico monstruo. A pesar de que muchos ciudadanos todavía no sean conscientes, las aparentemente intrascendentes toallitas de limpieza se han convertido en uno de los principales caballos de batalla de gobiernos y asociaciones a favor del medio ambiente. Los primeros miran con preocupación los números. Sacar la calculadora y analizar los costes que supone hacer frente y tratar este tipo de productos supone realizar un ejercicio con final sonrojante. Porque, solo en España, retirar las toallitas que acaban atascando el sistema de alcantarillado cuesta cada año 230 millones de euros. Y si se toma perspectiva se puede llegar a entender mejor. Tratar estos pequeños artículos se lleva cada año el 15 % de la factura total dedicada a los servicios municipales de agua.

Las toallitas han ido ganándose un importante hueco en los armarios de nuestros baños y áreas de limpieza. Sirven para asear a los más pequeños de la casa, para retirar el maquillaje de los mayores, limpiar electrodomésticos u objetos como gafas y pantallas de ordenadores. Hasta se han convertido en un sustituto del papel higiénico. Pero esta cara tan polivalente choca con el camino que este producto inicia en el momento en el que pasan a formar parte de los desechos.

Redes de saneamiento de todo el mundo sufren las consecuencias de un monstruo que se acumula, silencioso, en las cloacas. Y los ciudadanos que caminan sobre ellas desconocen todo lo que se encuentra debajo de sus pies.

En Londres, las autoridades se toparon hace un par de años con una masa de 130 toneladas de peso obstruyendo los sumideros de la capital británica. No hay que irse tan lejos para descubrir un problema semejante. El Ayuntamiento de Valencia tuvo que echar mano de las arcas públicas y poner sobre la mesa ocho millones de euros para intentar poner remedio a un problema que se les había escapado de las manos. El descomunal tapón de desechos superaba los tres kilómetros de longitud y las 5.000 toneladas.

Galicia tampoco vive ajena a esta problemática. En Santiago, 33 bombeos están sujetos a revisiones periódicas para evitar colapsos. De hecho, las estaciones depuradoras de Aríns y de A Silvouta necesitan limpiezas diarias para evitar los atascos. En Ourense, se retiran unas 500 toneladas de residuos no degradables que los habitantes tiran por el inodoro. En la ciudad olívica, cinco camiones realizan a diario tareas de limpieza del alcantarillado, y en A Coruña se dedican más de cien horas semanales a intervenciones de urgencia.

Y el impacto trasciende a la economía. Porque cuando las toallitas acaban en el entorno más natural pueden tardar más de un siglo en desaparecer. Su composición la hace realmente peligrosa. Elaboradas mediante la compactación de fibras sintéticas y celulosa, y con el objetivo de crear un producto resistente, tratar este residuo es un auténtico reto para las sociedades contemporáneas.

Por mucho que las marcas prometan en los paquetes que sus toallitas son desechables, la realidad es muy diferente. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ponía el foco en el problema a finales del 2018. Se plantaba ante una realidad que debe preocupar a todos los ciudadanos. Porque, tras un exhaustivo estudio, los expertos de esta asociación demostraban que de desechables, más bien poco. Después de analizar 19 toallitas húmedas para niños, que se venden como sustituto del papel higiénico, las pruebas de laboratorio demostraron que ninguno de los productos era desechable ni biodegradable y que, por tanto, en ningún caso debían de ser arrojadas al váter como papel higiénico.

Nunca al inodoro

Por muchas promesas que lancen los envases, las toallitas nunca se deben tirar al inodoro. En caso de que los ciudadanos caigan inevitablemente en su consumo, deben ser siempre desechadas en el cubo de la basura. De hecho, la Asociación Española de Abastecimientos de Agua y Saneamiento (AEAS) lleva años luchando para concienciar a los usuarios sobre los problemas que provocan estos pequeños pedazos de celulosa cuando se tiran por el váter. Y recuerdan: «El saneamiento no es un basurero».

Toda advertencia es poca. Porque a pesar de que las autoridades llevan ya años de guerra declarada contra las toallitas, la cuestión tiene lejana solución. A día de hoy, en una ciudad media de 300.000 habitantes se siguen tirando por el inodoro unos 8.000 kilos de toallitas a diario.

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