Economía y felicidad: la paradoja de Easterlin

Diversos índices e informes internacionales analizan la relación entre ambas variables. Valorar los resultados de estos trabajos puede resultar de gran utilidad para los representantes públicos a la hora de diseñar e implementar sus políticas


Catedrático de Economía Aplicada de la UdC

Se suele admitir, siguiendo las encuestas publicadas, que los habitantes de los países ricos están más satisfechos que los que habitan en los países pobres. También se acepta la afirmación de que los ricos son más felices que los pobres. Al mismo tiempo, existen otros estudios que contradicen las dos conclusiones citadas. Investigaciones recientes enuncian que un aumento en lo que concierne a los niveles de vida no supone más que una leve satisfacción suplementaria de felicidad; en la medida que los individuos somos muy sensibles a los mínimos incrementos de los niveles de vida relativos, y no tanto en lo que atañe a los términos absolutos. Por eso, aquellos que progresan rápidamente en las escalas de renta son más felices que aquellos que aumentan dicho nivel al mismo ritmo que el conjunto de la sociedad.

No cabe duda que los niveles de satisfacción están correlacionados con la coyuntura económica. Aumenta en períodos de expansión y disminuye en las fases recesivas. Implica que una variación de los ingresos va a generar un impacto sobre sus condiciones de vida; pero, en la medida que ajustan sus necesidades en función de las rentas, sus niveles de satisfacción aumentan menos de lo esperado. Asimismo, se afirma que la elevación del nivel de vida global de una sociedad está acompañada de una reducción de las desigualdades, es decir, que los ratios de la felicidad tienden a ser más homogéneos. Los defensores de esta teoría quieren ver una tendencia hacia la igualación merced a la extensión de la oferta de bienes colectivos al conjunto de la sociedad, tales como una mejor distribución de las prestaciones sociales y una mayor oferta de bienes y servicios públicos.

Otra cuestión fundamental son las diferencias en lo tocante a las percepciones. La pregunta clave es la siguiente: ¿La felicidad es dependiente de las sociedades? En un principio, la democracia acrecienta los niveles de satisfacción. Esto es, un pueblo feliz se inclina a apostar por la democracia. De igual manera, se constata que la tolerancia acrecienta la felicidad de las sociedades, en la medida que se interpreta como una mayor expresión de libertades. Por el contrario, la corrupción, la falta de ética y las prácticas ilícitas reducen el índice de satisfacción, y hacen disminuir la eficiencia de las instituciones. De ahí que siempre se haga mención al hecho de que la confianza en la política y en la Justicia resultan claves a la hora de medir los grados de satisfacción de las sociedades y de los individuos.

Finalmente, un nuevo concepto está estrechamente vinculado a la felicidad. Es el relativo a la solidaridad, o sea, el de compartir y asignar de la mejor manera posible los recursos y las oportunidades. Vinculado a ello, el concepto de solidaridad tiene en cuenta la noción de seguridad al objeto de implementarlo eficientemente. En suma, la felicidad es un concepto muy exigente, que refleja un estado personal difícil de aprehender y concretar. El economista bengalí Amartya Sen (premio nobel de Economía,1998) defiende un enfoque de felicidad objetivo basado en las cosas buenas de la vida que pueden contribuir al florecimiento humano, como pueden ser la educación, la atención sanitaria, el agua potable, los derechos civiles y la libertad de expresión, entre otros.

De lo avanzado hasta el momento extraemos que existen conceptos entrecruzados (calidad de vida, bienestar y felicidad) que hacen que en el ámbito de la economía de la felicidad trabajen conjuntamente sociólogos, psicólogos, economistas y otros científicos sociales. Por eso, diversas instituciones tratan de explorar nuevos caminos para facilitar el desarrollo humano y para establecer mediciones sobre la felicidad. Tenemos, de una parte, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que calcula un índice, el IDH (índice de desarrollo humano), que toma en cuenta tres parámetros: vida larga y saludable (esperanza de vida al nacer); educación (tasa de alfabetización y matrícula en educación primara, secundaria y terciaria); y nivel de vida digno (PIB per cápita). Otras instituciones, como el Gobierno de Bután, elaboran el índice de felicidad bruta, en donde se toman en cuenta factores materiales, sociales, espirituales y medioambientales, medidos de acuerdo a un índice más completo, creando un nuevo paradigma económico muy distinto al tradicional, basado en una concepción esencialmente productivista. Existen, asimismo, el índice de planeta feliz, que utiliza datos globales sobre el bienestar, la esperanza de vida y la huella ecológica; y el informe mundial de felicidad, que elabora el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, que mide los factores que influyen en el bienestar de las personas y dónde se disfruta más de la vida. La principal característica de dichos informes e índices es que la felicidad no radica en la riqueza de una nación, sino que hay otros factores con los que la felicidad tiene una relación positiva, como la buena salud, la confianza de la comunidad, la calidad de la gobernabilidad, la libertad, la ausencia de corrupción y las fuertes redes sociales, por ejemplo. De ahí que los tres primeros países, según el índice de felicidad, sean Dinamarca, Noruega y Suiza; y, según el informe de felicidad, Suiza, Islandia y Dinamarca.

Relación no lineal

Pero lo más concluyente es la paradoja de Easterlin, quien, en 1973, en su trabajo Does Money Buy Happiness?, describe que no existe relación directa entre la renta y la felicidad, en la medida que el nivel de renta de los países desarrollados no se había traducido en un aumento en la felicidad. El trabajo mencionado revela tres resultados principales: no hay diferencias significativas en lo tocante a la satisfacción subjetiva entre los países ricos y pobres; en el período en que se duplicó la renta per cápita en los Estados Unidos, no aumentó el grado de satisfacción subjetiva; y, finalmente, existe una relación no lineal entre la renta y la felicidad, de manera que, a medida que aumenta el nivel absoluto de renta, su utilidad marginal es decreciente. ¿Qué significan estas conclusiones? Que la utilidad de cada persona depende de la relación entre su gasto presente y el del resto de la población. Si el gasto de las demás personas no se modifica, la utilidad del individuo se incrementa conforme lo hace su renta. Cuando el ingreso per cápita crece, la utilidad que se deriva del gasto de cada individuo lo hace también, pero el incremento del gasto de los demás reduce su propia utilidad. La paradoja de Easterlin supone que incrementos importantes de renta no van acompañados de aumentos en los niveles declarados de felicidad. De esta manera, por debajo de los niveles medios de subsistencia, el dinero proporciona felicidad. Sin embargo, a partir de los niveles de renta situados por encima del mínimo vital, no existe correlación positiva entre el aumento de la renta y el de la felicidad.

Las aspiraciones

Junto a los recientes estudios sobre la felicidad hay que situar las investigaciones sobre las aspiraciones. Estas tienen su origen en tres grupos: las individuales, las familiares y las de la comunidad. Las primeras buscan los logros individuales y la superación de los problemas personales. Las segundas mencionan los recursos con que se cuentan y los estímulos que se reciben; en tanto que las terceras corresponden al mundo de las experiencias, vidas, logros e ideales de las personas cercanas y afectadas por la percepción de la movilidad social. Las teorías más recientes apuntan a que, a medida que aumentan los logros de los individuos, también aumentan sus aspiraciones, con lo que los niveles de felicidad van en la misma dirección. Pero ¿qué pasa cuando detectamos expectativas decrecientes y no logramos estar nunca satisfechos? En ese momento, las posibilidades proporcionadas por los ingresos no llegan a aumentar la felicidad o los deseos son insaciables, y aquí comienza un nuevo problema.

Las implicaciones para la política son evidentes. Para España, los resultados de investigaciones recientes muestran conclusiones reveladoras: la edad, la salud y la situación de pareja están estrechamente relacionadas con la felicidad. La renta tiene una relación positiva con la satisfacción económica pero no guarda fuerte relación con la felicidad. Y el desempleo está asociado positivamente con la insatisfacción con la vida, pero no está relacionado con la infelicidad. En suma, criterios y factores a tener en cuenta en la formulación de políticas públicas.

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