El enfriamiento alemán

La economía de la locomotora europea ha mostrado evidentes síntomas de debilidad en el último año. A algunos obstáculos de carácter interno como la sequía del Rin se han unido la inestabilidad derivada del «brexit» y las políticas de Trump, así como el cambio de modelo productivo impulsado por China. El país, en todo caso, tiene músculo y recursos para estimular su sector exterior y mantener una vitalidad que Europa necesita como el pan de comer dada su importancia para el conjunto de la Unión.


Catedrático de Economía Aplicada de la Universidade de Santiago. Grupo Colmeiro

En el contexto de una Europa más que preocupada por el desenlace del brexit, de fuertes tensiones comerciales con los Estados Unidos de América, de crisis migratorias, de divisiones significativas en el seno de la Unión respecto a su propio funcionamiento, Alemania se sitúa como su primer país por economía y población, al tiempo que cuarta potencia económica mundial, tras EE. UU., China y Japón. Sin embargo, no ha sido inmune a los vaivenes de una globalización sin gobernanza. A ello han de añadirse algunos errores o deficiencias de su gestión pública, lo que nos sitúa en el momento actual, menos sólido, aparentemente, de lo que siempre se ha esperado de Berlín.

Hace muy pocos meses podían verse sobre las costosas pistas del aeropuerto de Berlín-Brandebourg, miles de coches esperando su homologación, como consecuencia de las nuevas normas anticontaminación, que traen causa de algunos sucesos impensables en un país como Alemania, relativos a las emisiones reales de los vehículos. Para bien o para mal, la respuesta normativa al mal hacer de algunos fabricantes, desorganizó cadenas de producción de marcas tan emblemáticas como BMW, Volkswagen o Daimler. Quizá un síntoma de que algunas cosas no iban muy bien, o no tan bien como suele pensarse de lo que ocurre en el país germano.

Siguiendo los síntomas de un cierto resfriado alemán muy comentado, y observando sus exportaciones, puede comprobarse que han caído, muy ligadas también a la industria automovilística, que en términos de empleo representa 800.000 puestos de trabajo, nada menos. Sin duda, hay nubarrones sobre el comercio internacional, con dos polos tormentosos, Trump y el brexit, y quizá por ello los empresarios alemanes muestren su menor optimismo desde el 2012.

Sin embargo, hay una variable que parece explicar una parte considerable de lo que le pasa a Berlín. Nos referimos a la fragilización de la demanda externa china, potencia que está optando por fabricar en vez de importar, en coherencia con los objetivos de la Agenda 2015, su gran apuesta productiva y tecnológica. Si tal estrategia, que presenta evidentes dificultades, progresa, y a ello se añade una plasmación práctica de las bravatas proteccionistas americanas, el modelo de crecimiento de Alemania se resentirá mucho, quizá hasta griparse.

El propio Bundesbank admite que el crecimiento va a ser menor del 1,5 % del PIB, si bien sostiene que los requisitos para seguir con la expansión continúan siendo sólidos, ya que la financiación permanece barata, el empleo todavía crece y los salarios suben, no mucho, pero lo hacen. Mas, la verdad, Alemania ha escapado por muy poco de lo que se entiende técnicamente por recesión, al debilitarse de forma relevante su fuerte base exportadora. Tanto esto es así que el propio Banco Central Europeo, con toda seguridad, dejará en el cajón la retirada de los estímulos monetarios. Aunque con énfasis evidentemente diferentes, Draghi, a punto de abandonar su cargo, estará preocupado no solo por Italia, también por la tradicional locomotora teutona.

Ajuste excesivo

Durante varios años, la canciller Merkel ha llevado a cabo políticas imprescindibles, a nuestro juicio. Sin embargo, algunos -entre los que me encuentro- creemos que su ajuste salarial ha sido excesivo, castigando con ello las potenciales exportaciones de otros países europeos, buena parte de los cuales, por cierto, son sus socios. La pretensión de ser «caballero solitario» no tiene sentido en el mundo actual, pero la visión de las cosas tiene sus particularidades germanas. Y a pesar de que las retribuciones han crecido, lo han hecho de aquella manera.

Por otro lado, el resultado de tratar al enfermo con principios activos saludables va a depender siempre de la dosis, y creemos que esta no ha sido la adecuada, en parte por ideología y en parte por el peso de la historia, lo que le ha pasado una relativa factura. Porque si bien la economía alemana sigue siendo fuerte, presenta pasivos ligados a la depreciación de su capital físico, con unas infraestructuras públicas a menudo en estado muy deficiente, como las autopistas o algunos puentes, por no hablar de los minijobs (la cara oculta del pleno empleo), de los que ha abusado, mostrando un incremento de la desigualdad social. Un poco más de alegría estimulando la demanda interior parecería indispensable, aun sabiendo que el envejecimiento demográfico no juega a favor, dada la baja propensión al consumo de esos estratos de edad, y que esta circunstancia empuja al Gobierno a ser más conservador en el mantenimiento de excedentes, en previsión de unos gastos en salud de naturaleza explosiva.

Ha habido, por supuesto, dificultades coyunturales como la navegabilidad del Rin, que ha sufrido por una sequía histórica dificultando el normal aprovisionamiento desde el puerto de Rotterdam de la industria química del suroeste del país. Se trata, sin embargo, de un añadido que empeora, pero no determina, un peor desempeño de la economía alemana en este último año, tras un ciclo largo de notable crecimiento.

Debate interno

El futuro no es sombrío para un Estado con la caja desbordante de financiación, pero el contexto mundial se dibuja amenazante. Por ello, no es extraño que exista debate en torno a los presupuestos, ansiosos no pocos por desprenderse de esa especie de fetichismo presupuestario que les ancla al equilibrio, cuando no al superávit a toda costa, llegando a acusar al Gobierno de avaro. Como dicen algunos economistas, incluso próximos a la democracia cristiana, con 60.000 millones de euros de superávit -han leído bien- hay munición para el corto y para el largo plazo. Como también hay pólvora para reequilibrar la balanza comercial, importando más y dejando de empujar el euro al alza, lo que agradecerían algunos de sus vecinos. Pero Berlín, aunque preocupado por lo que acontece a nivel mundial y especialmente por sus exportaciones, sigue disciplinadamente amortizando deuda, que ya anda por el 60 % de su PIB. Lo consideran un deber, quizá porque en alemán deuda se dice schuld, falta, y las faltas hay que repararlas. En cualquier caso, las finanzas públicas alemanas ofrecen margen de maniobra holgado suficiente para estimular su economía en caso de necesidad.

Alemania, que es evidente que tiene problemas, sigue siendo un país decisivo en la Unión Europea, una Europa que decide ir hacia la integración, precisamente para limitar su poder. La gran paradoja es que, con independencia de la relevancia de otros miembros, Berlín se ha convertido en indispensable para la propia pervivencia de la Unión. Ante tanto narcisismo populista sobrevenido, estemos más o menos de acuerdo con la estrategia de crecimiento de Alemania, a todos nos va a convenir que les vaya bien.

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