Economía, tecnología y defensa

El conflicto comercial entre Estados Unidos y China es en realidad una cortina de humo. Lo que en verdad está en juego es la seguridad nacional norteamericana y el control de las soluciones 5G, llamadas a revolucionar el mundo que habitamos


Catedrático de Estructura Económica de la Universidade da Coruña

Tras varios siglos, la doctrina militar se había mantenido sin apenas variaciones significativas. Una de las principales máximas consistía en atacar el primero. Quien así lo hiciera, disfrutaría de una ventaja inicial sustantiva que sería determinante en la evolución del conflicto. Este planteamiento cambia radicalmente en los años ochenta de la mano del norteamericano Robert McNamara, una de las mentes más agudas del siglo XX. Entre otras cosas, secretario de Defensa, presidente de Ford Motors, presidente del Banco Mundial y profesor de Economía en Harvard. Este hombre modificó las bases de la doctrina militar planteando lo que se denominó la destrucción mutua asegurada. Básicamente significaba que, independientemente de quien atacara primero, ambos contendientes estaban condenados a su destrucción mutua, a la desaparición de los dos. La explicación a este cambio tan drástico en la doctrina militar estaba en el desarrollo tecnológico vinculado al armamento nuclear y a los misiles balísticos intercontinentales. En un contexto de guerra fría, McNamara fue capaz de captar una realidad que había cambiado sustancialmente. Una recreación artística de lo que podría ser el día siguiente al holocausto final es la que nos ofrece la película Mad Max y sus escenarios apocalípticos de desolación, hambre y muerte. Por cierto, nótese que MAD coincide con las siglas de mutually assured destruction. No es una casualidad.

La política de defensa de los Estados Unidos asume la nueva situación tratando de romper en su beneficio el equilibrio del terror que significaba la destrucción mutua asegurada. La Iniciativa de Defensa Estratégica ?la conocida como Guerra de las Galaxias- trata de establecer una campana invisible que cubra su geografía, campana que impediría la entrada de los misiles atacantes y, simultáneamente, permitiera la salida de los misiles defensivos. De este modo, la destrucción mutua asegurada quedaría superada por una situación en la que el territorio de los Estados Unidos sería prácticamente inexpugnable a los ataques externos. Y esta era una estrategia política y militar que la tecnología americana podría satisfacer. Una estrategia creíble. Y tanto.

La caída de la URSS es también consecuencia de la iniciativa de defensa estratégica norteamericana. La antigua Unión Soviética estaba ya a punto de desintegración a principios de los años setenta. Gracias al fuerte incremento de los precios del petróleo que tuvieron lugar en esa década, y en la primera mitad de la siguiente, fue capaz de sobrevivir hasta principios de los noventa. Y aquí una coincidencia fatal. Por una parte, los precios del petróleo se reducen a la mitad y la URSS no es capaz de soportar el impulso tecnológico de la industria americana, que podría reducir sus arsenales nucleares a pura chatarra. A partir de aquí, el mundo ya no es el mismo que era. El siglo XXI arranca con la caída del muro de Berlín y con los sucesos de la plaza de Tiananmen a finales de los ochenta. Quizás un poco antes, con el discurso de Ronald Reagan en la puerta de Brandemburgo.

Cambioss irreversibles

Los cambios realmente significativos en términos sociales ocurren muy despacio y de manera casi imperceptible. Son cambios sosegados, tranquilos y con un contenido aleatorio importante, vinculado a alguna tecnología nueva. Muy distintos a lo que pueden significar los períodos revolucionarios con las masas airadas en la calle, dispuestas a tomar la Bastilla o a asaltar el Palacio de Invierno. Estos cambios tan bruscos, aunque pueda parecer lo contrario, son reversibles en el tiempo. Y lo han sido. Sin embargo, hay otros cambios que son absolutamente irreversibles y que transforman las sociedades lentamente y sin algaradas. Desde hace unos años, los métodos anticonceptivos, la carrera espacial, la generalización de los materiales plásticos, etcétera, han transformado nuestras sociedades y han llegado para quedarse. Una pregunta, ¿se imagina alguien un mundo sin anticonceptivos? Es irreversible.

Actualmente estamos inmersos en la informática y su aplicación a los órdenes más diversos de nuestra existencia. Lo estamos viviendo día a día. Kodak y todo el complejo que giraba en torno a esta empresa ha desaparecido, los servicios de correos se reciclan en empresas de paquetería, la banca se transforma para poder sobrevivir, las cabinas telefónicas son un atractivo turístico y el pequeño comercio cae en la trampa de mostrar unos productos físicos que después se adquieren a través de Internet.

El cambio que la informática está introduciendo en nuestras vidas está todavía en estado embrionario. Un avance realmente importante en esta dirección es el que representan las tecnologías de quinta generación, abreviadamente el 5G. Sobre lo que disponemos ahora, esta nueva tecnología transmite datos en tiempo real sin esperas ni latencias. Al ser esto así, permitiría, por ejemplo, los automóviles de conducción autónoma, la robotización de una parte importante de las tareas humanas, la conexión de los distintos aparatos entre sí (el Internet de las cosas) y avances espectaculares en el mundo de la salud y de la inteligencia artificial. Y también, y esto es importante -quizás lo más importante-, avances determinantes en los terrenos militar y de defensa.

Actores a la fuga

En el tablero del 5G solamente hay dos actores: los norteamericanos y los chinos. Los actores más tradicionales de la geopolítica mundial se han quedado atrás. Principalmente la actual Rusia y la Unión Europea: nada que aportar en esta situación. Solamente dos países disponen de la tecnología necesaria para poner en marcha las nuevas redes de comunicaciones. China a través de dos grandes empresas (Huawei y ZTE) y Estados Unidos a través del enorme conglomerado de empresas tecnológicas que dominan sus principales índices bursátiles. El complejo Silicon Valley.

Una pregunta que nos hacemos con frecuencia es por qué las autoridades norteamericanas encargadas de velar por la libre concurrencia en los mercados -las autoridades antitrust y de defensa del consumidor- han permitido que las empresas vinculadas a las nuevas tecnologías llegaran a ser conglomerados monopolistas de dimensiones tan gigantescas. La pregunta se basa en la larga tradición americana en limitar el desarrollo de monopolios y concentraciones empresariales que limitan la concurrencia en los mercados. Ya hace más de un siglo desde la aprobación de la Ley Sherman Antitrust. Esta legislación se aplicó, por ejemplo, para obligar a J. Rockefeller a trocear la gigantesca Standard Oil para recuperar la competencia en el mercado interior de petróleos y derivados.

La Comisión Europea, por el contrario, ha sido mucho más beligerante en este terreno: Google, Microsoft, Intel, Qualcomm Apple, etcétera, han sido multadas por distorsionar la concurrencia en los mercados comunitarios con cifras descomunales. Google (su matriz Alphabet) ha abonado casi 10.000 millones de euros en multas por distorsionar la competencia en Europa. Sin embargo, en los Estados Unidos, estas empresas gozan del beneplácito de los distintos gobiernos y trabajan con total impunidad. Quizás la explicación haya que buscarla en las tecnologías de doble uso: el civil y el militar. Las empresas tecnológicas americanas son uno de los instrumentos básicos de la política de defensa nacional. Petróleo hay en muchos países. Sistemas operativos para ordenadores, en la práctica, solo hay en uno.

El conflicto comercial entre China y Estados Unidos es una nube de humo. Doscientos mil millones de dólares son una nimiedad frente al gigantesco mercado de las nuevas comunicaciones y, sobre todo, frente al precio de la seguridad nacional norteamericana. En el fondo, es un conflicto entre las tecnologías de comunicación que se adoptarán de forma masiva en las próximas décadas. Probablemente China se quede con la suya en su propio mercado interno, mientras la tecnología americana del 5G se extienda por los principales países de la OCDE. Una muestra podrían ser Australia y Nueva Zelanda, que optaron por la tecnología china y ahora se lo piensan. Como ya hicieron antes Alemania y el Reino Unido. En este primer asalto de este combate, la balanza parece inclinarse a favor de los Estados Unidos. Ya veremos en qué queda. Nos daremos cuenta sí o sí.

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