El Deutsche Bank no levanta cabeza

Al Gobierno alemán le preocupa la incapacidad del primer banco del país para ser rentable y recuperar la confianza de los mercados. Los casos de corrupción lastran a la entidad


Berlín / La Voz

Caída libre en Bolsa, números rojos, recortes de personal, multas millonarias y escándalos de corrupción con redadas incluidas. Así es como el Deutsche Bank ha empezado el 2019, que se presenta incierto tanto para el primer banco privado de Alemania como para su nuevo presidente, Christian Sewing, quien lucha por lavar la imagen de la entidad y reconducirla por la senda de las ganancias.

El Deutsche Bank, que fue fundado en 1870 en Berlín y hasta hace dos décadas era considerado el mayor banco del mundo, ha pagado un alto precio por su sed de crecimiento. Todo comenzó con el último cambio de siglo, cuando bajo la batuta de Josef Ackermann se lanzó al sector de la inversión y la especulación, tratando de imitar a sus homólogos estadounidenses. Desde entonces, la entidad y sus empleados se han visto implicados en un sinfín de negocios ilegales. La lista de litigios es larga, más de 8.000, y abarca desde el espionaje hasta la manipulación de tipos interbancarios, como el Líbor, pasando por el lavado de dinero y la violación de sanciones económicas sobre varios países. El último episodio salió a la luz en noviembre, cuando la policía y la Fiscalía alemanas registraron en Fráncfort la sede de la entidad, a la que acusan de ayudar a sus clientes a blanquear en paraísos fiscales.

Aunque sin duda el mayor error del Deutsche Bank fue la venta de productos tóxicos asociados a las hipotecas subprime, que desataron la crisis financiera mundial en el 2008 y le valieron una multa récord de 7.200 millones de dólares en EE. UU.

El Deutsche Bank registró pérdidas ese mismo año, pese a superar la crisis de la deuda sin recibir inyecciones estatales. Sin embargo, los 3,9 millones de euros del 2008 fueron una minucia comparados con el agujero de 6.700 millones con el que el banco cerró el ejercicio del 2015. Hoy, tras cuatro años consecutivos en números rojos, Sewing asegura que el del 2018 será un balance positivo.

Entretanto, el jefe del buque insignia de la posguerra alemana sigue adelante con el plan de reestructuración que diseñó su predecesor, John Cyran. Además de reducir los viajes y eliminar la fruta de las salas de conferencias, el Deutsche Bank se ha deshecho de 200 filiales y dejado de operar en una decena de países. Asimismo, ha recortado su plantilla, que ha pasado de tener 103.000 empleados a 93.000, y se calcula que a final de año habrá menguado hasta los 87.000. La entidad trata en vano de obtener ingresos, ahora que ha regresado al sector de la banca tradicional y ante el lastre que supone la política del BCE. «Si no hubiese intereses negativos, nuestro beneficio aumentaría en unos mil millones de euros», opina el presidente del consejo de administración.

Para colmo, hace unos días la acción del banco marcó un mínimo histórico de 6,68 euros, agravando su caída en picado en la bolsa. A lo largo del 2018 se dejó el 57 % de su valor y se convirtió en la más barata del DAX. Por eso el Deutsche Bank ha quedado fuera del Eurostoxx 50, y por mucho que la plana política alemana se empeñe en intentar tranquilizar a los 593.000 accionistas de la entidad, cuyo valor en Bolsa ha caído hasta los 14.000 millones, a los inversores y al Gobierno les preocupa su incapacidad para ser rentable y recuperar la confianza de los mercados.

Muestra de ello es es el hecho de que reine el escepticismo en torno a una posible fusión del DB con el Commerzbank, el segundo banco del país con dificultades similares. Por el momento, Sewing ha descartado cualquier alianza para los próximos 12 meses. Pero, ¿y después? Solo el tiempo dirá si el Deutsche Bank, que cumplirá 150 años en marzo del 2020, celebrará su aniversario con parte de su antiguo brillo o en ruinas.

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