Artesanía gallega, más allá de Sargadelos

Garantizar el relevo generacional es uno de los retos a los que se enfrenta el sector


Redacción / La Voz

Cuántos aprendices de alfarero se habrán quedado por el camino tras quedar prendados de la mítica escena en la que un fantasma encarnado por Patrick Swayze ayuda a modelar el barro a Demi Moore en la legendaria película Ghost. O cuántos, ya más pegados a nuestra idiosincrasia, habrán conocido más de cerca el oficio en una visita escolar a los hornos de Buño o a la factoría de Sargadelos. La realidad del oficio de artesano es, sin embargo, bastante menos romántica, aunque nuevas figuras emergentes como la zoqueira Elena Ferro o la cesteira Idoia Cuesta hayan renovado las ilusiones del sector. «Que nadie se engañe», sentencia Ana Tenorio, fundadora de Witchneeds y último Premio de Artesanía de Galicia. «Yo creo que el sector vive un momento dulce, pero hay que luchar mucho para conseguir que tu trabajo se valore». Ella es una de las 332 mujeres titulares de un taller en nuestra comunidad. En total hay inscritos más de 600 talleres en el Rexistro Xeral de Artesanía de Galicia, donde ellas son mayoría. Están al frente del 53,5 % de obradoiros. Sobre el respaldo al trabajo artesano opina también Cristina Velasco, de Anaquiños de Papel: «A lo mejor hay alguien que te dice ‘oye, que yo también sé hacer barquitos de papel’ Y yo le digo, pues ponte a hacer quinientos de una tacada, a ver a cuánto los cobrarías...». 

Más de 5.000 personas trabajan en esta actividad, que ha dado entrada a nuevos oficios como los complementos de moda o la sombrerería, aunque siguen siendo mayoría la cerámica y olería, el metal, la madera y el textil. Un sector, el de la artesanía, que ha ido creciendo a lo largo de los últimos años, tanto en términos económicos como a nivel social y cultural, aunque el camino para lograr el reconocimiento no ha sido fácil: «A veces te sientes a contracorriente. Frente a las grandes marcas que producen de forma industrializada, y con las que hay que convivir, claro, pero no es comparable algo hecho en molde industrial y sin alma por miles de personas, que esto que hacemos nosotros, que es un producto que se siente». Un producto que representa en torno al 2,4 % del PIB y que se ha transformado según han ido cambiando los estilos de vida: «Antes -explica Manuel Romero, un veterano del oficio-, a actividade artesanal era un complemento dos ingresos maioritarios, que viñan do campo. Torneiros, zoqueiros, cesteiros... sacaban algo polas súas pezas, que engadían aos recursos que daba o gando ou as terras. Agora a idea é que o oficio de artesán sexa o sustento principal». Entre la nueva hornada de profesionales figuran emprendedores que han dejado su anterior ocupación y se han lanzado a labrarse un presente como artesanos. Es el caso de Beatriz y Cristina, de Anaquiños de Papel. «Nosotras no heredamos el oficio». Para llegar hasta donde están hoy han tenido que recorrer un camino pedregoso, y no sin ayuda: «Los primeros meses empiezas a pagar ya cuota de autónomo pero claro, sin apenas facturar. Nuestros padres podrían habernos dicho ‘dedicaos a buscar trabajo de lo que estudiasteis, que para eso os pagamos la carrera’, pero nos apoyaron en todo momento».

Jóvenes que incorporan nuevas competencias, visiones y modelos de negocio, además de innovación en lo que se refiere a materiales, técnicas, productos y procesos. Y que comparten espacio y tiempo con veteranos como Lolo de As Pontes, un tanto escéptico respecto al futuro de la profesión: « Salvo excepcións, da artesanía é moi difícil vivir hoxe en día». Él lo ha conseguido. Entre sus clientes figura la naronesa Noa, que fabrica muebles para el gigante Inditex. «Se puede vivir de esto», contrapone una optimista Cristina Velasco, de Anaquiños de Papel, la firma que acaba de conseguir la bolsa Eloy Gesto concedida por la Consellería de Economía e Industria y dotada con 4.000 euros. Una cantidad para la que ya han pensado destino: formación artística en Londres y, sobre todo, formación empresarial: «Es vital tener conocimientos de planificación. Cuando estás en esto te das cuenta de que necesitas que alguien te diga ‘pues oye, igual si quieres vivir de esto, no tienes que hacer tal cosa sino esta otra’, alguien que te indique por dónde has de ir». A medio caballo entre una y otra visión se encuentra la de la realista Ana Tenorio: «Yo porque he batallado muchísimo, soy muy terca, nunca me rindo y no me conformo con lo primero que encuentro». Es lo que contesta a la pregunta de si se puede llegar a fin de mes viviendo de la artesanía. «Es verdad que le dedicas un montón de horas, y más si tu taller es tu casa, porque te llevas el trabajo a la cama». El mismo caso que el de las hermanas Velasco: «Tener trabajo y hogar bajo el mismo techo ayuda a conciliar y también a ahorrar gastos, porque no te tienes que pagar otro alquiler para un local, pero la inversión depende de la magnitud del negocio», explican. El horno ha sido el principal desembolso para montar Witchneeds: «Aunque el mío es pequeño. Por lo demás, básicamente agua y barro, que puedes hacer tú mismo aunque el proceso es muy laborioso. Yo normalmente lo compro preparado, que ya viene con el grado de humedad adecuada. Los óxidos para pintar, los esmaltes... todos los materiales los consigo en Galicia, aunque también adquiero alguna cosa en Internet».

La marca Artesanía de Galicia, a la que están adscritos todos ellos, nace en 1991, constituyendo hoy una señal de identidad propia y una garantía de calidad para los consumidores. Un paraguas que ampara y amplía las posibilidades de promoción de los profesionales del sector: «Yo me siento respaldada -apunta Tenorio-. Estoy en contacto con muchos compañeros del ramo y puedo mover más fácilmente mi trabajo, dar a conocerlo en ferias». «Nosotras no podríamos ir hasta Dinamarca, por ejemplo. Y te abren esa puerta a Europa», añade Cristina Velasco.

En el 2018, la Xunta concedió ayudas por más de 800.000 euros, centradas en impulsar la renovación generacional, la mejora de la comercialización, y la visualización y presencia en los mercados.

«De niña ya pintaba con betún»

L. V.

La cabeza de Ana es un bule bule. Corazón y mente de artista. Multidisciplinar. Renacentista. Patronaje, diseño, videocreación... Al servicio de otros hasta que fue su propia jefa en lo que siempre había querido hacer: un proyecto personal que aunase dos de sus grandes pasiones, la cerámica y la pintura. «Witchneeds es fruto de la necesidad de magia, de crear algo que no existe, de investigar y encontrar algo que te remueva por dentro», explica su alma máter, todavía emocionada tras recibir un inesperado reconocimiento, el Premio Artesanía de Galicia 2018, por su trabajo titulado O bosque interior (con el que posa en la fotografía), un juego de café escultórico inspirado en la naturaleza. Hecho a mano, cada pieza es única. «Cada una de las seis tazas lleva una pasta diferente, tal y como en el bosque hay árboles de distintas especies mezclados». Los platos evocan rocas. Los removedores, ramas. En porcelana, frágiles. Auténticas obras de arte que han servido de lienzo para otras obras de arte... comestibles.

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«Convertimos un hobby en trabajo»

L. V.

Lo que empezó siendo un hobby acabó convirtiéndose en su medio de vida, ante su propio asombro: «Jamás pensé que acabaría dedicándome a esto», confiesa Cristina, abogada de formación. Su hermana Beatriz, arquitecta, sufrió como tantos el efecto de la crisis inmobiliaria: «Antes de terminar la carrera se la rifaban y justo al terminarla, no encontraba trabajo». Apasionada del diseño y las líneas rectas, descubrió el arte del origami (su origen es chino aunque llegó a Japón a partir de siglo VI).

 

«Cada vez hacía figuras más complejas -recuerda Cris-, así que le sugerimos que hiciese un blog para enseñarlas». Era 2012. Y nacía Anaquiños de Papel. La apertura de esa ventana virtual desembocó en encargos que transformaron lo que entonces solo era un pasatiempo en una oportunidad de negocio. «En el 2014 dimos el salto». Ya eran una empresa. Ourensanas afincadas en A Coruña. «Los clientes nos pedían factura, así que tuvimos que profesionalizarnos». Trabajan con escaparatistas, agencias de publicidad o wedding planners. Lo último, quinientas grullas para un decorado nupcial. Entre sus clientes figuran nombres de la talla de Loewe o Cartier pero también Inditex, que las reclaman para acciones promocionales. Además, comparten sus conocimientos en talleres dirigidos a empresas y a particulares. Tienen una colección propia de lámparas, un producto decorativo en forma de ramas de eucalipto, y un kit de origami, a la venta en su tienda online, y pronto, también en la calle.

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«Hai copas miñas ata nos EE.UU.»

L. V.

Con setenta años recién soplados, y más de medio siglo entre virutas, no piensa en la jubilación: «Non teño tempo para pensar niso», dice Lolo, enfrascado en su nueva tarea vintage, unos jarros de nogal negro del país. Este maestro de la madera mamó en casa el oficio: «Meu pai tamén foi torneiro. E ferreiro, e muiñeiro, ademais de labrador, claro». Tuvo diez hijos. Los cinco mayores -Lolo entre ellos-, crecieron al compás de la llerga, el instrumento que tanto tiempo después sigue usando hoy en su taller: «É unha derivación da ferramenta dos zoqueiros, adaptada a un torno. Meu pai acoplouno á forza motriz da auga que movía o muíño». Lolo se ha quedado al frente de un taller en As Pontes en el que trabajan entre veinte y treinta personas. Es uno de los últimos torneiros del país: «Cada vez hai máis xubilados aficionados, pero os que nos adicamos a isto profesionalmente somos a excepción».

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