Desasosiego de año nuevo


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Desde el comienzo de la Gran Recesión ya nos hemos acostumbrado a que los pronósticos de cada comienzo de año lleguen cargados de algunas densas sombras. Esta vez no es diferente; si cabe, se constata que son muchos los observadores que ven el año que empieza con particular aprensión: un temor difuso ?pero basado en razones ciertas? de que se produzca, ya no un deterioro en la economía internacional, lo que es prácticamente seguro, sino la aparición de algún elemento de desestabilización de importancia mayor. Si hay una palabra que sirve para definir el momento y las expectativas que están forjando, esta es incertidumbre: se aproxima una coyuntura que se escapa de lo fácilmente previsible.

Y es que en los últimos meses se han multiplicado, a lo largo y ancho del globo, los motivos para el recelo. La caída de las bolsas en más de un 10 % en un solo trimestre, y en mayor medida aún los índices tecnológicos, no parece que anuncie nada bueno (aunque es cierto que una parte de la corrección, sobre todo en el mercado norteamericano, se justifica por los altos precios anteriores). Por su parte, la oleada proteccionista parece estar provocando ya el tan temido efecto negativo sobre el comercio: las cadenas globales de valor, y con ello el conjunto de la industria, comienzan a acusarlo. No es extraño que en las principales economías el término recesión esté sonando otra vez con fuerza: para Estados Unidos, la mayoría de los analistas apunta a que estará incurso en ella a final de año; y en Alemania la cosa es aún peor, pues en este momento quizá esté ya sumida en la recesión desde un punto de vista técnico.

Obviamente, hay también algunos factores nuevos que podrían tener un papel de impulso. No hay que despreciar, por ejemplo, el efecto de la fuerte reducción de los precios de algunas materias primas, y en primer lugar la energía, sobre la marcha de algunas economías desarrolladas. Es el caso de la española, para la que un precio del crudo sustancialmente menor representa un buen regalo. Habría que aprovecharlo, porque ni aquí ni en el resto de Europa gozaremos de muchos más vientos de cola como los que soplaron en los últimos años. En particular, habrá que saber lidiar con unos tipos de interés manifiestamente al alza (lo único incierto aquí es la entidad que tendrá la subida).

Del encarecimiento del dinero ?que es consecuencia de la normalización progresiva de las políticas monetarias? procede una parte importante del desasosiego de estos días, y no solo en relación con los países desarrollados. En el mundo emergente ya se ha visto en los últimos meses (desde Estambul a Buenos Aires) que su potencial desestabilizador es muy acusado. Con los niveles de deuda fuera de toda escala razonable en casi todas partes, la subida de los tipos puede dejar resultados muy adversos.

Pero el principal motivo de que este año sea recibido con pocos signos de entusiasmo no está en la economía, sino en la política. O mejor dicho, en las posibles consecuencias que sobre las variables económicas podrían tener las políticas erráticas que está impulsando un buen número de gobiernos, después de que las fuerzas abiertamente demagógicas (en el lenguaje actual, populistas) hayan tomado posiciones de poder en países importantes, como Estados Unidos o Italia. Aquí las dos preguntas clave son: ¿Llevará Trump sus amenazas de guerra comercial hasta sus últimas consecuencias, en particular en relación con su gran adversario, China? ¿Y en la Unión Europea, se reforzarán partidos y gobiernos contrarios a la integración, bloqueando con ello las imprescindibles reformas, sobre todo en lo relativo al funcionamiento del euro? De las respuestas depende una parte del futuro económico, y no solo en el corto plazo.

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