Perspectivas grises a corto plazo

Algunos nubarrones de incierta solución se ciernen sobre la economía mundial de cara al 2019: el proteccionismo, el desenlace del «brexit», la ola populista, la incertidumbre en Bruselas... Todo ello configura un complejo panorama que agita los vientos de ralentización y que, para España y Galicia, dibujan un escenario para los próximos dos años trufado de incógnitas


Catedrático de Economía Aplicada. Grupo Colmeiro.

Una buena manera de hacer el balance del 2018 es recordar aquello que esperábamos en enero. Efectivamente, entonces, como ahora, los mayores riesgos para el ciclo económico venían de la política. Un extraño presidente aislacionista en Washington, el brexit en Gran Bretaña, partidos populistas en despegue sostenido... Ahí seguimos, con un Medio Oriente convulso, una China ojo avizor, la pareja Merkel-Macron desvaída - por fin de mandato en un caso y por una revuelta relativamente inesperada en el otro-, la Unión Europea sin política clara ante Rusia y amenazada por los que quieren su desaparición.

En el terreno social, cuyas fallas retroalimentan el populismo, las diferencias de renta y riqueza son considerables, con las clases medias alejándose de su papel equilibrador en las sociedades modernas. Y al mismo tiempo, corrupciones diversas operan como termitas del sistema democrático, destruyendo la confianza, base del normal funcionamiento de las democracias.

La demografía y su débil reposición poblacional pone con más crudeza, si cabe, una realidad de invernía que, se mire como se mire, constituye la más grave amenaza para nuestras sociedades. Como ante otros desafíos, la política actual prefiere vivir el corto plazo, siempre con las luces cortas.

La economía, a su vez, e influenciada por todo lo anterior, concluye el año perdiendo fuelle, cayendo el precio de las materias primas y con una política económica americana que puede poner en peligro los intercambios internacionales, al tiempo que continúa sin atenuarse el crecimiento del endeudamiento. Esa previsible ralentización del comercio va a incidir en los sectores exportadores de las economías avanzadas. Y Alemania ha visto su primera contracción desde el 2015, lo que se une a la incertidumbre ligada al brexit y a tensiones como las que se derivan de la actitud del Gobierno italiano. Desde luego, si Trump amplía sus tarifas aduaneras más allá del acero y del aluminio, extendiéndolas a los automóviles, el panorama será incluso peor.

Todo ello, completado con lo que pueda suceder en Asia, lleva a una predicción de crecimiento del PIB mundial en el 2019 en torno al 3,5 %, con realidades diferenciadas según regiones y países, pero con ese telón de fondo condicionante. España, en este sentido, que concluirá el ejercicio habiendo crecido en torno al 2,6 %, podrá llegar el próximo año al 2,3 %, salvo circunstancias extraordinarias, que podrían reducirlo aún más. El riesgo político habría que colocarlo en los primeros lugares, pues nutre de manera intensa el marco de incertidumbre en el que se han de mover los agentes económicos, con gran aversión a la inestabilidad.

La demanda interna ha dado algunas alegrías, ya que la inversión en bienes de capital y la construcción no residencial se está comportando con un dinamismo bastante sólido. Y las elecciones que se avecinan también van a animar el consumo público, aunque siempre lastrado por su condición coyuntural, lo que, paradójicamente, también es su virtud. La tasa de ahorro, por su parte, se está recuperando lentamente. No en vano, los salarios siguen en niveles muy bajos. Esto lleva a que, salvo picos como los de las fiestas tradicionales, el consumo evolucione con moderación.

Sin embargo, y habida cuenta de que continuamos con una política monetaria acomodaticia, y que algunas medidas de gasto del nuevo Gobierno son expansivas, la economía va a seguir por la senda de un crecimiento por encima de su senda potencial, como asegura el Banco de España. La cara menos amable, como siempre, corresponde a la evolución del empleo, cuya creación irá ralentizándose, a pesar de que ahora mismo presenta un patrón de tasas de crecimiento elevadas.

¿Y Galicia qué?

Nuestro país, por supuesto, no está a salvo del riesgo proteccionista ni de los vaivenes del brexit, ni tampoco del tira y afloja entre Roma y Bruselas. Ello añade más dudas a la evolución de las macromagnitudes en el 2019. ¿Y Galicia? Pues por mucho que se quiera singularizar, porque es lo más nuestro, en un mundo como el actual disfruta o sufre del oleaje como los demás, aunque ello no quiere decir que no posea sus particularidades, ligadas a la especialización productiva de su economía.

En ese sentido, habrá que estar atento al sector del automóvil y también a la pesca, por motivos diferentes, pero con riesgos objetivos. Por lo demás, se espera que concluya el 2018 con un crecimiento del 3,1 % y una desaceleración hasta el 2,4 en el 2019, si seguimos a Funcas. Realmente, y compartiendo el consenso de analistas en torno a las perspectivas, ha de destacarse que Galicia se ha comportado muy bien, sobre todo porque consiguió hacer de la necesidad virtud, con la participación de muchas empresas en el mercado exportador. Es precisamente en el horizonte borroso del 2019 en el que la aportación del sector exterior podría debilitarse, lo que sería posiblemente una de las malas noticias del nuevo año.

En definitiva, la economía se ha hecho mundial, transversal, pero algunos de los actores políticos quieren regresar al claustro materno de la protección a toda costa, en vez de ponerse a establecer reglas para la mejor gobernanza de lo inevitable. Ello provocará más crisis y más profundas, porque se está contestando al multilateralismo por los mismos que ayudaron a crearlo, poniendo en peligro la apertura del comercio mundial. Por eso el debilitamiento de la Unión Europea es tan preocupante, tanto como la metástasis que producen en las democracias sus derivas poco honrosas y los salvapatrias de toda laya y condición. Claro que la economía condiciona y mucho la política, pero las propuestas políticas llenas de voluntarismo y ajenas a toda lógica económica, son un riesgo claro para el bienestar social.

Podemos hacer muchos análisis de coyuntura, pero sin olvidar que esos datos vienen condicionados de manera muy relevante por las interrelaciones de unas variables mundializadas en su dinámica. Lo entendieron en Davos, aunque no sacaron conclusiones prácticas, pues allí se constató que las mayores preocupaciones de los dirigentes empresariales están vinculadas a los cambios geopolíticos y sociales, más que a la dinámica de sus propios mercados. Estamos metidos de lleno en un mundo de riesgos sistémicos y metemos la cabeza debajo de la almohada.

La coyuntura para el 2019 va a ser prisionera de los problemas que no se quieren encarar. El crecimiento podría ser más vigoroso si recuperásemos sensatez, y esto atañe muy particularmente a la gobernanza de la Unión Europea. Bruselas arrastra problemas derivados, entre otras cosas, de ampliaciones mal concebidas. Pero ahora las cosas se han puesto delicadas, porque se toca a rebato desde dentro. Sería una irresponsabilidad ante las generaciones futuras no arreglarlo.

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