Nómadas digitales en una remota aldea gallega

Emprendedores de todo tipo y de todo el mundo recalan en Sende, en las entrañas de la Baixa Limia, para trabajar, demostrando que el lugar no es importante, pero sí lo es


Redacción / La Voz

Imaginen unas oficinas; tubos fluorescentes, suelo de moqueta, compartimentos trazados con escuadra y cartabón y aire acondicionado, viciado. Ahora imaginen trasladar esas oficinas a una remota aldea gallega con vistas a la sierra de O Xurés; la luz natural, clara, el sonido del río, el olor de la hierba mojada; un par de viejos graneros como salas de reunión y de menú, pimientos asados de Otilia, la vecina de enfrente. Pues esto es Sende, un espacio de coworking en el corazón de Lobeira donde emprendedores, programadores, creativos y makers llegados de todos los rincones del mundo exprimen sus ideas y talentos en soledad, y en común, bajo una parra.

Va de pueblos: Edo Sadikovic y María Rodríguez se conocieron en el 2012 en un pequeño núcleo de las montañas de Serbia donde Edo, que por entonces tenía 27 años, llevaba un tiempo organizando eventos a nivel internacional. «Allí entendí la relación poderosa entre espacios, aislamiento, naturaleza y resultados de productividad y aprendizaje», cuenta ahora, seis años después. En su cabeza había comenzado a hormiguear una idea, inquieta: una casa mundial en la que reunir a todos aquellos que había ido conociendo en sus viajes, para, juntos, «crear nuevos negocios sociales», poner en marcha las ideas que siempre habían querido desarrollar. María, con 26 años, educadora social recién llegada de Vigo, fue solo -y tanto- el empujón que necesitaba.

Juntos viajaron primero a Sintra, en Portugal, pero acabaron recalando en Senderiz, un apéndice ourensano con un censo de solo 20 habitantes. La pareja comenzó rehabilitando, en el 2013, un par de casas de piedra y en el 2014 abrió tímidamente las puertas de su espacio de creación. «Un buen día, alguien llamó a la puerta. Dijo que su coche se había quedado encajado en el camino del pueblo y le acompañamos a sacarlo. Se llamaba Joe y era un ingeniero de Google, trabajaba para Maps. Acabó instalado en Sende para trabajar desde aquí».

Desde entonces, a Sende llegan gentes de muy diferentes perfiles, pero si hay uno que se repite con frecuencia es el del nómada digital, un freelance que vive mundo adelante, en constante movimiento, mientras trabaja a través de Internet. «Han pasado por aquí ingenieros, tuvimos gente que trabaja en Google y en Boing, pero también creativos de Cartoon Network y Netflix», explica Edo. La mayoría, deduce sin embargo, son valientes que crea sus pequeños negocios online. Así, se han gestado en las entrañas de la Baixa Limia startups como Moops, un creativo proyecto que se basa en optimizar negocios con pequeñas mejoras fáciles de implementar, o Grow.rs, innovación y márketing especializado para agencias turísticas. En los últimos cuatro años, Edo y María han recibido a inquilinos de más de 50 nacionalidades distintas. Porque Sende no es solo un espacio de trabajo, es también sede de actividades y coliving. Los itinerantes solo pueden quedarse un máximo de 30 días y es gratuito, pero hay lista de espera.

«Nos pasamos muchos años analizando cómo trabaja la gente, su productividad, sus interrupciones y procesos, y cada mes mejoramos el espacio para que sea el mejor para crear y llegar a la fecha límite sin pasarlo mal -cuentan-. Los que están aquí pueden aprender de la gente que les rodea, compartir mesa con tipos que han estudiado en Harvard o en Oxford, todos comparten lo mejor de sus especialidades, su experiencia, y de repente aparece alguien que ve el mundo desde una perspectiva inesperada y nos abre los ojos a todos».

Y luego está el lugar. Que no importa -porque con una conexión a la red se puede trabajar desde cualquier parte-, pero sí importa. La innovación, dice acertadamente Edo, no llega de ser un experto en la tema, sino que aparece cuando «dos elementos imposibles de conectar, conectan». Y para ello, apunta, hace falta un cambio; de ambiente, de gente alrededor. «Hoy estamos todo el día colgados de los móviles, recibimos unas 80 notificaciones al día, el deadline nos marca la vida y la naturaleza es un gran remedio para trabajar menos y hacer más». Para ingeniar, para rendir.

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