Galicia da mucho «juego» en Barcelona

La Voz recorre la Barcelona Games World, una de las ferias de videojuegos más grandes del sur de Europa y reflexiona sobre el futuro de la industria con los profesionales gallegos que acudieron a la cita


Redacción / La Voz

Para los amantes de los videojuegos hay varias convocatorias ineludibles en el calendario, y las grandes ferias del sector están marcadas en rojo. Las más potentes, en las que compañías punteras señalan las tendencias del futuro, llevan bandera extranjera. Pero en España también van calando estos eventos, en los que los aficionados disfrutan de las novedades del mercado y los profesionales intentan cerrar acuerdos para seguir alimentando el sector. La capital catalana da nombre y espacio a la Barcelona Games World, que en su tercera edición, celebrada a lo largo de los últimos días, se ha fortalecido en número de asistentes: 138.000 personas, con las que bate los números del 2017.

En ese avispero de personas, entre los miles de metros cuadrados de los pabellones del recinto Fira Gran Vía, un pequeño stand situado en la zona de los estudios independientes invita a encarnar a una niña que construye su propia isla. Summer in Mara, que así se llama el videojuego, respira el azul del océano. Y quizá por ello a Diego Freire, ferrolano de nacimiento, le resulte tan fácil venderlo. «Mi trabajo es conseguir que a la gente le guste lo que hacemos», explica este joven, responsable de márketing y relaciones públicas del estudio Chibig, con sede en Valencia.

Diego empezó en la industria escribiendo sobre videojuegos. Y de ahí pasó a querer hacerlos, aunque la primera experiencia no funcionó. «Éramos cuatro personas en una habitación alquilada; nuestra intención era montar una empresa, pero era inviable». A sus 26 años, dice haberse quemado «muy fuerte» en el pasado. Lamenta que en España se esté creando un ecosistema de startups que se aprovechan de los recién graduados, dispuestos a empleos no remunerados que no les llevan a ninguna parte. «A Chibig han venido chicos ofreciéndose a trabajar gratis, pero nosotros nos negamos. Así no profesionalizamos la industria».

A Summer in Mara aún le queda desarrollo por delante y buscan respaldo económico. Han solicitado las ayudas del Gobierno, «que supuestamente se resolvían en octubre, pero seguimos a la espera», explica Freire, al tiempo que admite que «siempre estamos en la cuerda floja». Su futuro laboral solo pasará por los videojuegos «si entre todos somos capaces de crear esa industria en la que te puedas retirar», concluye.

Un sector nuevo

Hablar de jubilaciones en este entorno es mirar a muchos años vista, sobre todo en el ámbito de los e-sports. La zona de la feria dedicada a las competiciones de videojuegos, con su estadio repleto de público, hace sentirse veterano al que pasa de los 30. «Es una industria muy nueva y los que más nos hemos involucrado desde el principio hemos sido los jóvenes», explica David Alonso Vicente, de Vodafone Giants, equipo que compite en la Liga de Videojuegos Profesional de League of Legends. Tiene 26 años y lleva cuatro trabajando profesionalmente en el sector, primero como entrenador, ahora como director deportivo. Sus orígenes están en Goián, Pontevedra. «Mi familia al principio no entendía por qué invertía tantas horas -asegura-, ahora hasta mis abuelos ven las competiciones y me animan».

Su primer trabajo fue en este sector y en él se va moldeando. «Mi experiencia me avala», asegura, para ejercer un puesto que en parte consiste en buscar talento y negociar contratos. «Ahora todo está regulado de forma mucho más seria, con contratos laborales y por derechos de imagen», explica. Otra cosa son los sueldos, ya que «no todos los clubes viven de esto en buenas condiciones». La excesiva dependencia de patrocinios e inversión privada es uno de los lastres para los equipos, que todavía no sacan provecho de ingresos por merchandising o derechos de televisión. La industria crece a buen ritmo (duplicará su facturación hasta los 1.453 millones en el 2021, según la consultora Newzoo), pero todavía está alejada de las cifras del deporte tradicional. Y detrás de las risas que se escuchan en la feria hay mucho sacrificio. «Cuando era entrenador, sentí que me consumía», admite.

Algunos profesionales de la industria han tenido la suerte de disfrutar de la feria como consumidores. Es el caso de Abel Pérez, un vigués que llegaba a Barcelona desde Varsovia (Polonia), donde desde hace tres años trabaja como probador de videojuegos, un empleo que le gusta «porque te sientes parte de una obra de arte; cómo tú sientes el juego influye en cómo se acaba haciendo». La remuneración de este tipo de empleos en el país no es alta porque entrar es relativamente fácil.

Ofertas sin buscar

De hecho, en su caso, fue por casualidad. La industria se le presentó. Estaba (y está) en todas partes. «En Polonia hay tantas empresas de videojuegos que te encuentras las ofertas de trabajo en el sector sin buscarlas -relata- porque allí las empresas nacionales tienen mucho apoyo del Gobierno, peso en la economía del país, varias de ellas están en bolsa... Aquí es difícil encontrar algo así». Desde Polonia sigue la evolución del sector en España y en Galicia. «Hace un par de años no conocía a Gato Salvaje (estudio coruñés de videojuegos) y ahora tiene repercusión mundial con The Waylanders. Salen a la luz proyectos gallegos. Veo que crece», afirma satisfecho.

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