El agua del grifo es saludable, económica y fiable, pero sobre todo, es un derecho del consumidor

Viaqua y La Voz de Galicia invitan a seis profesionales a una cata de agua. El objetivo, distinguir entre la de abastecimiento, la envasada y la de manantial

I. C.
Santiago / La Voz

Hace 160 años que el agua llegó a los grifos de las cocinas de los madrileños. Los demás españoles tuvieron que esperar un siglo más para ser testigos de ese milagro que deja boquiabiertos a los niños saharauis que pasan las vacaciones de verano en Galicia. Y, sin embargo, hoy no se le da importancia ni se es consciente de la gran obra de ingeniería que hay detrás de la canalización del agua desde los sistemas de captación a los hogares, ni del celo con el que se controla el suministro para garantizar su potabilidad. Tanto desde las empresas de distribución como desde las autoridades sanitarias reconocen que, al menos en los países más avanzados, se ha perdido la partida frente a las aguas envasadas. Y la Unión Europea advierte: los ciudadanos tienen derecho a saber que el agua del grifo es un derecho.

Viaqua, del Grupo Suez, es una de las compañías que se toma en serio este mensaje y, con ese fin, organiza junto con La Voz de Galicia foros en los que se debate, divulga e informa sobre la gestión del agua. Este año, con un ingrediente muy interesante: una cata de agua en la que seis expertos de diferentes ámbitos pudieron degustar, percibir y constatar las diferencias entre las aguas potabilizadas, las envasadas y las de manantial. A la llamada de Viaqua y de La Voz de Galicia acudieron Elvira Íñiguez Pichel, técnica del Servizo de Sanidade Ambiental de la Xunta; Antonio Rodríguez Núñez, pediatra y nutricionista; Francisco Lucas, de la Dirección de Calidad de Agua de Suez; Aythami Perera, jugador del Compostela, y Paula Paz, del restaurante AC DC, a los que se sumó la periodista de La Voz Susana Luaña.

En una sala del Gran Hotel Los Abetos, los invitados cataron el líquido transparente de cuatro vasos. El agua, ya se sabe, es inodora, incolora e insípida. Pero con matices. Partículas en depósito pueden enturbiarla, y el sabor y el olor depende de los productos empleados para su tratamiento y de sus propiedades intrínsecas. Así que tras la cata en la que los invitados apuntaron sensaciones en torno al sentido visual, el olfativo y el gustativo, eligieron aquellas que les resultaron más atractivas y las que les produjeron mayor rechazo. Todo ello bajo la supervisión de Rosa Martínez, del Laboratorio de Servicio Técnico de Análisis de Agua de Consumo Humano Interlab, quien les recordó que, por supuesto, las cuatro aguas catadas eran potables y aptas para el consumo humano.

Finalizado el experimento, las aguas preferidas por los catadores fueron la B y la C, y todos ellos coincidieron en rechazar la A. ¿Y por qué? Por su olor y sabor a cloro. Si había alguna duda, Rosa Martínez la despejó. El agua etiquetada como A había sido extraída de la potabilizadora de Santiago, y por lo tanto, con todas las garantías para su consumo, aunque con el cloro pertinente para su potabilización. La B era agua envasada en Galicia, y en consecuencia, exenta del tratamiento con cloro. La D era agua de manantial, también de Santiago, y la C, una mezcla de agua potabilizada y de manantial.

Conclusión: el agua A, la que llega a la mayoría de los grifos de Santiago, es apta para el consumo y es la que está más controlada. «El agua envasada tiene niveles de control muy inferiores a la de la red -explicó Rosa Martínez, la moderadora-. Están obligadas a un control completo cada cinco años, mientras que en Santiago, el agua de distribución se somete a trece o catorce controles completos cada año». Pero el agua de la potabilizadora, es decir, la del grifo, se rechaza por su sabor. «El sabor es mejorable y nos pondremos con ello -aseguró-. Nos hemos preocupado de cuestiones sanitarias y no tanto del sabor, y la Unión Europea nos está advirtiendo de que el ciudadano desconoce las propiedades del agua, desconfía de la del grifo o basa su elección en el sabor».

Hay, por lo tanto, falta de información, y Elvira Íñiguez, de Sanidade Ambiental de la Xunta, lo admitió: «El SINAC (Sistema de Información Nacional de Aguas de Consumo) es una herramienta informática con un boletín que recoge los parámetros del agua, para tener nosotros esa información y para dársela a los ciudadanos. Los consumidores pueden ver esa información colgada en la página, pero la mayoría no lo saben».

El doctor Antonio Rodríguez echó de menos una información responsable. «Al ciudadano hay que ofrecerle una información veraz, y luego él que tome sus decisiones». Y añadió: «Como pediatra lo que me importa es que el niño beba agua, no el agua que va a beber, y que el deportista sepa que para hidratarse no necesita ninguna otra bebida más que el agua. Para los bebés, el mejor biberón es el agua que bebe su madre».

Por supuesto, el jugador del Compostela Aythami Perera bebe agua. Mucha agua, pero no del grifo. «Vengo de Canarias y allí solo se consume la envasada, pruebo esta del grifo y la noto rara». Y echó de menos campañas de información institucionales que le explicasen lo que estaba escuchando en la sala. «No veo aquí que nadie me diga que se puede beber, no veo ningún cartel que lo explique». Francisco Lucas subrayó: «Se ha dado cuenta el Ministerio de Sanidad de que el ciudadano no está bien informado. Hubo dejación en ese sentido. Yo soy un gran defensor del agua del grifo, la gran pregunta es por qué se ha perdido la confianza en ella».

La gran pregunta... Rosa Martínez enumeró las bondades del agua de la red: «Es la que está más controlada. Se analiza en distintas etapas del tratamiento; en la potabilizadora, en los puntos de distribución y en el grifo del consumidor». Es, además, saludable, y aporta minerales. Siendo eso una ventaja, se aprovecha, sobre todo en zonas de suelos calcáreos, para lanzar mensajes negativos sobre el agua del grifo. «No va a haber un problema de salud porque el agua tenga calcio. Hay que desmitificar las fake news, que aquí también hay noticias falsas», acusó Lucas. El doctor Rodríguez alertó: «Y sin embargo aparece en las etiquetas de agua envasada. No se puede poner en una etiqueta que un producto cura o previene una enfermedad si no es así. Doy clases de nutrición y las evaluamos y muchas no cumplen la normativa».

Rosa Martínez advirtió sobre la propaganda de aguas exóticas como las del subsuelo de Canadá o de aguas nitrogenadas, e incluso de la venta de aparatos carísimos para filtrar el agua que, puntualizó, no son necesarios. «Nosotros tenemos que defender nuestro producto, que es fiable y totalmente seguro». Elvira Íñiguez añadió: «El consumidor tiene derecho a tener agua en su casa y a que sea apta para el consumo, y tiene que saberlo».

Martínez introdujo otro factor: el precio. Las empresas envasadoras viven de la venta del agua. En cambio, a las de distribución del agua de la red no les supone ni mucho más ni mucho menos que el consumidor la beba. «Apenas va a cambiar la factura», indicó. Pero subrayó que no era tampoco rentable ni operativo que el agua del grifo se utilizase solo para ducharse o fregar la loza «cuando se gasta tanto dinero en tratarla para que se pueda beber».

De ahí que los expertos hayan llamado la atención sobre la falta de información al respecto y sobre la necesidad de concienciar al ciudadano de que tiene derecho al agua del grifo y que, como la tiene, tiene derecho a consumirla.

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El agua del grifo es saludable, económica y fiable, pero sobre todo, es un derecho del consumidor