Conocimiento disruptivo


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

A finales del XVIII, A Coruña era una pequeña localidad de 13.000 habitantes, Vigo, algo menos, no alcanzaba los 5.000. Las dos unidas apenas igualaban a Compostela. Política e intelectualmente, la distancia era enorme, apenas brillaban frente a la poderosa capital arzobispal. A pesar de sus debilidades, las imberbes A Coruña y Vigo explosionaron. Lo hicieron de tal modo que, en el siglo XIX, son las grandes emergentes, generadoras de la burguesía transformadora del país. En el XX, ya nadie las cuestiona, son los motores tractores. ¿Qué pasó en el XVIII? Desapareció la quietud de los Austrias y llegó la corriente liberal disruptiva de los Borbones. Reinaban sin complejos, quizás porque habían ganado una guerra, la de sucesión, y sentían que no le debían nada a nadie, ni siquiera a Luis XIV. Acaso, si tenían deudas, era con el pueblo castellano, que acompañó a Felipe V en su huida de Madrid, cuando todo el mundo lo daba como perdedor.

Lo cierto es que destrozan la política pactista de los Austrias y transforman literalmente las Españas. Es más, incluso diría que la crean, tal y como hoy la entendemos. Pero hacen algo más, y esto sí afecta directamente a Galicia: liberalizan el negocio portuario. Esta medida, impulsada por Carlos III, es totalmente disruptiva, y no lo es porque le quite el monopolio a Cádiz, sino porque abre las murallas de Vigo y A Coruña al exterior. Alguno dirá, al comercio exterior, no, lo disruptivo no es eso, es que las abre al talento de las Españas. Dan entrada a otros empresarios. Este es el hecho, unos puertos naturales, dominados por familias tradicionales, han de competir contra empresarios catalanes, navarros, franceses, vascos, leoneses. Todos desean venir y, con ello, traer sus capacidades, su ambición. ¿Quién desea hoy instalarse en Galicia? O mejor, ¿desea Galicia que venga alguien aquí? ¿Sabía usted que, si la facultad de Derecho de la Universidad de Harvard desease instalarse en Galicia, la Xunta se lo prohibiría? ¿Por qué? Para que no compita con las universidades públicas. ¿Cómo lo ve? Estoy hablando de una medida acordada por la Xunta de Galicia en el 2013: prohibir la instauración de todo título que ya se esté impartiendo. ¿Le sorprende? Pues este, y no otro, es el país en donde vive. De nada sirven los esfuerzos de apertura que están haciendo, con reconocido esfuerzo, algunas consellerías si no abrimos también el espacio del conocimiento. Por eso los Borbones fueron disruptivos, y como sabían lo que había -y sigue habiendo-, puentearon a las instituciones que actuaban como freno, las mismas, y no otras, que pasados tres siglos siguen bloqueando la apertura de Galicia. Crearon, en diferentes ciudades portuarias, el Real Consulado Marítimo Terrestre, la Escuela de Náutica, la de Comercio y tantas otras. Y gracias a ello, una aldea de 13.000 habitantes pasó a mover doscientos cincuenta buques y 14.000 toneladas. Y no solo eso, sino que se sintió con fuerza para contratar al ingeniero Eustaquio Giannini y darle una vuelta a la Torre de Hércules.

Y la pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué es hoy lo disruptivo? La tecnología, es evidente. Y ese conocimiento, caprichoso, difuso, de geometría variable, ¿tiene un puerto en el que refugiarse? ¿Una zona franca en la que ubicarse? ¿Un sistema educativo que lo acoja? Es evidente que no. Por ello, y aunque barro para casa, permítanme que elogie actitudes como la del Club Financiero Atlántico, que ha traído la Mobile Week a A Coruña. Es evidente que este evento no cambiará el territorio, pero sí que lanzará un mensaje nítido de hacia dónde creemos que debemos ir y no es más que a impulsar el conocimiento disruptivo. ¿Lo conseguiremos? Lucharemos por ello, la historia nos avala.

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