El paracaídas de la unión bancaria se descose a las puertas de otra crisis

Bruselas alerta de los riesgos que corre el euro si Alemania no desbloquea los avances en su integración; el PIB de la eurozona afronta su peor previsión de crecimiento en un lustro


Bruselas / La Voz

El próximo crac económico está a la vuelta de la esquina. Lo advierten expertos y analistas desde hace meses. Una nueva recesión asoma en el horizonte del 2019 y 2020. Los pronósticos provocan sudores fríos en Bruselas, donde cunde el temor a que otra crisis como la del 2010 provoque un nuevo descalabro. Seis años después de poner a rodar la unión bancaria, el proyecto todavía sigue en obras por las reticencias de Berlín a avanzar en la integración de la eurozona. Un quebradero de cabeza para las instituciones comunitarias, conscientes de que el próximo descalabro podría ser el último para el euro si su arquitectura, incompleta, no resiste otra crisis.

1 ¿cómo se proyectó la unión bancaria? Como un Frankenstein financiero del euro. Una plan diseñado en el 2012 con el objetivo de reducir la interdependencia entre la deuda pública y el sector bancario en momentos de crisis. Nació huérfana de ambición. A pesar de que los descalabros de España, Portugal, Grecia, Irlanda y Portugal en los mercados forzaban una reforma en profundidad del euro, las suspicacias en otras cancillerías europeas obligaron a Bruselas y a los miembros de la eurozona a aprobar de parche en parche las medidas sobre las que se sostener la unión bancaria. Sus pilares son tres. El primero se trata del Mecanismo Único de Supervisión (SSM). Sus funciones recaen sobre el Banco Central Europeo (BCE), encargado desde noviembre del 2014 de vigilar la salud de los grandes bancos «sistémicos» de la zona euro. Todos ellos tienen unos mayores requisitos de capital y son sometidos a pruebas periódicas de estrés para evaluar su desempeño en situaciones de crisis.

La segunda pata es la del Mecanismo Único de Resolución (SRM), ideado para poder reforzar la confianza en el sector financiero, evitar contagios y pánico bancario, reducir el vínculo entre la deuda soberana y los bancos, eliminar las fragmentaciones del mercado interior de servicios financieros y ejecutar las liquidaciones de entidades bancarias en situación terminal, a manos de la Junta Única de Resolución (JUR). Funciona desde el 2014, pero el primero en estrenar este artefacto, con polémica incluida, fue el extinto Banco Popular en el 2017.

La tercera pata, todavía inexistente, es la del Esquema Europeo de Garantía de Depósitos (EDIS). Una red originariamente proyectada para mutualizar completamente los riesgos del sector financiero para el 2024. El plan tiene como objetivo repartir la carga entre los socios del euro cuando haya que devolver los depósitos asegurados (100.000 euros) de un banco quebrado.

2 ¿funciona a pleno rendimiento? No. «Teníamos más de 40 propuestas para reforzar la Unión Económica y Monetaria. De esas, solo seis se han adoptado y aplicado. Esto tiene que cambiar», denunció este mes el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans. Aunque el supervisor está en marcha, el SRM está a medio terminar (falta dotar a su fondo de resolución de capital suficiente para poder afrontar procesos de liquidación) y el EDIS ni siquiera tiene un calendario claro. Incluso algunas de las reformas aprobadas no se han llegado a desarrollar en la práctica. El mercado único de capitales, por ejemplo, ha tenido muy poco recorrido. Se suponía que debía diversificar las fuentes de financiación de las empresas europeas. Una maniobra para reducir su dependencia de las líneas de financiación bancarias porque si estalla otra crisis y se congela el crédito de las entidades, un escenario que ya se vivió en el 2010 y provocó un frenazo de la inversión en los países del sur, seguirá agrandándose la fragmentación dentro de la zona euro. La realidad es que las empresas siguen acudiendo a los mismos bancos nacionales para financiarse, no al mercado europeo. «El hecho es que nuestra unión monetaria sigue siendo frágil si no se completa (....) Cuanto mejor sea la unión de capitales probablemente menos necesidad haya de una mayor capacidad fiscal», subrayó el presidente del BCE, Mario Draghi, tras la última reunión del consejo de gobierno de la institución.

3 ¿por qué después de tanto tiempo sigue coja? Porque hay a quien le interesa pisar el freno. «Que cada palo aguante su vela», es el mensaje que envía Berlín desde hace años al resto de sus vecinos europeos. Los alemanes no quieren compartir riesgos, ni bancarios ni los derivados de las abultadas deudas públicas que acumulan países como Italia (131 % del PIB). El Gobierno germano bloquea cualquier avance sobre el Esquema Europeo de Garantía de Depósitos con la ayuda de sus aliados, Países Bajos y Finlandia, para indignación de sus socios del euro. Alegan que hasta que los países del sur no reduzcan los riesgos persistentes en sus sistemas bancarios, no darán un paso hacia adelante. Y todo a pesar de que el pasado 18 de enero la Comisión Europea reconoció estar «muy satisfecha» con los esfuerzos por mitigar las contingencias.

La paciencia del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, llegó a su límite en vísperas de la pasada cumbre del euro de junio. El polaco exigió a los Veintiocho llegar a un acuerdo político para culminar la unión bancaria antes de fin de año: «El problema son los conflictos de intereses de los Estados miembro (...) Puedo prometer que si no se alcanza un acuerdo para junio diré de forma precisa por qué no fue posible y quién es el responsable», advirtió. Tusk no llegó a cumplir su amenaza aunque tampoco hizo falta. Bruselas apunta con el dedo a los sospechosos habituales: Alemania, Países Bajos y Finlandia. Los holandeses ni siquiera escondieron su deseo de sabotear este último pilar de la unión bancaria al hacer pública una carta en la que desmontaron uno a uno todos los compromisos adquiridos en el fragor de la crisis financiera para apaciguar a los mercados. Ante la falta de avances, Tusk ha puesto otro plazo: «Debemos mantener la presión para conseguir resultados en diciembre».

4 ¿por qué es urgente completar su arquitectura? «Tenemos que profundizar en la unión bancaria para estar preparados en caso de que lleguen tiempos de vacas flacas», explicó Timmermans. Y parece que no tardarán en llegar. La economía se está enfriando a un ritmo más rápido del previsto. Hace unos días, Eurostat rebajó el crecimiento del PIB de la zona euro al 0,16 % en el último trimestre, el más bajo de los último cinco años. Algunos países con grandes bolsas de deuda pública y privada han relajado sus esfuerzos de consolidación, lo cual representa una «vulnerabilidad financiera» para el euro, la incertidumbre política sigue aumentando y el pulso que ha echado Italia a las reglas presupuestarias de la UE anticipan turbulencias.

A todo ello hay que sumarle las señales externas: aumento del precio de la energía, proteccionismo... Una nueva crisis está llamando a las puertas, según analistas internacionales. Y la zona euro sigue corriendo en círculos buscando la manera de desplegar todos sus cortafuegos. Aunque el trabajo de anticipación del Supervisor Único Bancario y el nuevo Mecanismo Único de Resolución brindan primeras líneas de defensa, nadie descarta que los daños potenciales se extiendan a toda la correa de transmisión, desde los bancos a los estados. Y lo que es más problemático: es posible que los bancos centrales no puedan recurrir a la manguera de liquidez por el empacho que han sufrido sus balances en la última crisis. «Hay que reforzar el mecanismo de estabilidad para tener una red de seguridad que disponga de fondos de liquidación bancaria. Y necesitamos un fondo de garantía de depósitos así como profundizar en el mercado de capitales», advirtió Timmermans. A pesar de que los grandes bancos (sistémicos) han aumentado sus reservas de liquidez respecto al 2010, todavía tienden a acumular en sus portafolios grandes cantidades de bonos públicos de sus países de origen. Esa fuerte correlación e interdependencia entre los costes de refinanciación de los bancos y los de la deuda soberana «conlleva la amenaza de que si surgiera algún problema, tanto las finanzas públicas como el sector bancario se verían desestabilizados», explica la Comisión Europea.

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