Crímenes de cuello blanco

La historia de los mercados financieros está trufada de brókeres sin escrúpulos, delincuentes de guante blanco que dejaron en la ruina a las entidades para las que trabajaban y a miles de clientes


Redacción / La Voz

Puede que si alguien le pide que haga memoria y cite algún escándalo financiero de esos que hacen época, el primer nombre que se le venga a la cabeza sea el de Lehman Brother’s. El descomunal atolladero en el que nos metió su quiebra ha hecho que nos olvidemos, o por lo menos que releguemos a un segundo plano, otros episodios que removieron los cimientos de los mercados. Porque habelos, hailos. Y de los gordos. Merece la pena un repaso a los más sonados de las últimas décadas para que no caigan en el olvido.

Enron

El paradigma de la ingeniería financiera

Remontarse al 2 de diciembre del 2001 es remontarse a uno de los mayores escándalos de la historia económica del mundo. Ese día, Enron, una de las mayores empresas energéticas del planeta, se declaraba en quiebra. Era una de las mejores empresas de Norteamérica. La más innovadora. La mejor gestionada. Facturaba 100.000 millones de dólares anuales. O eso decían. Porque lo que salió a la luz tras la bancarrota es que, durante años, no hicieron otra cosa que maquillar sus cuentas. Escondiendo bajo las alfombras todo lo que no fuese a resultar del agrado de los inversores. Pasivos que se convertían en activos por arte de birlibirloque, préstamos que computaban como ingresos, deuda camuflada, beneficios inflados... todo lo que se puedan imaginar. Auténticos trileros de los números. Así es como se revelaron los responsables del gigante estadounidense. No cayeron solos. Se llevaron por delante a Arthur Andersen, por aquel entonces una de las cinco auditoras más importantes del planeta. Fue partícipe del engaño. Dicen que presionada por la cúpula de Enron, que la obligaba a hacer la vista gorda. El caso es que, desprestigiada y condenada, acabó hecha pedazos (literalmente) y su negocio en manos de sus competidores. Adiós a una historia casi centenaria.

Con Enron, el mundo aprendió lo que era la ingeniería contable.

No sería la última. Ni mucho menos. Después vinieron Worldcom, la operadora de telecomunicaciones líder de EE.UU. (en el 2002 reconoció haber inflado sus resultados en 11.000 millones de dólares durante los años precedentes); el fabricante de fotocopiadoras Xerox (6.400 millones de dólares en ingresos fantasma entre 1997 y el 2001); Merck, la segunda farmacéutica de EE.?UU. (14.100 millones de dólares en ingresos que nunca existieron); o Tyco, saqueada por su cúpula directiva: durante el juicio se supo que el expresidente Dennis Kozlowski empleó dinero de la compañía para comprar una cortina de baño por 6.000 dólares, organizar a su mujer una fiesta de cumpleaños en Cerdeña por dos millones, conceder un préstamo, que luego perdonó, a una examante, o pagar 13 millones por unos cuadros que no declaró a Hacienda.

Todo un rosario de escándalos contables que hicieron temblar los cimientos de las bolsas.

Mención aparte merecen en este relato de grandes desmanes, los protagonizados por brókeres sin escrúpulos. Operadores cegados por la ambición que acabaron llevando a la ruina a las entidades para las que trabajaban y a muchos de sus clientes.

Ahí van los nombres y las historias de algunos de los rogue trader (brókeres canallas), que es como se les conoce en el argot financiero, que más ruido hicieron en su momento.

Nick Leeson

El hombre que acabó con el banco de la reina Isabel II

Él solo se llevó por delante al banco más antiguo del mundo. Más de dos siglos de historia reducidos a cenizas en un abrir y cerrar de ojos. El Barings Bank, la entidad de cabecera de Napoleón III o la reina Isabel II. El mismo que financió la compra de Luisiana por Estados Unidos o la construcción del ferrocarril en la ruta de la seda. Cayó con estrépito a manos de un joven que ni siquiera llegaba a la treintena: Nick Leeson, un operador de bolsa británico, de origen humilde, al que sus superiores habían elevado a los altares como dios de las finanzas de la noche a la mañana.

Entró por la puerta grande en la leyenda negra de los mercados en 1995. Era el trader estrella de Barings en Singapur. Y desde allí estuvo operando durante meses de espaldas a sus jefes. Asumiendo riesgos descomunales en el mercado de futuros asiático sin que los controles de la entidad lo detectaran. La racha se le acabó cuando el terremoto de Kobe hundió los mercados. Sus tejemanejes dejaron un agujero de 827 millones de libras. Y él una simple nota: «I’m sorry», antes de poner pies en polvorosa rumbo a Kuala Lumpur. Finalmente, fue detenido en Fráncfort. Y, muy a su pesar, trasladado a Singapur, donde cumplió cuatro años y medio de una condena de seis y medio en una prisión de máxima seguridad, de la que salió tras serle diagnosticado un cáncer de colon, que superó. Hoy da conferencias por el mundo. Y en ellas cuenta que los controles siguen sin ser buenos.

Barings acabó en manos de ING por una libra esterlina.

Toshihide Iguchi

Once años de tejemanejes en el Daiwa Bank

Unos meses después de lo de Nick Leeson y el Barings, el Daiwa Bank, uno de los 10 mayores bancos japoneses del momento, revelaba al mundo que las operaciones irregulares en el mercado de bonos de uno de sus empleados en Nueva York, Toshihide Iguchi, le habían ocasionado unas pérdidas de 1.100 millones de dólares (136.000 millones de pesetas de la época) en once años. Tampoco se habían enterado de nada. Tan obnubilados estaban con los éxitos del joven trader que no lo vigilaron.

Los problemas habían comenzado en 1984, cuando Iguchi provocó una pérdida de 200.000 dólares y empezó a falsificar contratos para camuflarla. La bolsa de nieve se hizo cada vez mayor... Y lo acabó aplastando. Terminó dando con sus huesos en la cárcel .

yasuo hamanaka

El rey del cobre se quedó sin trono

A mediados del año siguiente los mercados asistían atónitos a la caída de todo un señor gurú. Yasuo Hamanaka era conocido como Míster Copper (el señor Cobre), por su gran influencia en esa plaza. Y también como Míster Five Percent porque ese era el porcentaje del mercado mundial del cobre que controlaba. Todo fachada. Falsificó la contabilidad de la compañía durante 10 años para ocultar las pérdidas multimillonarias que sus operaciones le habían ocasionado a Sumitomo, la empresa de intermediación para la que trabajaba como jefe de compras. Los simples rumores sobre su trastada ocasionaron una caída del 15 % en el precio del cobre. Las imprudencias cometidas durante años por su bróker estrella -después estrellado- le costaron a Sumitomo la friolera de 2.600 millones de dólares. Y a Hamanaka, 8 años de cárcel. 

Jérôme Kerviel

El hombre que hizo temblar los cimientos de Société Générale

El nombre de Jérôme Kerviel saltó a las portadas de todo el planeta a finales de enero del 2008. El banco para el que trabajaba, Société Générale (el segundo de Francia), lo acusó de haber invertido en bolsa con dinero de la entidad pero sin su autorización. Su comportamiento le causó unas pérdidas de 4.900 millones de euros. Cuando se supo, la entidad llevaba ya tres días intentando deshacer en secreto las posiciones abiertas por el bróker a escondidas. Un movimiento que hizo naufragar a las bolsas europeas. Kerviel siempre mantuvo que sus jefes lo sabían todo y que él solo era una pequeña pieza del engranaje. Solo pasó cuatro meses en prisión.

Kweku Adoboli

El operador financiero más deshonesto en la historia del Reino Unido

Así fue como calificó Scotland Yard al joven de origen ghanés que le hizo un roto a UBS, la entidad para la que trabajaba en la City, de 1.300 millones de libras. Ideó un complejo sistema de operaciones ficticias para tapar sus irregularidades. Y como siempre, fallaron los controles. El también niega, como que fuera un lobo solitario de la banca. Fue condenado a siete años de prisión en el 2012. Ya está fuera.

Escándalos que dejaron entrever que las cosas no iban bien en el sistema financiero, como evidenció la crisis 

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