Europa: luces ámbar

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

04 nov 2018 . Actualizado a las 05:06 h.

La noticia de que la economía de la eurozona de nuevo se estanca no llega en el mejor momento. El crecimiento de tan solo un 0,2 % en el último trimestre no es desde luego un buen dato en sí mismo. Pero resulta especialmente preocupante si se interpreta como un síntoma del estado en el que ahora mismo se encuentra la Unión. Porque es innegable que el club del euro -y el conjunto de la UE- está en una situación particularmente compleja. Cierto, no habitamos el borde de un abismo, como ocurrió en el 2010 y el 2012, pero los problemas a los que nos enfrentamos tienen mucho de laberinto, con varias encrucijadas simultáneas, ante las que será imprescindible acertar para al menos sostener el rumbo con algunas garantías. Entre ellas hay tres de gran importancia: el brexit, el desafío italiano y las reformas que no avanzan.

En cuanto al brexit, pasa el tiempo y el acuerdo no acaba de llegar. ¿Es verosímil que este nunca comparezca, que finalmente se produzca una ruptura brusca y sin anestesia? Si recordamos la historia de la UE, hay margen para confiar: durante décadas, la Unión consiguió superar coyunturas difíciles mediante pactos de último minuto. El coste del no acuerdo sería muy elevado para todas las partes: en primer lugar, para el Reino Unido, pero también sería significativo para el resto de Europa y, de un modo destacado, para España. Por eso, hay un incentivo muy fuerte para superar las discrepancias, que en todo caso siguen siendo grandes. Sin embargo, el contexto político internacional y el interno de Gran Bretaña son tan viscosos que ningún escenario puede ser descartado, ni siquiera el de la salida desordenada en menos de seis meses. Si tal cosa ocurriera, habría que prepararse para un shock económico y financiero considerable, que pondría a prueba una vez más la capacidad de los responsables comunitarios.

El reto italiano puede ser aún más difícil de afrontar. En el trasfondo de este problema está la caída en picado del sentimiento europeísta en aquel país crucial (que acaba de constatar el último Eurobarómetro). La formación del Gobierno Di Maio-Salvini se hizo sobre ese sentimiento, por lo que el abierto desafío a las reglas del euro contenido en el presupuesto remitido a la Comisión, y el rechazo por parte de esta, llevan consigo un juego político de alto riesgo y difícil solución: Bruselas no puede ceder por razones de credibilidad, en un momento en que hay que dar señales de que el problema de la deuda se toma en serio, pero tampoco abonar un camino que sería tomado como una afrenta (y explotado como tal). Lo dicho: una encrucijada que exige mesura para evitar un estropicio mayor.

En cuanto a la tercera gran cuestión, las perspectivas de una reforme en profundidad del funcionamiento del euro, tampoco la melodía que suena es agradable. Recordemos que hace un año parecía que esta vez sí era la buena: un cierto consenso se estaba formando en torno a un refuerzo simultáneo de las ideas de rigor y solidaridad (presupuesto y autoridad fiscal comunes, alguna forma de mancomunar deudas, cerrar la Unión Bancaria…). Algo que ahora parecer estar totalmente bloqueado, con los líderes que lo impulsaban (el activo de Macron y el consentidor de Merkel) cada vez más cuestionados. Y sin embargo, como todos los expertos no dejan de proclamar, esas reformas son imprescindibles para desanudar de una vez la madeja que desde hace años envuelve al proyecto del euro. Y sería además la forma de afrontar racionalmente una salida a los dos problemas anteriores: el del reto italiano, desde luego, pero también las turbulencias que puede producir el brexit. En fin, tres enrevesados asuntos que están más interrelacionados de lo que a primera vista pudiera parecer.