Las casas que rejuvenecen

Europa admite que tiene un problema en sus viviendas; uno de cada dos edificios habitados en España tiene más de 40 años. La tasa de renovación no llega al 2 % en estos inmuebles


Redacción / La Voz

Cuando se pone sobre la mesa la necesidad de cumplir con los compromisos establecidos en el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático o lo prioritario de alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU, pocos piensan en las viviendas. El imaginario colectivo nos lleva a las altas chimeneas industriales emitiendo gases de efecto invernadero. Sin embargo, los inmuebles en los que vivimos o trabajamos también son una fuente contaminante. «La transición energética comienza en casa», recuerda Maros Sefcovic, vicepresidente de la Comisión Europea. Se calcula que cerca del 25 % de las emisiones contaminantes provienen de los edificios.

Unos dejan escapar energía. Otros requieren más electricidad de la necesaria para mantenerse a salvo del frío en invierno y del calor en verano. El bolsillo es el primero que se resiente, pero también la salud. Bruselas acababa de acoger el foro internacional donde se presentó el Barómetro de la Vivienda Saludable del 2018. En base a estadísticas oficiales, como las de Eurostat, una de las conclusiones del informe refleja que los edificios insanos cuestan cada año 194.000 millones de euros a las arcas de la Unión Europea en costes directos e indirectos.

Rejuvenecer las viviendas se ha vuelto una prioridad en las políticas de sostenibilidad europeas. «En España, el 50 % de los edificios habitados se construyeron antes de 1979. Uno de cada dos tiene más de 40 años», explica Ingrid Reumert, vicepresidenta de Comunicación de Velux, promotor del estudio. El barómetro presupuesta el coste que tendría en la UE la renovación del parque inmobiliario: 295.000 millones de euros. La inversión, aseguran, compensa. «Sería un ahorro, no solo para los ciudadanos de forma individual, sino para los sistemas nacionales de salud», argumenta Peter Bang, director ejecutivo y CFO de Velux Finance.

Pasamos el 90 % de nuestro tiempo dentro de un espacio cerrado. El aire que respiramos, si la habitación no está bien ventilada, puede ser más contaminante que el de la calle.

«En ningún país del mundo existe una legislación que obligue a los constructores a rendir cuentas. Como hacemos con los coches, los inmuebles también deberían estar sometidos a un peritaje periódico», expuso en el foro Fionn Stevenson, profesora de Diseño Sostenible en la Universidad de Sheffield, en Reino Unido.

El mercado, por el momento, es tibio en cuanto a la demanda de casas saludables. «Se necesitan legislaciones que impongan unos mínimos», alertó Kolja Nielsen, CEO de Cebra, un despacho de arquitectos especializado en edificios activos. «A quien hay que convencer es a la industria», confesó John Sommer, de la constructora escandinava MT Hojgaard. Los promotores, desde la escala más grande a la más pequeña, son el talón de Aquiles que se resiste. Volviendo al símil con los coches, la investigadora Fionn Stevenson hace otra comparación: «La gente entiende cómo funcionan sus vehículos, pero no sus casas. Por eso no exige».

Más luz natural, menos condensación y aislamiento. El estándar de las viviendas saludables necesita una inversión que, defienden los expertos reunidos en Bruselas, no es tan costosa como puede parecer. «El 47 % de los europeos que trabajan en una oficina no tienen acceso directo a la luz natural, que se vincula a incrementos de la productividad de entre el 6 y el 12 % en actividades manuales y de hasta un 25 % en actividades mentales», indica el informe. La concienciación medioambiental comienza en casa.

Los edificios insanos cuestan al año 194.000 millones de euros a la sanidad europea, según el informe

piloto. Para el estudio sobre la salud de los hogares se realizaron proyectos piloto, como el de esta casa en Bruselas. «Nos centramos también en viviendas sociales con un coste de renovación asequible. Hicimos un seguimiento del bienestar de sus inquilinos, que cambió en positivo», apunta Ingrid Reumert.

«Vivir en las afueras de las ciudades no es sinónimo de una mayor calidad de vida»

M. Méndez

Reumert expuso en Bruselas las conclusiones del Barómetro del 2018.

Las casas son mucho más que un cajón donde resguardarse. Un estudio, en base a datos del Eurostat, ha desvelado su diagnóstico en la Unión Europea.

-¿Qué titular deja el Barómetro de la Vivienda Saludable del 2018?

-Que los vecinos de las ciudades europeas se han mudado a los extrarradios. El crecimiento de las zonas residenciales en los cinturones urbanos ha crecido un 47 % de 1961 al 2011. En vuestro país, más aún. Un 139 %. Solo os supera Irlanda.

-¿Por qué esta migración?

-Son muchos los motivos. Las casas unifamiliares dominan en el paisaje suburbano. Son el 62 % de las viviendas. La gente deja los centros porque se asocian a unos peores estándares de los hogares.

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