El brumoso horizonte de la economía

Riesgos políticos de carácter global como la ola populista o el «brexit» y la posición desafiante de Italia, esta ya en clave más europea, amenazan el ciclo económico, que se enfrenta una desaceleración en la que influirán de forma decisiva otros factores como el proteccionismo, el alza de los precios energéticos y un repunte de los tipos de interés alentado por la Reserva Federal


Catedrático de Economía Aplicada. Grupo Colmeiro

Me imagino a quien explique hoy macroeconomía en las aulas universitarias, preparando las clases en un contexto tan lábil como incierto. Ni la última edición del mejor manual está suficientemente al día, tal es el desajuste entre los argumentos y los esquemas teóricos y la dinámica de la mundialización y de los ciclos financieros. Pongamos un ejemplo: la inflación subyacente, que es la que explica la evolución de los precios en el largo plazo, sigue átona, a pesar de que el paro, tanto en Estados Unidos como en Europa, ha bajado extraordinariamente, pero con el contrapeso de unos salarios a los que les cuesta Dios y ayuda subir de modo significativo. La fiscalidad, a su vez, muestra sus consecuencias empíricas de manera crecientemente heterodoxas, al margen de los esperados efectos económicos convencionales. ¿Y qué decir de la transición tecnológica, que arroja una gran acumulación de capital, sobre todo intangible, o del poder de mercado creciente de las grandes empresas multinacionales, o de los problemas de gobernanza?

Por si todo esto fuese poco, los vientos proteccionistas impulsados por un Trump inclasificable, han vuelto un poco locas las brújulas del comercio internacional, con una Europa relativamente inerme, con pocas esperanzas de concluir a corto plazo su diseño institucional y asediada por gobiernos populistas, cuando no abiertamente anti Unión Europea. Merkel hace mutis por el foro y una cierta crisis existencial se instala en las instituciones. La economía de la zona euro se resfriará sin duda, la adopción de un presupuesto federal de tamaño adecuado se esfuma, y los mecanismos de aseguramiento comunes no serán adoptados en esta coyuntura. Restaurar la confianza de los ciudadanos es indispensable, para lo cual habría que avanzar en medidas contra la desigualdad y a favor de la protección medioambiental.

En definitiva, nos las prometíamos muy felices allá por el 2017, cuando una combinación virtuosa de mejoras coyunturales invadía las economías industrializadas y las de los países emergentes. Pero un factor siempre presente cual espada de Damocles, la incertidumbre, se avivó. Y no solo por factores económicos, uno de los cuales es abrumador ?el enorme endeudamiento-, sino y sobre todo, por sus componentes políticos geoestratégicos, que por momentos alcanzan niveles paroxísticos, y uno no menor es el brexit. Si las partes implicadas no son capaces de evitar una salida desordenada, las turbulencias serán muy dañinas.

A mi juicio, el proteccionismo extremo amenaza con ralentizar el crecimiento, hacerlo más injusto por peor distribuido y retroalimenta propuestas políticas simplistas. Pero probablemente el presidente Trump sea más un síntoma que una causa, en su cruzada contra el multilateralismo. Y China se ha convertido en intérprete de todas las batallas, de modo explícito o más discreto. Pero hay un error de base en ese regreso doctrinario, ya que las condiciones de la producción han mutado a nivel planetario. No estamos en los años 80, cuando los Estados Unidos sentían pavor ante la invasión de productos japoneses. No es muy grave importar celulares ensamblados en China si son concebidos en California, pongamos por caso. Además, la competencia de lo numérico avanzará transversalmente, necesitándose instrumentos al servicio de los intercambios internacionales que acompañen nuevas necesidades y nuevas realidades. El mundo no se podrá parar con prejuicios, aunque algunos de estos argumentos averiados puedan llevar las relaciones internacionales al borde de graves conmociones, que no deben descartarse, como la historia ha demostrado.

Algo que no puede negarse es que la economía mundial ha salido del marasmo en el que se sumió tras la grave crisis económica y financiera. Y a pesar de los riesgos que venimos de citar, el ciclo económico de las grandes economías se ha alineado, pudiendo las políticas económicas asumir progresivamente una perspectiva de largo plazo, sobre todo en su dimensión ecológica. A su lado, resulta imprescindible tomarse en serio la gobernanza, implicándose en ella lo público y lo privado.

Los desequilibrios

En este marco, ¿qué podremos esperar del 2019? Coyunturalmente hay, al menos, tres elementos condicionantes: el curso de los precios energéticos, unos tipos de interés con tendencia al alza, sobre todo por la política de la Reserva federal, y el consabido proteccionismo, trío de factores que inciden en el grado de incertidumbre en el que operan los agentes económicos. Consecuencia: desaceleración, pero seguramente suave. Los riesgos políticos son, en todo caso, los más imprevisibles y, a su vez, los que pueden hacer un roto más significativo al ciclo. Europa, con el brexit e Italia en ebullición, se sitúa en una zona gris, con volatilidad elevada. Además, el Banco Central Europeo pondrá fin en diciembre a su programa QE de compra de deuda, con algún aumento del tipo director. Y habrá que atender a la política presupuestaria alemana, al consumo, ligado a subidas de salarios más que inciertas, a los márgenes empresariales y pocas cosas más. La política se impondrá probablemente a la economía y, ahora mismo, eso no augura que todo vaya en la buena dirección.

China, ese otro gran actor mundial, está siguiendo un policy-mix adecuado, con una reducción de deuda progresiva y una transformación de su capacidad productiva más realista, sin penalizar demasiado su demanda interna. Este aterrizaje suave, unido a sus iniciativas de cooperación comercial, ayuda a las economías del área. América Latina, a su vez, sigue con sus claroscuros, activándose ya la incógnita del nuevo Gobierno brasileño. Y en el próximo Oriente, las tensiones no disminuyen. Panorama, pues, no catastrófico, pendiente en su evolución, más allá de factores internos, de las tensiones comerciales, porque afectan a la confianza, a los mercados y a la inversión. En definitiva, al núcleo duro de la economía mundial.

En términos cuantitativos, según se desprende de las estimaciones solventes, estas amenazas se concretarían en una reducción de las expectativas de crecimiento de un 0,5 % en el 2020. Lejos, evidentemente, de visiones catastrofistas, que sitúan en el año próximo las puertas de una nueva recesión mundial. De todos modos, los gobiernos, incluido el español, deben permanecer muy atentos a la evolución coyuntural, evitando medidas que puedan ser contraproducentes en momentos en los que todavía, aunque se diga lo contrario, persisten signos de convalecencia. El aumento de la presión fiscal, con una carga tributaria tradicionalmente escorada hacia las rentas del trabajo, no debe tomarse a la ligera, pues la demanda -y eso deberían de saberlo aquellos que se reputan fervientes keynesianos-, hay que cuidarla como oro en paño. Y una pregunta retórica, pues la respuesta es sabida: ¿Para cuándo la reforma de las administración públicas, central y autonómicas? Me refiero a una reforma de verdad, que ataque el corazón y las arborescencias de la mala burocracia, no de aquella que es imprescindible. No se pueden ni imaginar el alivio de costes, públicos y privados, que tal cosa podría acarrear.

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