La mundialización del comercio de productos alimentarios

En apenas medio siglo el planeta ha pasado de una era de insuficiencia a una dependencia creciente del comercio de esta clase de bienes. La multiplicación y dispersión de los flujos es un fenómeno creciente que Galicia puede y debe aprovechar. ¿Cómo? Transformando y distribuyendo productos acabados con avances tecnológicos dotados de un alto valor añadido


Catedrático de Economía Aplicada de la UdC

La gobernanza mundial de los sistemas alimentarios está constituida por una amplia diversidad de instituciones y de regímenes jurídicos internacionales. Las agencias de Naciones Unidas (FAO y PNUD); los organismos financieros (Banco Mundial); las agencias de armonización (Codex Alimentarius); o las convenciones destinadas a proteger los bienes públicos globales (clima, diversidad), constituyen los instrumentos básicos de dicho engranaje. De esta forma, cualquiera de las industrias agrícolas o pesqueras, por ejemplo, poco expuestas a una competencia internacional se encuentran, sin embargo, sometidas a la influencia de dichas instituciones y de sus normas internacionales.

En el campo comercial, quien se encarga de controlar los intercambios es la Organización Mundial del Comercio (OMC) que, con sus reglas y con su organismo de resolución de las diferencias, determina los márgenes de maniobra posibles que evitan una competencia desleal y prohíben la instauración de un fuerte proteccionismo.

En la actualidad, se está produciendo un reequilibrio de las prioridades y de las normas. Para conciliar la apertura comercial y el respeto a los compromisos medioambientales, la mayor parte de los países reclaman un mayor cumplimiento de las convenciones internacionales, sugiriendo, al mismo tiempo, la necesidad de imponer estándares más elevados a los intercambios comerciales. De otra parte, se insiste en la apuesta de una mayor multiplicación de acuerdos bilaterales y regionales que permitan abrir mercados, potenciar acuerdos preferenciales y promover ciertos estándares a través de la inclusión de cláusulas sociales y medioambientales.

No cabe duda, pues, que una profundización de las dinámicas de integración contribuye a confrontar sistemas culturales y jurídicos muy diferentes. La resultante de ello es una creciente tensión entre la voluntad de los países en proteger sus preferencias y el deseo de acceder a los mercados de terceros estados. En consecuencia, proliferan tanto una nueva generación de acuerdos megarregionales, como asociaciones de partenariado público y privado.

Al analizar la relevancia de la mundialización del comercio de la industria alimentaria, llaman la atención dos datos. El primero, las exportaciones de los productos alimentarios estuvieron creciendo a un ritmo anual del 3,8 % a lo largo de los últimos cuarenta años; y, el segundo, en ese mismo período, la parte de los bienes alimentarios en el comercio mundial ha descendido del 20 al 8 %. Significa, por tanto, un reforzamiento de la interdependencia entre los países importadores y exportadores, y una mayor contribución a la difusión de normas, valores, innovaciones y riesgos.

¿Qué se prevé, entonces, para la siguiente década? Sin duda alguna, el comercio mundial estará marcado por una multiplicación de los flujos comerciales, tanto en lo que hace referencia a los países como a los productos intercambiados. Las cadenas mundiales de valor contribuirán a incrementar la interdependencia entre las propias economías nacionales. Y, de esta forma, habrá una mayor integración completa de las economías agrícolas de aquí a los próximos diez años, junto a una disminución de la concentración de los intercambios.

De otra parte, ciertas exportaciones agrícolas seguirán estando concentradas en la producción (maíz, soja y azúcar, por ejemplo); en tanto el resto asumirán un continuo descenso en lo que respecta a la polarización. Se prevé, asimismo, una fragmentación de las corrientes de importaciones, debido tanto a las nuevas commodities, como a las formas de presentación de productos y a la mayor relevancia de las cadenas de valor mundiales.

Un avance global

Los últimos informes están corroborando dichas tendencias. En los años noventa, solo el 25 % de los países intercambiaban productos alimentarios con la mitad de los otros países del mundo. Hoy, esa proporción ha pasado a ser superior al 40 %. Esta tendencia significa que un amplio conjunto de factores, derivados de las estrategias de diversificación de aprovisionamiento, contribuye a reducir los niveles de dependencia de los inputs. En lo tocante a la diversificación de los flujos, las 10 principales producciones intercambiadas suponían, en 1980, el 67 % del comercio mundial; y en la actualidad, solo el 57 %. En términos de valor se ha pasado del 46 al 37 % en idéntico período.

En suma, hay una multiplicación y dispersión de flujos. Dicha concepción está siendo construida sobre un sistema cada vez más complejo e imbricado, con mayor riesgo de vulnerabilidad y oscilaciones, dentro de un marco global. Con ello, las doctrinas clásicas del comercio internacional están siendo desplazadas por los nuevos acontecimientos y realidades. En la actualidad, se focaliza tanto en el tríptico importador/producto/exportador; como en la constitución de cadenas globales de valor, que vienen a ser definidas como el conjunto de actividades que las empresas y trabajadores realizan para ofertar y servir un producto dado, desde la concepción del mismo hasta su utilización final. Bajo esta nueva concepción, tanto una importación como una exportación no deben ser consideradas, únicamente, como un flujo de un país a otro; sino como una parte de un proceso ramificado de elaboración de un bien de consumo y de creación de valor agregado. Porkka lo resumía de manera muy gráfica: «En 50 años, el mundo ha pasado de una insuficiencia alimentaria a una dependencia creciente del comercio alimentario».

Aquí es donde Galicia debería tener puesto el horizonte. No consiste en admitir y basar nuestra competencia en reducir el peso de la mano de obra (con salarios bajos) ni en utilizar, únicamente, la disponibilidad o proximidad de los recursos naturales. Se trata de convertir, adaptar, transformar, presentar y distribuir productos acabados, dotándoles de avances tecnológicos propios que le agreguen valor y los haga diferenciados; al tiempo que contribuimos a la seguridad alimentaria y respetamos los ecosistemas y condiciones ambientales. ¿Es posible? La respuesta es positiva. ¿Alguien lo está haciendo? Algunos sectores muy dinámicos e innovadores. Un ejemplo, la conserva de pescado.

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