Italia pone en jaque la arquitectura comunitaria

La Eurozona teme un descalabro en cadena si el Gobierno transalpino persiste en su hoja de ruta económica; Roma quiere saltarse los objetivos de déficit, aunque Bruselas y los mercados aprietan para evitar el desplante


Bruselas / La Voz

Es el país de la OCDE en el que menos ha crecido la productividad desde el año 1995, la segunda economía más endeudada (131 % del PIB) de la UE después de Grecia, un 13 % de su economía está sumergida, sus administraciones públicas atrofiadas y el desempleo juvenil alcanza el 37,1 %, a pesar de ser uno de los países «con uno de los gastos más altos en pensiones» dentro del bloque (15 % del PIB). Con todo, sigue siendo la tercera mayor potencia del euro tras Alemania y Francia. Y un riesgo de dimensiones descomunales para la eurozona.

El nuevo Gobierno italiano, un «Frankenstein» articulado por el populismo euroescéptico del Movimiento 5 Estrellas y la ultraderecha más reaccionaria encarnada por la Liga Norte, ha decidido ignorar todos esos indicadores que apuntan a un descalabro económico si el Ejecutivo de Roma no toma las riendas de las cuentas públicas y endereza su rumbo. No parece que ese vaya a ser el camino. Ambas formaciones, lideradas por Luigi di Maio y Matteo Salvini, tienen muchas facturas políticas que pagar y eso significa que, aunque sea en parte, llevarán a término sus febriles planes presupuestarios. Nada de apretar cinturones o fiscalizar la hucha italiana.

El Gobierno italiano quiere barra libre para gastar y contentar a un electorado extremadamente reacio a cumplir con los compromisos europeos. Un problema para el conjunto de la UE, donde las normas de estabilidad presupuestaria son de obligado cumplimiento para todos. «Estamos reduciendo el gasto público y nos estamos ciñendo a la norma de déficit porque hay normas y son las mismas para todos los países. Nuestros futuros están ligados», les afeó en la última reunión del Eurogrupo el ministro de Economía francés, Bruno Le Maire. El galo se mostró especialmente hostil con la deslealtad de sus socios italianos, quienes no tuvieron reparos en anunciar el pasado 1 de octubre, ante la mirada perpleja del resto de ministros, que no solo tienen pensado incumplir el objetivo de déficit, sino que lo dispararán al 2,4 % hasta el 2021. El terremoto que provocaron las palabras del ministro de Economía italiano, Giovanni Tria, hicieron temblar los cimientos de la Comisión Europea. El equipo de Jean Claude Juncker se llevó las manos a la cabeza. «El Gobierno debe decirle la verdad a los italianos. Hay más gasto público de lo que se había comprometido. ¿Quién va a pagar eso? Son sus ciudadanos quienes lo pagarán. Italia es el único país de la eurozona que tendrá una política expansionista en el 2019. La cuestión es que la buena política económica tiene que ser creíble y eficaz», les advirtió el comisario de Economía, Pierre Moscovici. Pero la factura, al final, acabará en la cartera de los Veintiocho.

¿Qué pretende hacer el nuevo gobierno?

Después de los sudores fríos que provocaron los planes del Ejecutivo italiano en Bruselas y el repunte de la prima de riesgo en los mercados (encarecimiento de la financiación), el Gobierno de Giuseppe Conte decidió recular y anunciar una reducción del déficit hasta el 2,1 % en el 2020 y el 1,8 % en el 2021. Un gesto para «enfriar la temperatura», como demandó esta semana el portavoz de la Comisión Europea, Margaritis Schinas, pero insuficiente para cumplir con el Pacto de Estabilidad, que exige a Italia un esfuerzo estructural adicional del 0,6 %, ya sea por la vía del recorte del gasto o el aumento (poco fiable) de los ingresos. Tampoco parece que vaya a servir para poner en marcha el abanico de medidas populares proyectado por el equipo de Conte. En su hoja de ruta está previsto dar marcha atrás a la reforma de las pensiones y bajar la edad de jubilación, alumbrar una renta básica garantizada a ciudadanos de bajos ingresos valorada en 10.000 millones de euros, un plan de inversiones públicas en infraestructuras y amnistías y rebajas fiscales que acabarán erosionando las menguantes arcas públicas.

¿Por qué es un peligro para la eurozona?

Moscovici fue meridianamente claro al respecto: «Italia es un gran país europeo en el corazón de la zona euro, por eso sería importante evitar que entrara en crisis. Tiene la obligación de reducir el déficit. Es el país que más se ha beneficiado de la flexibilidad de Bruselas», indicó. El francés no quiso entrar en detalles para no generar más tensiones en los mercados, que podrían devolver a Italia a la situación de estrangulamiento que vivieron economías como la española en el 2012 si continúa por la senda del despilfarro. «No soy un partisano de la austeridad», trató de justificar el galo. No se opone a conceder margen de maniobra para una fiscalidad más flexible, pero se niega a aceptar programas presupuestarios que puedan poner en riesgo al conjunto del euro. Y no lo hace por una razón simple: las grandes potencias europeas (Alemania y Francia) están muy expuestas a cualquier shock en la economía italiana. A pesar de los esfuerzos en los últimos años por apuntalar la supervisión del sistema bancario y los mecanismos de cortafuegos para evitar que las crisis financieras se contagien y se conviertan en crisis soberanas, la UE no ha conseguido finalizar la arquitectura del euro.

Falta un fondo de rescate, un mecanismo de mutualización de riesgos y un fondo común de garantías. Todos estos factores hacen tambalear al bloque. Cualquier hoguera en Italia puede acabar propagando un incendio en la Unión. «Es probable que la conducta del Gobierno italiano en las negociaciones presupuestarias con las instituciones europeas y la aplicación o no de los programas económicos presentados por la Liga y el Movimiento 5 Estrellas durante la campaña creen desconfianza en los mercados de capitales», señalan los expertos de Coface, quienes apuntan a un alto riesgo de debacle bancaria: «La estructura del sistema bancario, en la cual los bancos regionales de tamaño mediano-pequeño sufren una exposición considerable a los préstamos morosos, sigue siendo problemático, especialmente ahora que el BCE espera endurecer sus directrices a los bancos respecto a los préstamos morosos para demandar un ratio de cobertura del 100 %». Y ahí radica el gran problema de Italia. Cualquier movimiento extraño disparará la desconfianza de los mercados. La financiación y el acceso al crédito de la amplia red de bancos regionales italianos se encarecerá, dificultando la cobertura de cualquier posible agujero de capital derivado de activos morosos. El estrangulamiento bancario afectará de lleno al tejido industrial italiano, conformado por empresas pequeñas poco productivas y dependientes mayoritariamente de la financiación a través de las entidades de crédito. Los problemas financieros de pymes y empresas exportadoras italianas pueden poner en problemas a la cadena de suministros hacia los principales socios comerciales: Alemania, Francia, Reino Unido y España. También se espera la contracción de las exportaciones de Alemania, Países Bajos y España al país alpino. No obstante, el mayor riesgo que existe no se cierne sobre el mercado sino sobre el futuro mismo del euro. La moneda única podría superar la pérdida de una economía como Grecia (su PIB alcanza los 322.000 millones de euros anuales), pero no la caída de su tercer pilar (el PIB italiano alcanza los 2,3 billones de euros).

¿Qué pide Bruselas?

Ajustarse a lo pactado. «Reducir el alto volumen de préstamos dudosos y apoyar la reestructuración de los balances, incluyendo los de los bancos medios y pequeños así como aplicar de inmediato la reforma de los procedimientos de insolvencia», es lo más urgente para evitar que cualquier resbalón del Gobierno provoque un contagio. «Es una locura, absurdo», resumen las autoridades europeas. En Bruselas cruzan los dedos para que el borrador de presupuesto, que debería llegar mañana a más tardar, se ajuste a lo pactado. De lo contrario, el equipo de Juncker todavía se guarda un as en la manga para forzar al díscolo Gobierno italiano: avanzar en el expediente abierto por deuda excesiva. Una deuda que pocos confían en que se pueda reducir sin un polémico proceso de reestructuración de por medio.

En Bruselas califican de «absurdo» el proyecto de presupuestos que proponen Di Maio y Salvini

Juncker (izquierda) se ha reunido con líderes políticos italianos como Robert Fico para reconducir la situación. | S. LECOCQ

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