Alboroto a la italiana


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Entre los muchos fenómenos de corte estrafalario que la política democrática nos está dejando en los últimos años, uno de los más señalados es sin duda el del actual Gobierno italiano. Formado por dos fuerzas que nada tienen en común (salvo su condición euroescéptica), ese gabinete parece tener dos agendas diferentes: la de Liga, el partido sin duda más pujante, está volcada hacia una derecha muy extremada, con signos de abierta xenofobia; el Movimiento 5 Estrellas, por su parte, apuesta por la experimentación con fórmulas nuevas, como la introducción de una renta básica. Lo que parece amalgamar cosas tan diferentes es un estilo de hacer política que tiene mucho de autoafirmación y provocación. ¿Provocación a quién? Pues en primer lugar a los odiados «burócratas de Bruselas».

Puesto que nada parece anunciar un cambio político próximo, podemos prepararnos para que las relaciones de Italia con Europa estén un tiempo dominadas por la bronca. Una muestra la hemos tenido con el proyecto de Presupuestos, que se ha presentado con un objetivo de déficit más alto que el negociado con la UE: 2,4 % frente a 1,6 %. Ello ocurre en un país con una deuda pública superior al 130 % del PIB. Detrás de esta especie de rebelión fiscal hay, además del comentado afán levantisco, dos impulsos: por un lado, la propia doble cara del Ejecutivo tiende a duplicar gastos, creando una tendencia expansiva en el presupuesto, que en este caso es muy inconveniente. Pero, por otra parte, en Italia hay un justo y muy extendido deseo de recuperar partidas de gasto social que sufrieron mucho -aunque seguramente menos que en otros países del sur- durante la Gran Recesión.

Este desafío italiano origina un nuevo factor de tensión sobre el club del euro, y su resultado es del todo incierto. La primera reacción de la Comisión ha sido prudente y acertada, pues más que sancionar a la primera, ha dado señales de flexibilidad, a diferencia de lo que ocurría hace unos años. Ahora, se dice, «ya no estamos en plena crisis, sino en otra fase». Lo cierto es que en plena crisis la estrategia fiscal de la UEM fue una gran equivocación, por exceso: hizo que la recesión se intensificara, originó problemas que durarán bastante tiempo (es lo que los técnicos llaman histéresis), originó un enorme malestar y, para colmo, no consiguió alcanzar sus objetivos. Sin embargo, es verdad que ahora estamos en otro momento, con un importante debate abierto sobre la necesaria redefinición de la estructura institucional del euro, en particular del modo de funcionar de las reglas fiscales. Con ese paisaje de fondo, es muy probable que el reto de Di Maio y Salvini acabe por afectar a ese debate, bien para empujar hacia una línea de reforma que parecía bloqueada, o bien para (clima de tensión mediante) hacerla del todo imposible. Veremos.

Pero la situación es ahora diferente también en otro sentido: la orientación estratégica hacia la consolidación fiscal es hoy más necesaria y mucho menos dañina que en el 2010 o el 2012 (y esto vale no solo para Italia, sino también para otros muchos países, como el nuestro). Y es que, si no somos capaces de reducir la deuda pública cuando crecemos, ¿cuándo lo haremos? Recuérdese que en el 2008 fue una gran suerte que el porcentaje de deuda estuviese por debajo del 50 % en muchos países: ello proporcionó un margen importante para luchar contra una durísima contracción. Si una crisis nos sacudiera de nuevo, ¿con qué márgenes para la acción pública la afrontaríamos, cuando las ratios de deuda rondan o superan por doquier el 100 %? Combinar la necesaria flexibilización de las reglas con una línea clara de consolidación no será fácil, pero no hay otro camino. La alternativa es ruido y furia.

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