Con vientos de cola se volaba mejor


Profesor de Economía Financiera y subdirector del Foro Económico de Galicia

El último trimestre del año se avecina con claras incertidumbres en lo que a lo económico se refiere. Esta vuelta al cole servirá para concretar la tendencia y cómo se encara el futuro tanto a medio como largo plazo. Los meses de verano no han servido, más bien todo lo contrario, para poder anticipar si la recuperación se terminará de consolidar o, como algunos analistas aventuran, comienza un nuevo ciclo descendente. De hecho, en las lecturas veraniegas algunas voces bajistas alertan de algunas turbulencias que pueden retroceder a la economía hacía mínimos no muy lejanos.

Si una cosa sabemos de todos los vaivenes que hemos padecido en esta última década es que realizar predicciones económicas es un claro deporte de riesgo y que toda cautela es poca a la hora de practicarlo. No obstante, si algo parece claro es que los conocidos como vientos de cola se han amainado, cuando no desaparecido directamente. Entre estos, cabe señalar de manera específica dos ayudas que han remado a nuestro favor hacia la situación en la que nos encontramos: el precio del petróleo, contenido durante los últimos años, y los estímulos financieros aplicados por el Banco Central Europeo (BCE). Nadie discute que ambos han resultado determinantes en el proceso de recuperación de nuestra economía y que los logros económicos están sustentados en buena parte en los mismos. Sin embargo, el nuevo ejercicio económico se enfrenta a una realidad distinta, con un crudo a unos niveles que pueden ser considerados más realistas y con el anuncio por parte de la autoridad monetaria europea del fin de la era del tappering (que es como en la jerga se conoce a los estímulos financieros).

Aceptada esta nueva situación no queda otra que seguir el curso, siendo conscientes de que las naves también se tripulan con el viento en contra, y no a favor como hasta ahora. En este sentido, resulta importante ser conscientes que lo que no está en nuestra mano queda fuera de nuestro alcance y, por ello, la mejor decisión es adaptarse al entorno (en este caso el económico).

La incertidumbre política

Y en esta travesía aparece un nuevo elemento contra el que nuestra economía tiene que luchar. Además, presenta la característica de que no se trata de un aspecto económico o financiero como los señalados, sino que su carácter es marcadamente político. Se trata de la incertidumbre política que acecha a nuestro entorno cualquiera que sea la dirección que miremos. En cualquier manual de economía política se nos insiste que la falta de confianza y seguridad se lleva muy mal con los procesos de desarrollo y consolidación, y el actual es buen ejemplo de esta circunstancia.

Para concretar podríamos hablar de tres focos en los que centrar la atención: Estados Unidos, Europa y, en clave interna, España. En el primer caso, el inefable presidente americano nos reserva semanalmente sorpresas con claras repercusiones. El caso de Turquía ha sido el último que contribuye más si cabe a una clara guerra comercial que no beneficia a nadie. El segundo foco tiene que ver con la Unión Europea o más bien lo que queda de ella, ante el claro proceso de difuminación de valores y estrategias de liderazgo. Finalmente, tampoco el escenario español invita al optimismo en lo que a estabilidad política se refiere, con un Gobierno con escaso margen de maniobra y con un evidente problema político ubicado en Cataluña que está llamado a condicionar cualquier política que se quiera implementar.

Así pues, se avecina un horizonte complicado: sin vientos de cola en lo económico y con claros vientos en contra en lo político. Se requiere para ello de pilotos preparados y con experiencia para tripular en condiciones complicadas.

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