Crisis turca y piromanía


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

La actual crisis financiera turca podría ser una más entre las múltiples serpientes de verano de los últimos años. Pero también podría ser algo más grave. La clave estará en si sus efectos quedarán circunscritos al país otomano -una economía mediana con muy escasas posibilidades de desestabilizar por sí misma los equilibrios internacionales- o si por el contrario surgirá algún tipo de contagio sobre otras economías emergentes. En las próximas semanas lo iremos comprobando, pero ya se han producido algunas señales inquietantes. Por ejemplo, en el país que protagonizó el anterior susto importante (Argentina), los tipos de interés han escalado en los últimos días desde el ya casi inverosímil 40 % al 45, con el fin de hacer frente al creciente nerviosismo de los inversores ante todo lo que suene a tormenta en el mundo emergente.

El fenómeno del contagio de las turbulencias financieras de un país a otro -una suerte de efecto dominó- fue muy importante y frecuente en los años noventa del siglo pasado, con grandes crisis transnacionales originadas en países como México, en 1994, o Tailandia, en 1997. Pero en el período más reciente, pese a todas las turbulencias vividas, su incidencia en los mercados emergentes ha sido escasa. Lo que, después de todo, y a pesar de los muchos errores políticos producidos, constituye un mérito de la coordinación internacional en todos estos años. Pero esto es precisamente lo que ahora podría estar cambiando. Y para mal.

Y en este punto la política norteamericana desempeña el papel estelar, al haber elegido la Administración de Donald Trump el camino de desestabilizar sin disimulo la economía turca, como forma para presionar a ese país y a su Gobierno en el tablero geopolítico. Entiéndase bien: el origen de los problemas turcos no debe buscarse sino en la propia Turquía. La elevadísima deuda externa -próxima al 50 % del total-, una inflación del 15 % y, sobre todo, el gran desequilibrio de la balanza por cuenta corriente (superior al 7 % del PIB del país) dan idea de un modelo de crecimiento difícilmente sostenible. De hecho, parece hoy indiscutible que la fuerte expansión que hace unos pocos años vivió ese país se debió a su acceso desmesurado a unos mercados internacionales de capital por entonces ávidos de prestar a este tipo de economías. La reciente normalización de la política monetaria en Estados Unidos y la consiguiente subida de los tipos de interés allí han provocado el efecto contrario: una salida masiva de capitales de Turquía (y otros muchos países emergentes), lo que por sí solo explica buena parte de la enorme caída de la lira, de un 40 % en lo que llevamos de año (y cerca de la mitad de ese porcentaje en un solo día).

Frente a todo ello, el Gobierno de Erdogan, muy aficionado a encender fuegos políticos, ha ofrecido como única respuesta un aumento desaforado de la retórica nacionalista, lo que desde luego no lleva a ningún sitio. Pero desde la perspectiva de la economía internacional lo más grave es la actitud del Gobierno de Trump, sobre todo por lo que pudiera tener de anticipo ante crisis futuras. Comprobada la gran debilidad de fondo de la economía otomana, sus decisiones han sido las propias de una dialéctica amigo/enemigo: la más grave es la fuerte subida de los aranceles a productos de origen turco, justo en el momento más difícil, el del desplome de su divisa. Con ello, la probabilidad de un contagio aumenta. Y es que el Gobierno norteamericano antes solía comportarse como bombero en este tipo de circunstancias, aunque con frecuencia los resultados fueran cuestionables. Ahora, en cambio, el antiguo bombero parece haberse convertido en el más desvergonzado de los pirómanos.

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