Proteccionismo: acción-reacción


Sosteníamos en un artículo anterior que las primeras medidas proteccionistas anunciadas por el Gobierno de Donald Trump tenían más que ver con el simple discurso -eso sí, incendiario- que con la realidad («Pirotecnia proteccionista», Mercados, 25-3-2018). Su impacto sobre la economía global sería pequeño, y en todo caso menor que el provocado por políticas anteriores que, supuestamente, estaban lejos de esa retórica (como las aplicadas por la Administración Clinton hace un par de décadas). Pero también decíamos que en el viraje norteamericano de ahora había un elemento extremadamente peligroso: su decidido unilateralismo.

Porque si algo hemos aprendido de los errores cometidos en las crisis económicas del pasado -sobre todo en la Gran Depresión de los años treinta- es que ese puede ser un camino hacia el despeñadero. La subida de los aranceles u otras formas de protección sin consultar a los afectados por ellas suelen provocar la respuesta de estos. Poniéndose en marcha así una espiral acción-reacción que acaba por perjudicar a todos.

En las últimas semanas ese bucle se ha ido efectivamente conformando, y tomando acentos cada vez más amenazadores. La línea norteamericana de conminación parece disponerse en todos los frentes, con los socios europeos y americanos en el punto de mira; pero es en el caso del comercio con China donde las palabras están dejando ya paso a los hechos. Las autoridades chinas van respondiendo puntualmente a las subidas norteamericanas de aranceles, que responden con nuevas alzas, las cuales ya empiezan a alcanzar cotas de consideración: la reciente fijación de tasas a más de 6.000 productos de fabricación china afectarían a valores de exportación superiores a los 200.000 dólares.

Claro que se puede pensar que estamos ante una mera estrategia de presión, muy fuerte y agresiva, pero que en ningún caso pasará a mayores. Quienes así lo creen razonan sobre todo en términos de que la economía norteamericana acabaría siendo severamente dañada por un juego de ese tipo, por lo que no cabe pensar que se dispare un tiro en el pie. Y es que si las guerras comerciales fuesen efectivamente en serio acabarían por afectar a un elemento fundamental de la economía actual, las cadenas globales de valor, que podrían experimentar bruscas rupturas. Al tener en cuenta este factor, la atención exclusiva a los intereses de los productores del llamado «círculo de óxido» y la consigna de América primero va cobrando la forma de un absoluto disparate: piénsese que ya hace unos años se hizo el cálculo de que más del 60 % del valor de producción de un coche estadounidense se genera en el extranjero. Por ello, para la industria automovilística de ese país el aumento de la protección tendrá mucho más de problema que de solución.

La pura racionalidad económica recomendaría, por tanto, avanzar con cuidado por ese pantanoso terreno. Pero no parece la prudencia la principal virtud con la que Donald Trump afronta la política económica ni las relaciones internacionales. A propósito de su estilo de gobierno cabe recordar lo que el escorpión dijo a la rana cuando cruzaban el río, en aquella vieja historia: «Es mi carácter». Tampoco resulta tranquilizador que su principal asesor en esta materia, Peter Navarro, haya sido siempre un observador simplista de las tendencias comerciales, atribuyendo a la pujanza china la causa principal de los problemas norteamericanos. Desde el resto del mundo, y en particular desde Europa, estos procesos se ven con cada vez más aprensión, pues si la espiral llega a consolidarse la línea de reactivación de la economía internacional puede verse seriamente comprometida. Lo podríamos comprobar ya en el 2019.

Autor Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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