Las miserias del populismo proteccionista

La recuperación de los postulados proteccionistas frente a la globalización que en las últimas décadas cambió las condiciones del mercado y las relaciones entre países requiere de un debate pausado, un análisis sobre la viabilidad de una vuelta atrás en el actual contexto mundial. Ni las condiciones políticas ni las económicas son las mismas. Los países europeos han perdido soberanía en el marco de la UE y los que la mantienen están sujetos a las normas del mercado actual.


Los planteamientos populistas surgen como una reacción a la globalización. Tratan de recuperar un pasado histórico en el cual la soberanía nacional abarcaba todos los ámbitos de la vida social y política. Dentro del marco del Estado-Nación, los parlamentos decidían sobre cualquier tipo de asunto, desde las condiciones para abortar, hasta los tipos de interés.

Para clarificar este aspecto propongo un ejercicio: comparemos el marco institucional de la España de 1985 a la de ahora, 33 años más tarde.

En 1985, el Parlamento español era absolutamente soberano. Podía decidir sobre cualquier tema con total libertad. En lo que se refiere a los presupuestos, la soberanía nacional permitía establecer los impuestos y asignar los gastos con total independencia y autonomía. Hoy esto no es así. España (y cualquier otro país de la eurozona) tienen que enviar a Bruselas el borrador de presupuesto para su aprobación, previa a su discusión en el Parlamento nacional. Este borrador tiene que contener obligatoriamente algunas cláusulas. Por citar solo algunos ejemplos, en los ingresos no se puede renunciar al IVA, la diferencia entre ingresos y gastos públicos está tasada de tal manera que el déficit, de haberlo, no puede superar el 3 % del PIB. Además, la deuda pública emitida tiene un tope del 60 % del PIB que ningún país debería superar. De hacerlo, pasaría a una supervisión mensual por parte de Bruselas, control que puede llegar al envío de una troika si la situación es grave. Como en Grecia, Irlanda, Malta, Portugal, etc. En definitiva, la soberanía nacional -la soberanía presupuestaria de los Parlamentos-s e ejerce ahora dentro de los límites de un cinturón de hierro que viene establecido desde el exterior, límites que un país, individualmente, no puede modificar.

En 1985, España disponía de una política monetaria propia ligada a una moneda soberana -la peseta- y, por consiguiente, determinaba todos los parámetros financieros, desde los tipos de interés hasta la tasa de cambio. Hoy esto ya no es así. Mario Draghi, desde Fráncfort, nos hace la tarea sin que los españoles podamos decir mucho. Ni los españoles ni los alemanes, ni cualquier otro país individual de la eurozona. Hoy la política monetaria en España es un dato determinado desde el exterior. España, bajo el punto de vista populista, renunció a su moneda nacional para sustituirla por una moneda extranjera.

Los precedentes

En 1985 España disponía también de una política agraria nacional en la cual los aranceles frente al exterior defendían a nuestros productores de maíz, de leche, etc. frente a las importaciones desde el extranjero. Estas tributaciones no se aplicaban solamente a los productos agrarios. Los productos industriales se parapetaban detrás de uno de los aranceles más elevados del mundo en aquel momento. Hoy todo esto ha desaparecido. El mercado interno dejó de estar cautivo y reservado para la producción nacional. La unidad de mercado dentro de los límites de la Unión Europea, y un arancel insignificante frente a terceros, han disuelto el proteccionismo español, de tal manera que hoy en día nuestra economía es un espacio abierto dentro de la economía global. Una región.

Y podíamos seguir con más temas, y con cualquier otro país, comparando la situación de 1985 con la de ahora. La conclusión sería reiterativa: pérdida de soberanía nacional, sometimiento a normas dictadas desde el exterior, etc. Podíamos pensar que esto solo es aplicable a los países europeos como consecuencia de su adhesión al euro o a la Unión, pero nos equivocaríamos. Cualquier país en el contexto internacional, en mayor o en menor medida, está sujeto a su propio cinturón de hierro. No hay excepción posible. Y las dudas se despejan al comprobar como se expandió la crisis financiera del 2008. En seis meses estábamos todos afectados.

Ante este cambio tan profundo, existen dos tipos de soluciones, cada una de ellas con variantes internas. Dos soluciones tanto en el plano académico como político. Una -la solución liberal- supone que estamos ante un punto de inflexión histórico y que hay que tratar de establecer instituciones de gobernanza global a partir de las instituciones multilaterales ya existentes. Supone que, a partir del orden mundial ya establecido, se pueden mejorar las relaciones entre lo que va quedando de los antiguos Estado-Nación, transformando las instituciones internacionales para que pongan límites a un mercado global que parece más determinante de la vida social y política ahora, que antes. Paradojas de la historia.

Una vuelta atrás

La otra salida -la vía populista-pregona una vuelta atrás. Resulta particularmente llamativo como economistas lúcidos e influyentes en la trayectoria del neomarxismo, como Samir Amin, Immanuel Wallerstein, Ernesto Lacau, nos propongan evitar el caos final del capitalismo recuperando el marco normativo e institucional creado a finales de la segunda guerra mundial. Volver al estado-nación con sus aranceles, sus monedas, sus parlamentos soberanos, las particularidades idiosincráticas, idiomas e identidades de cada uno ahí incluidas. Según ellos, recuperando lo perdido, volveríamos a tener un mundo como el que teníamos antes. Un mundo gobernable y abarcable. El razonamiento parece un tanto infantil. Pero es dramático si tenemos en cuenta que hablamos de intelectuales muy maduros.

En la vía populista tenemos también representantes significativos de la derecha. Pienso en el Partido Republicano en USA, los partidarios del brexit en el Reino Unido, la extrema derecha en Francia o en Austria, el populismo italiano, etc. Uno de los elementos comunes que tienen estas corrientes es recuperar la soberanía perdida, y la grandeza nacional, cerrándose sobre si mismos, aislándose del contexto internacional y ocultándose tras la recuperación de las fronteras nacionales. Recuperando el estado-nación que en un momento del tiempo los ha hecho grandes. El presidente Trump lo refleja claramente. Make America great again, para lo cual America first.

Este nacionalismo populista plantea una vía equivocada para alcanzar unos objetivos muy discutibles. El objetivo de hacer un país grande y poderoso es positivo en sí mismo. Pero si el camino es hacerlo a costa de empobrecer al vecino, desgraciadamente ya conocemos cuales son los resultados. Sobre los medios para conseguirlo, ahí es donde está el error.

Con la globalización ya prácticamente terminada, los mercados nacionales han dejado de existir y los procesos productivos han rebosado el viejo marco del estado-nación para aportar un segmento en cadenas productivas a nivel global. Con frecuencia, un segmento prescindible y fácilmente sustituible. De tal modo que, ni las exportaciones son cien por ciento producción nacional ni las importaciones totalmente producción extranjera. En un mundo así, el proteccionismo nos empobrecería a todos. En el pasado no es que estuviéramos mejor. Simplemente, la percepción era otra, éramos más jóvenes.

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