La tiranía del corto plazo


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Para los viejos capitanes de industria, como para los historiadores del capitalismo, la paciencia era una de las principales virtudes que debería mostrar la economía. Las ideas que permitían afrontar con seguridad el futuro eran las de poner en marcha planes de inversión calculando las ganancias a obtener a lo largo del tiempo y pensar en la marcha del negocio, no solamente a seis meses o un año vista, sino con un horizonte de décadas. Un planteamiento en el que la gratificación inmediata, aún siendo bienvenida, debiera ceder protagonismo a la de más largo recorrido.

Este planeamiento general chocó en la práctica con la lógica de un sistema en el que la obtención del máximo beneficio en el menor tiempo posible constituye una máxima inexorable. Pero durante mucho tiempo se dio una situación de equilibrio frente a esa tensión de fondo entre las perspectivas de largo y de corto plazo. En las últimas décadas, sin embargo, lo que se ha venido imponiendo es más bien lo contrario: un desequilibrio creciente y bastante marcado hacia lo segundo. En una época marcada por la aceleración -que afecta a muchos aspectos de la vida, pero sobre todo a los que tienen que ver con la economía-, la impaciencia ha ganado muchos enteros, hasta convertirse en una de las fuerzas más determinantes de nuestro presente.

La omnipresencia de las tecnologías de la información y los nuevos modelos de organización del trabajo, protagonistas destacados de la mayor velocidad, han coincidido con la aparición de una renovada cultura empresarial (o si se prefiere, una nueva mentalidad) en la que es fundamental la retribución a los inversores de una forma casi inmediata. La obsesión por la presentación de los estados de cuentas ha acabado por conformar lo que se ha llamado «capitalismo trimestral». Un ejemplo de lo que decimos es la rapidez con la que cambian de mano las acciones: en Estados Unidos, la media de posesión de una cartera de acciones era de siete años en 1970, y ahora apenas alcanza los siete meses (una parte importante de ellas dura apenas unos segundos). Naturalmente, la tiranía del corto plazo no se ha impuesto en todas las empresa ni organizaciones -hay algunas muy notables que mantienen el catalejo bien dispuesto-, pero sí como tendencia general.

Hasta hace poco tiempo esta era una cuestión que se percibía como importante, pero de la que apenas existía evidencia empírica. Eso ha cambiado mucho en los últimos años. En el Reino Unido, por ejemplo, algunos estudios realizados en el Banco de Inglaterra y dirigidos por su economista jefe, Andrew Haldane, han llegado a la conclusión de que el cortoplacismo está muy arraigado en los comportamientos económicos, dejando clara huella en las decisiones de inversión empresarial y los precios de los activos a lo largo de los últimos veinte años. Todo ello tendría un coste importante para la economía británica, que en ausencia de ese problema podría haber crecido hasta un 20 % más en esos años.

Algo parecido concluye, para el caso de Estados Unidos, un informe reciente del Instituto McKinsey (Measuring the economic impact of short-termism, febrero 2107), según el cual las ganancias de las grandes y medianas empresas orientadas hacia el largo plazo de aquel país entre el 2001 y el 2014 tuvieron unas ganancias muy superiores (en un 36 %) al resto. Si todas ellas se hubiesen comportado de acuerdo con el patrón de larga perspectiva, el PIB norteamericano hubiese sumado un billón de dólares adicional.

El sesgo cortoplacista (una forma de miopía) es por tanto un fenómeno importante en la economía contemporánea, como lo es su coste. No es raro que algunos autores, como el propio Haldane, lo destaquen como una de las principales amenazas que pesan sobre el crecimiento de cara a las próximas décadas.

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