Galicia supera al País Vasco en el número de patentes solicitadas

Aunque muchos de esos inventos logran la protección de la Oficina Española de Patentes y Marcas, se sigue pinchando a la hora de transferir ese conocimiento al entorno industrial

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Vilagarcía / La Voz

Apunten este dato y echen mano de él si sufren un ataque de esa tendencia a la autocrítica perenne que se nos achaca a los gallegos. En el 2017, Galicia fue la sexta comunidad autónoma que más patentes presentó ante la Oficina Española de Patentes y Marcas. Es cierto que nos aventajan Madrid, Cataluña, Andalucía, Valencia y Aragón. Pero es cierto, también, que nos hemos colocado por delante del País Vasco, una referencia indiscutible en lo que a desarrollo de I+D+i se refiere. Durante el 2017, ajenos al escenario estadístico que iban a dibujar, 188 inventos gallegos entraron en la rueda de exámenes a la que deberán ser sometidos para ver si merecen, o no, ser protegidos por una patente. En total, en España se iniciaron 2.150 expedientes de ese estilo.

Aunque pueda parecer lo contrario, la solicitud de la patente no es el inicio del camino. Para llegar hasta aquí, el inventor ha tenido que recorrer ya una ruta larga y farragosa . Los más avisados habrán recurrido, desde el principio, a un asesor especializado que, a modo de Cicerone, los acompañará en su viaje a través de la burocracia. «Mucha gente piensa que pueden apañárselas solos, y cuando por fin se dan cuenta de que es más complicado y llegan a nosotros, a veces ya han cometido errores fatales». Habla Luisana Brea, de la empresa Ungría, una firma con un siglo de historia y numerosas oficinas repartidas por todo el mundo. Una de ellas está en Vigo.

En ella trabaja nuestra interlocutora, que reconoce que Galicia tiene sus particularidades, también en esto de las patentes. «Los gallegos suelen ser humildes. Llegan hasta nosotros como titubeando, y nos dicen que ‘ya debe de haber algo más así por ahí’», explica. Aunque el volumen de solicitudes que emanan desde esta tierra es importante, «en otros lugares se intentan proteger más cosas, más pequeñas. Pero aquí parece que confiamos poco en nuestro talento y por eso hay más reticencias a iniciar el proceso de patente».

Pero está claro que hay quien inicia ese camino. Muchas veces, sin tenerlo lo suficientemente claro. «Falta mucha cultura en ese sentido», argumenta Brea. Y es que para proteger una propiedad intelectual hay muchos caminos y muchas fórmulas. No siempre hace falta recurrir a una patente, que debe tener un componente industrial. En algunos casos es más adecuado protegerse con un modelo de utilidad, que tiene diez años de protección, o un diseño. Elegir la fórmula adecuada resulta fundamental. «La patente es un registro de propiedad que protege bienes inmateriales. Una invención, un producto. No puedes patentar una idea. Y para que la patente sea aprobada debe cumplir varios requisitos: la novedad -ser algo que no se conociese antes -, tiene que tener actividad inventiva -no puede resultar obvio para los técnicos que trabajan en la materia- y debe poder llevarse a la práctica». Lo relata Susana Torrente, experta en valorización y transferencia de la Universidade de Santiago. Comprobar que cada una de las solicitudes presentadas ante la OEPM cumplen esos requisitos exige tiempo y paciencia. «Los examinadores son muy minuciosos», explica Luisana Brea. Por eso, el trámite de una patente puede consumir grandes cantidades de tiempo. Desde los cinco meses en los casos más sencillos, que se acogen a procedimientos acelerados, hasta un sumatorio de años que suele rondar entre los tres y los cinco. A cambio, se logra una protección que estará en vigor durante veinte años.

«A la gente le suele parecer poco tiempo. Pero, en realidad, la mayoría de las patentes no llegan a estar en vigor por todo ese período, porque la tecnología evoluciona muy rápido. Lo más probable es que en unos años se le haya ocurrido algo mejor al propio creador, que tramitará una nueva patente y dejará caer la antigua, o a la competencia», asegura Luisana Brea.

Pero volvamos al momento en el que un inventor decide patentar su creación. Si no cuenta con asesoramiento profesional, es fácil que cometa algunos errores que, a la larga, le pueden salir caros. «Una cosa que suele ocurrir es que se divulguen total lo parcialmente datos de la invención. Es comprensible: la gente a veces necesita inversores y en esa búsqueda salen en prensa, dan a conocer su idea, y acaban conculcando el requisito de novedad», señala Luisana Brea. Reivindicar ámbitos de producción muy reducidos es otro fallo recurrente, igual que las redacciones «con insuficiencia descriptiva» y errores. Son solo algunos de los obstáculos con los que se encuentran quienes van detrás de un sueño. «Hay cosas que se pueden arreglar y otras que no. También hay cosas que se pueden patentar y otras que no. Y decirle que no a un inventor es duro, porque normalmente estás destrozándole un sueño», reflexiona Brea. Pero esa dosis de brutal honestidad forma parte de su trabajo.

¿Y qué tipo de cosas pretendemos patentar los gallegos? Pues de todo. Desde una toalla convertible en bolsa, mochila y pareo, hasta un vehículo anfibio volador con despegue vertical. Desde un traje protector para perros de caza, hasta una máquina para desplumar aves. Desde metros digitales para agilizar las partidas de petanca, hasta palillos antideslizantes para las cuerdas de mejillón. «Nosotros registramos muchas solicitudes de patentes relacionadas con el mundo del mar y de la conserva», explican desde Ungría, en Vigo, el corazón de esa industria del mar. Sobre esa realidad habla, también, el informe del Clúster Tecnológico Empresarial das Ciencias da Vida de Galicia, Bioga. En su informe anual, destaca las solicitudes de patentes generadas por centros tecnológicos como Anfaco-Cecopesca en colaboración con empresas del sector.

el valor de la universidad

La conserva forma parte, al fin y al cabo, del amplio espectro del ecosistema biotech gallego, que genera una buena cantidad de las patentes que se registran en Galicia cada año: alrededor de un centenar. Un dato excelente, sí, aunque con una cara oscura: de ese total, solo una decena consigue licenciarse. O, lo que es lo mismo, solo un diez por ciento logra comercializarse. Veamos, por ejemplo, los datos del 2016, cuando la cifra de solicitudes de las empresas biotecnológicas se incrementó hasta las 93, se recibieron 56 concesiones, pero solo se licenciaron siete. «Y poner el producto en el mercado, beneficiando a la sociedad, es lo realmente interesante», explica Susana Torrente, de la USC. La Universidade de Santiago, junto con la de A Coruña y la de Vigo, son tres polos fundamentales de la investigación y la innovación en Galicia. Desde sus respectivas áreas de valorización se encargan de tender un puente entre el mundo teórico de los investigadores y de las patentes, hasta el mundo práctico de la empresa. En muchos casos, se buscan socios desde el principio, y en muchos casos las patentes cuentan con cotitulares públicos como, por ejemplo, el Sergas, otras universidades. Pero también las empresas privadas.

Los cimientos de la medicina del futuro

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Es coautora de dieciséis patentes. De ellas, catorce han sido gestionadas por el área de transferencia de la Universidade de Santiago. Así que Carmen Álvarez no escatima halagos a los responsables de ese servicio universitario. «Sin su ayuda, nos hubiese sido imposible redactar las patentes con el grado de precisión que se requiere», relata. Desde el área de transferencia de la USC «nos fueron ayudando a identificar nuestros puntos fuertes. Fue como un proceso de retroalimentación muy positivo», relata esta investigadora, adscrita al grupo I+D Farma. Para ella, los trámites burocráticos son un mal necesario. «Es un proceso complejo. Mientras estás investigando no puedes publicar nada. Y después, una vez que la solicitud pase los exámenes y trámites correspondientes, tenemos que buscar la valorización de esa investigación». Una de las patentes desarrolladas por Carmen Álvarez ha dado pie a la creación de una spin-off de la Universidade de Santiago.

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Convertir los subproductos en una fuente de riqueza más. Ese fue el objetivo con el que Queizúar recurrió a las universidades gallegas y les planteó una colaboración para sacar el máximo provecho al suero lácteo que se genera en su fábrica de producción de quesos. Desde aquel primer paso hasta hoy han pasado ya unos cuantos años. Por el medio, se han gestado ideas, se han descartado alternativas, se han desarrollado otras hasta conseguir que dos patentes hayan germinado. Con ambas concedidas en España, la empresa se ha lanzado a conseguir su validación en otros países de Europa y América del Sur. «Las patentes son importantes porque nos han permitido proteger dos tecnologías que hemos desarrollado. Otras empresas del sector lácteo podrían beneficiarse de estas tecnologías, ya que permitirán revalorizar el suero y convertirlo en un activo, en vez de pagar para su gestión», explican desde Queizúar.

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