Conozca Galicia


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Una de cada dos veces que entro en la Xunta de Galicia salgo descolocado. Que no le dé pena, antes eran dos de cada dos. Hay una mejoría evidente. Y la verdad, si algo me encuentro, son sonrisas y cooperación. Entonces... ¿Cuál es el problema? Que salgo conociendo mejor el marco administrativo que nos hemos autoconcedido y, sinceramente, el enemigo está dentro. Fíjese, aquí uno, economista, al que le han pagado por estudiar, y a pesar de ello comete un error de bulto, ignorar la gobernanza de Galicia.

Alguno dirá: ‘Ya, a usted no le gusta este gobierno’. Y se equivocará, esa no es la crítica. Es más compleja. Lo que no me satisface son las reglas que nos hemos conferido, la gobernanza; el gestor, el presidente, es otra cosa. Otro debate. Un industrial del metal pediría que llamen a un ingeniero en Organización Industrial y que cambie los procesos. Este es el tema.

¿Sabía qué, por ejemplo, si cuatro juristas de reconocido prestigio o de gran relevancia académica decidiesen crear una facultad de Derecho en Galicia la Xunta se lo impediría? ¿Por qué? Para que no compita. Ya, y se lo dirán llenos de razón. La competencia perjudicaría al sistema universitario de Galicia, afirmarán. Sacudes la cabeza y te preguntas dónde vives. La literatura económica tiene más que demostrada la ineficiencia de los monopolios. Es tan evidente que, desde la desaparición del comunismo, se ha dejado de debatir. Salvo en Galicia, donde el debate está prohibido. Pero como vivimos en un mundo donde ya nadie se cree nada, huelga que cites, al estilo aristotélico, algunas referencias de peso. Entonces, lanzo la siguiente pregunta: ¿Alguien me puede explicar por qué en Irlanda hay cuarenta y seis instituciones universitarias y ello no solo ha permitido que su sistema agarrase músculo, sino que además ha generado que dos estén entre las mejores doscientas del mundo?

¿Qué hace la competencia? Dos cosas claves, mejora las gobernanzas y crea nuevos ámbitos de desarrollo. Pues así estamos. Se lo dices al conselleiro de Educación y cambia de acera, no te conoce, y eso que es una persona campechana y agradable. Lo comentas en el Parlamento de Galicia y te tiran por la ventana. Sería en lo único en lo que podrían alcanzar consenso. Lo cual me lleva a una afirmación más: hay otra Galicia, que no es menor, formada por decenas de miles de gallegos y que hoy no tienen voz en el Parlamento. Una Galicia que, si aún no se ha levantado, es porque no es consciente del espacio tan hermético que hemos construido durante las tres últimas décadas.

¿Qué ha ocurrido? Hemos legislado minimizando el riesgo mediático. Cediendo ante grupos con capacidad para convocar a la prensa y por tanto para mediatizar a la opinión pública. Por el camino, nos hemos olvidado de las lecciones aprendidas en otros países, nos hemos olvidado de los gallegos.

Otro ejemplo, la Red Natura, un proyecto ilusionante, y que hemos destrozado. Sí, destrozado, pero no el medio ambiente, sino las espaldas de los héroes que viven en nuestro rural. Cargada de restricciones que llegan a impedir cualquier actividad si la autoridad competente lo considera. ¿Y si lo considera mal? Emigre. Uno más no duele. Otro ejemplo, se habla de realizar una selvicultura tradicional en áreas protegidas. ¿Y quién define ese concepto? El burócrata. ¿Volvemos a la azada? Conclusión, los costes de mantenimiento de un monte de Red Natura, en Galicia, no lo olvide, en Galicia, son el doble que el de uno ajeno a la red, y su precio de venta tiende a cero, no hay quien lo compre. ¿Quién indemniza al propietario? ¿Por qué le han robado? Le estamos robando. Porque el que coge y no paga, roba. ¿O no? ¿Y por qué no lo sabe? Porque los humildes, los que no están organizados, no tienen voz. Esta es Galicia. Hay que conocerla.

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