«Aquí encontré la felicidad y eso sí es un negocio rentable»

Estudió Derecho, trabajó en registros de la propiedad y en empresas de comunicación, siempre en Madrid, como urbanita confesa. Hasta que un día echó la vista atrás al pazo que su padres tenían en Meis, con un jardín que ya luce el título de Excelencia Internacional. Y decidió hacer de la naturaleza su empresa y su pasión. Han pasado cuatro años y Silvia Rodríguez Coladas es otra. Y es feliz.


Redacción / La Voz

Con una clase y una elegancia heredadas de su madre, resulta difícil pensar que Silvia Rodríguez Coladas (Pontedeume, 1970) pudiese dedicarse a otra cosa que no fuese a cuidar y gestionar el pazo de La Saleta (Meis) y sus 20.000 metros cuadrados de jardín con especies de todo el mundo. Sin embargo, hace poco menos de un lustro estaba en Madrid, «y tenía plantas de tela porque se me secaban». Parece que habla de otra vida.

-¿Cómo se hicieron con la propiedad?

-Fue mi madre, Blanca Coladas, la que se enamoró de este sitio, y ella y mi padre, Lino Rodríguez, lo compraron por puro placer, para restaurarlo. Fue en 1996, yo tenía 26 años. Nada más entrar supe que iba a vivir aquí, pero pensé que lo haría a los 60 años, no tan pronto...

-Porque entonces su actividad profesional estaba muy lejos. En Madrid, concretamente.

-Sí, a los 18 me fui para Madrid, estudié Derecho y ejercí en registros de la propiedad. Para mí todo aquello era una pesadilla, así que lo dejé, y después fui jefa de prensa de una editorial durante diez años. A la empresa le afectó la crisis, como a tantas, y empecé a trabajar en una firma que hacía comunicación para otras empresas. Y me iba bien, pero no me gustaba. Por aquel entonces ya hacía visitas frecuentes a La Saleta, y un día me dije: ‘Pero teniendo esto, ¿qué hago yo en Madrid?’

-Y decidió hacer una empresa de su jardín particular. ¿No le dio miedo la aventura?

-La suerte me acompañó, aunque hay que decir que fue posible gracias al trabajo previo que hizo mi madre, que ya estaba en la ruta de las camelias y ya hacía visitas. Pero sí, fue el lugar exacto en el momento justo.

-¿Tan fácil?

-El 7 de enero del 2014 me vine a vivir aquí. Quería darme de alta y fui a una gestoría donde me dijeron que cómo iba a cotizar si no tenía facturación... ¡Hasta me propusieron que me contratasen mis padres como asistenta, no me lo podía creer! Pero la verdad, me vine a la aventura y lo que tuve fue trabajo, porque salió un reportaje en la prensa y luego empezó la temporada de la camelia, y empecé a facturar enseguida, hacía cola la gente para entrar. Así pude montar la empresa. Sigo con la ayuda de mi madre, estamos muy unidas y tenemos una gran complicidad, es una gozada poder trabajar con ella. Aquí encontré la felicidad y eso sí es un negocio rentable. Si me vuelves a meter en una oficina decaería. ¡Lo que me ahorro en psicólogos y ansiolíticos! Trabajé en despachos grises que eran caldo de cultivo de psiquiatra...

-¿Cómo describiría su nueva oficina en el valle de O Salnés?

-Son 20.000 metros cuadrados de jardín tipo inglés que crearon sus antiguos propietarios, Robert y Margaret Gimson. Antes de comprarlo mis padres, cuando ella se quedó viuda, mi madre ya venía todas las semanas, pero nosotros con los años hemos duplicado la colección botánica. Hay 2.000 ejemplares de árboles y arbustos, 800 especies de plantas y 230 variedades de camelia. Especies de todo el mundo que no se pueden encontrar en ningún otro jardín visitable de Galicia.

-¿Qué ofrecen a los clientes?

-Nos diferenciamos de otros en que no organizamos eventos grandes, no hacemos bodas, hacemos reuniones íntimas y tranquilas o conferencias. Unimos eventos profesionales con la visita al jardín. También reuniones de amigos que buscan un sitio en el que quedar, un domingo ofrecemos un chocolate con pastas... Incluso se me ocurrió crear un certamen de poesía inspirado en la camelia. El precio estándar por la visita es de 12 euros por persona. Somos nosotras las que los guiamos en un recorrido que dura unas dos horas. Enseñamos el jardín, la capilla y el palomar.

Silvia Rodríguez ha apostado con fuerza por el segmento de negocio de las conferencias. | martina miser

«Trabajo todos los días en el jardín, no me asusta coger un tractor o meter las manos en la tierra»

La urbanita confesa no tardó en hacerse botánica. «Mi maestra fue mi madre, lo demás lo aprendí buscando en los libros, casi siempre en inglés porque en español no hay casi nada de botánica».

-A la gente todavía le costará pagar por ver un jardín...

-Sí, es curioso, porque hay visitantes que te preguntan de qué vives realmente, cuando ellos acaban de pagar una entrada... Otros creen que recibimos subvenciones, cuando nosotros no recibimos ninguna, esto se mantiene con el patrimonio familiar y aunque no fuese un negocio hay que mantenerlo igual, es un pacto entre la familia. Es nuestro hogar, yo vivo aquí y no quiero verlo abandonado.

-¿Cuenta con ayuda?

-Tenemos jardineros contratados, pero yo trabajo todos los días en el jardín, no me asusta coger un tractor o meter las manos en la tierra. Los chinos dicen que si quieres ser feliz toda la vida, monta un jardín.

-¿Cuál es el perfil del cliente?

-En la época de la camelia es sobre todo extranjero, amantes de los jardines o propietarios. El resto del año son amantes de la naturaleza y muchos tienen un jardín pequeño. Han venido los dueños del castillo de Loira; la familia Agnelli, de Italia, propietarios de fincas impresionantes que se enamoraron del sitio... Y sin embargo aquí no lo sabemos valorar. El público madrileño es de lo mejor, porque en Madrid se cobra por respirar. Aquí, en cambio, no existe la costumbre de pagar por ver un jardín. Nadie es profeta en su tierra.

-¿Tuvo claro desde el principio que le iba a salir bien?

-Siempre creí que tenía mucho potencial y ha sido un acierto. Mi madre y yo no paramos de exclamar porque la floración se dispara y es un espectáculo diario, y un paseo por el jardín es un alimento para el alma. Lo veo con los niños, aquí aprenden a respetar la naturaleza. No puedo entender que los lleven a pasar el día a un centro comercial.

-Ahora se empiezan a cuestionar las críticas negativas de portales como TripAdvisor. ¿Les ha pasado?

-Me parece muy fuerte que estemos en manos de personas que ni siquiera vinieron a ver el jardín. Las reseñas negativas son pocas pero hacen mucho daño. ¡Nosotras hemos aprendido a tomárnoslo con humor!

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