Oriente seduce a los mejores futbolistas con futuros negocios

China ofrece un mercado de 1.700 millones de personas además de salarios millonarios; las restricciones económicas del Gobierno fuerzan acuerdos económicos en especie


Redacción / La Voz

A finales del siglo XIII, Marco Polo viajó a China para abrir y explotar una nueva ruta comercial que le proporcionó enormes riquezas a él y a sus familias. Al aventurero veneciano se le atribuye la importación de los espaguetis, la piñata o el helado. Ocho siglos después, el imperio chino se ha transformado y se lanza a la conquista del mundo a través de la economía. Los multimillonarios forjados a la sombra de la dictadura comunista buscan prestigio y fama. Y el fútbol es uno de los mejores escaparates para vencer las reticencias de la sociedad occidental ante la expansión de los nuevos ricos del Lejano Oriente.

El circo del balón vive días de esplendor y despilfarro en China. El líder todopoderoso del país, Xi Jinping, blindado en el cargo de forma casi vitalicia y con más poder, según todas las fuentes, que todos sus antecesores, tiene en el fútbol una de sus fijaciones. Al inicio de su mandato, fijó como desafío convertir a un país irrelevante en el balompié mundial en una potencia. Ordenó crear escuelas especializadas y convirtió el fútbol en una asignatura obligatoria en los colegios para intentar hacer aflorar talento en el país más poblado del mundo.

Para darle lustre a la apuesta, quiso crear una liga local repleta de grandes nombres. Pero la falta de tradición hizo que, al principio, solo jugadores hambrientos de dinero -como el argentino Darío Conca, la primera gran operación made in China, que fue el mejor pagado del mundo varios meses con sus diez millones netos de nómina- o viejas glorias de retirada, como Didier Drogba o Nicolás Anelka, se atrevieran a probar la exótica aventura.

Más fácil resultó con los entrenadores de prestigio. La falta de asientos en la élite europea provocó un temprano éxodo de grandes estrellas de los banquillos como Sven Goran Erickson, Alberto Zacheronni o Fabio Capello. Tras aquella primera hornada de preparadores, la cascada de grandes nombres no se ha detenido y en el país de la gran muralla se han asentado otros muchos ilustres como Manuel Pellegrini o los brasileño Luiz Felipe Scolari o Vanderlei Luxemburgo, así como los españoles Gregorio Manzano o Luis García Plaza. Su trabajo era no solo adecuar el trabajo de las bases, sino potenciar la captación de talento foráneo para darle más competitividad a los equipos chinos y hacer más atractiva su liga para los jugadores de élite.

Quizá por ello, China ya es un destino para grandes estrellas. En el último mercado de invierno, los magnates de aquel país se llevaron a algunos jugadores de renombre en España, como el canario Jonathan Viera (veinte millones de euros de traspaso y más de cinco millones de nómina), Javier Mascherano (diez millones de venta y un salario similar) o Bakambu, la estrella del Villarreal, por el que su nuevo club pagó más de 40 millones de euros.

Sus nombres se unen a una legión de ilustres que hacen fortuna en el Lejano Oriente desde hace meses: los brasileños Alexandre Pato, Oscar o Hulk; los argentinos Lavezzi y Maxi López; los españoles Jonathan Soriano o Mario Suárez; y una amplísima legión de africanos y balcánicos que dan lustre a la competición.

Algunos de esos jugadores y entrenadores han abandonado equipos muy potentes, como el París Saint Germain, el Chelsea, el Barcelona o el Atlético de Madrid. Y antes, China llegó a tantear a los entornos de Cristiano Ronaldo y Messi, los dos grandes iconos del fútbol mundial, para intentar enrolarlos en su proyecto de conquistar el balompié mundial. Por eso, la gran pregunta es qué ofrece China a jugadores del máximo nivel para que renuncien a la gloria y las comodidades europeas en el cénit de su carrera profesional.

Contaba Florentino Pérez tras fichar a David Beckham que no le preocupaba el precio de la operación, más de cincuenta millones de euros, «porque mucho de ese dinero se iba a recuperar vendiendo camisetas en países como China o Japón». Lo que entonces sonó a torpe excusa para justificar un dispendio aparentemente innecesario desde el punto de vista deportivo, se convirtió en una realidad casi una década más tarde y el Lejano Oriente ofrece un sinfín de posibilidades de negocio a los jugadores en un mercado casi virgen, de más de 1.700 millones de personas que viven un momento económico expansivo.

Algunas de las claves de la nueva era del deporte las puso de manifiesto el ahora frustrado traspaso de Andrés Iniesta al Chongqing Lifan. Además de su millonario salario, superior a los diez millones de euros, la corporación dueña de ese club, Wuhan Dangdai, se comprometía a comprar y distribuir seis millones de botellas del vino de las bodegas del manchego en el mercado local a precios de entre seis y 17 euros. Esa cantidad de vino es muy superior a la actual producción del proyecto enológico del jugador y consumiría prácticamente toda la producción de las bodegas aledañas, con unos ingresos estimados en otros 60 millones de euros adicionales. Para echar cuentas, sí.

Las nuevas ofertas del fútbol chino tienen esa vertiente de negocio a través de los millonarios que controlan sus principales empresas. Jugadores icónicos en el mercado publicitario -como podría ser el caso de Fernando Torres- se convierten en muy cotizados por su capacidad de ser rentables tanto dentro como fuera del terreno de juego.

Claro que no todo el mundo se rinde a los chinos. Algunos, como el céltico Maxi Gómez, aún prefieren hacer carrera en Europa antes de hacer las maletas y multiplicar su sueldo por diez. O por doce.

Los grandes conglomerados chinos, propietarios de los equipos, ofrecen a las grandes estrellas potenciar su marca personal y abrir fronteras a sus negocios particulares. Los vinos de Iniesta, el último ejemplo

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