Universidad, del pasado y de su futuro


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Europa renace en el siglo XI. Los conflictos se reducen y el comercio florece. Los hijos de los nobles deben socializarse, salir de las faldas del capitán de armas y saber algo más que el arte de la guerra. Deben ir con los doctos. Aprender saberes universales y volver. Continuar administrando la casa. Así nace la Universidad en Bolonia y, después, en París, para socializar a las élites. Y así continúa durante siglos, con un único y gran cambio, el nacimiento de los estados modernos en el siglo XVI. Las casas reales necesitan talento para consolidar su administración. Toca formar otra élite, y aquí ya entra en juego la naciente burguesía del renacimiento. El Estado necesita burócratas, jueces, médicos, navegantes. Requiere inteligencia y esta ha de venir de las universidades. Así nacen Santiago de Compostela, Salamanca, Alcalá de Henares, México y tantas otras. Y no hay más hasta pasada la Segunda Guerra Mundial.

La destrucción de Europa y las dos primeras revoluciones industriales nos llevaron a entender que necesitábamos técnicos que fueran ciudadanos, defensores del sistema frente a fascismos y cantos de sirena de populismos zafios. En ese marco, no importaba que fueran miles, cientos de miles, millones de ciudadanos los que entraran en el sistema universitario.

Las políticas de gasto público en los setenta y ochenta, las denominadas de demanda o keynesianas, provocaron que fueran los ministros de Hacienda, y no los de Economía, los nuevos dueños del Estado. Y estos pensaron que la sociedad solo debería hacerse cargo de la esencia del conocimiento académico, y que este, en una gran cantidad de casos, se alcanzaba en tres cursos, cuatro a lo sumo. Lo otro, la especialización, debería hacerse más tarde, y a través de un máster, cuando el universitario estuviera asentado en su empresa y además debería asumir un coste importante de la misma. Si ese conocimiento profesional le beneficiaba directamente, ¿por qué mutualizar sus costes? Por eso, en gran cantidad de países, los másteres públicos tienen matrículas con tasas superiores a los grados.

¿Qué ocurre en España? Que llevamos quince años, por un lado, metabolizando cómo insertar nuestro sistema en el Espacio Europeo de Educación Superior y, por otro, viendo cómo le sacamos a los presidentes autonómicos un mayor compromiso presupuestario. Y esto no sería malo si no fuera porque, esencialmente, es lo único en que se ha centrado el sistema y, al hacerlo, ha desplazado los dos temas tabúes, la gobernanza y la transferencia de conocimiento al tejido empresarial. Esto es de lo que nunca quiere hablar la Universidad española y, obviamente, no están pensando en tapar casos de corrupción y/o mala praxis que, afortunadamente, pase lo que pase en la Rey Juan Carlos, tengo claro que son marginales. El tema es otro, no se desea que la sociedad, y menos la clase política o la empresarial, la observe con ojos desmitificados y, en consecuencia, proponga un rediseño de sus reglas de juego, esencialmente, las informales. Y esta es la tarea y, por cierto, no es nada difícil de diseñar, solo hay que escuchar a los consejos sociales. Estos tienen muy claro cómo reducir una buena parte de las ineficiencias. ¿Qué toca? Tomárselos en serio y asumir el coste político de una reforma estructural. Difícil tarea, ¿verdad? Por eso me gusta más centrarme en batallas más sencillas, como una mejora de la apertura del Espacio de Educación Superior a nuevos modos de gestión, a la iniciativa privada. No tiene sentido, por ejemplo, que en Galicia solo exista universidad pública. ¿A qué se tiene miedo? pero, bueno, ese es otro debate, en el que pronto entraré, pero hoy, como dicen los políticos, no toca.

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