Arena para las finanzas


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Uno de los fenómenos que en mayor medida caracteriza al capitalismo contemporáneo es el desmesurado protagonismo de los mercados de capital. A lo largo de las últimas tres décadas, las finanzas han vivido un proceso de casi completa metamorfosis en su modo de interactuar con el resto de la economía, junto con una notable expansión cuantitativa. La percepción de las consecuencias de esas transformaciones mudó por completo a partir del 2008; si antes se veía como una tendencia benigna, que apuntaba hacia un futuro de estabilidad y progreso indefinidos, ahora predomina la visión contraria: demasiadas finanzas son un peligro para la estabilidad económica y el progreso social.

A propósito de esta conclusión, se recuerdan ahora con frecuencia los excesos de los procesos de desregulación de los años ochenta y noventa del siglo pasado. En particular son valiosos y significativos los análisis retrospectivos que están haciendo algunos responsables de los bancos centrales y las agencias regulatorias de diversos países. Es el caso de Merving King, antiguo gobernador del Banco de Inglaterra, o de Adair Turner, expresidente del regulador de las finanzas en ese mismo país. No cometamos los errores del pasado, afirman: embridemos las finanzas de una vez.

Ese planteamiento es contestado por parte de algunos autores y organismos que destacan la imposibilidad de imponer estrictos controles sobre las finanzas transnacionales porque la creciente digitalización no lo permite. Lo cual tiene, sin duda, una base racional, pues ahora los inversores pueden realizar por sí mismos en cuestión de segundos, a un clic, operaciones de capital en Canadá o Singapur, pongamos por caso.

Sin embargo, si se aplica esta idea a las décadas pasadas -las de la construcción de los mercados de capital en la práctica globalizados- es importante evitar errores de interpretación: la desregulación general y la apertura de la cuenta de capital no eran algo inevitable, impuesto sin más por la dinámica de la innovación tecnológica. En realidad, lo que se produjo fue un feedback positivo continuado entre las innovaciones financieras que buscaban burlar los controles y la aplicación de unos criterios de política económica (por parte de distintos gobiernos o de agencias transnacionales, como el FMI) que cooperó activamente para que ocurriera efectivamente así.

De cara al futuro esos fallos debieran ser cuidadosamente evitados. La política económica tendría que «poner arena en el engranaje» de unas finanzas internacionales que ahora están en exceso engrasadas. Los costes que para el conjunto de la economía traen consigo las crisis financieras son ahora mejor conocidos. Y no se puede olvidar, por otro lado, que se ha ido haciendo cada vez más intensa la dinámica de aceleración de las finanzas -con la repetición de los inquietantes casos de colapso súbito-, lo que trae consigo notables dosis de incertidumbre, con el consiguiente encendido de las luces de alarma.

Para reflexionar sobre todo ello, cabe recordar que el gran filósofo Karl Popper pronunció hace unos años, poco antes de morir, una conferencia en Viena sobre la necesidad de someter a un control muy estricto a la televisión. Como se sabe, Popper es uno de los principales teóricos defensores del liberalismo, pero eso no le impidió sostener la urgencia de la regulación: estamos, afirmó, ante un problema de civilización, pues un medio que ocupe sin control el centro de nuestros hogares puede afectar a nuestras mentes y a la esencia de nuestra cultura. Pues bien, algo parecido podríamos decir de algunos de los grandes interrogantes que tenemos abiertos, como la lucha contra el cambio climático… o la necesidad de embridar unas finanzas alejadas de cualquier escala razonable.

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