Finanzas y la ley de Moore


Hace más de medio siglo que el científico y cofundador de Intel Gordon Moore formuló su famosa ley, según la cual el potencial de almacenar información de los microprocesadores (el número de transistores por chip) se dobla cada dos años. Esta fórmula de crecimiento exponencial, que inicialmente parecía una locura, se ha cumplido sin embargo, de un modo inexorable, a lo largo de las últimas décadas, marcando uno de los procesos de transformación tecnológica -y por extensión, económica y social- más impresionantes que ha conocido la humanidad.

Es difícil encontrar en la vida económica algún sector o actividad que haya sido capaz de mudar con esa intensidad, a esa velocidad de verdadero vértigo. En realidad, solamente hay uno que se ha acercado algo a eso: las finanzas. Por ejemplo, sabemos que entre dos fechas tan señaladas para los mercados financieros como 1929 y 2008, la capitalización bursátil en Estados Unidos se fue doblando cada década y el volumen de intercambios se dobló cada 7,5 años. Algo que no encontramos, desde luego, en las transacciones de mercancías. Pero mucho más significativo es que, pese a la crisis, a partir del 2005, el crecimiento de las finanzas claramente se aceleró: ahora se dobla el volumen de intercambios cada 2,9 años, lo que ya está muy cerca de lo previsto por la ley de Moore para los microprocesadores.

Y es que una de las tendencias más marcadas del capitalismo contemporáneo es la profunda simbiosis entre tecnología y finanzas. Se trata, en primer lugar, de su dimensión cuantitativa, es decir, de un verdadero cambio de escala de los mercados financieros y su peso en el conjunto de la economía; pero es, sobre todo, una extraordinaria metamorfosis en su forma de operar y en sus relaciones con el resto de los agentes económicos. En pocos sectores, si es que hay alguno, ha avanzado tanto la innovación como en las modernas finanzas, lo que ha producido dos fenómenos de gran importancia.

El primero es la aparición de una diversa gama de productos financieros extremadamente sofisticados, tanto que suele decirse que no solamente sus usuarios, sino incluso muchos de quienes los ponen en circulación, no acaban de entenderlos del todo. No es extraño que en los núcleos de decisión de los grandes operadores se sitúen cada vez más, ya no economistas, sino ingenieros, pues buena parte de los beneficios de esas entidades proceden de la pura ingeniería financiera. El segundo fenómeno es la velocidad creciente a la que todo eso se produce: buena parte de las transacciones se registran ya en términos de microsegundos, a través de procesos algorítmicos.

Y todo eso, ¿qué repercusiones efectivas tiene? Algunas son positivas, en la forma de reducir costes y aumentar las posibilidades de acceso al capital por parte de las empresas o los consumidores. Pero está también el aspecto de peligro grave que incorpora el uso de estas «armas financieras de destrucción masiva» de las que ha hablado el inversor Warren Buffet. La innovación y el rápido cambio de escala de las finanzas abren un horizonte de incertidumbre total sobre sus posibles últimas consecuencias. Es por eso que dos de los máximos expertos en estas cuestiones, Andrew Lo y Andrei Kirilenko, llaman la atención desde hace años sobre la conveniencia de recordar, respecto a estos asuntos, otra ley que suele ser bastante inexorable, la de Murphy: todo lo que puede ir mal, irá mal («Moore’s Law vs. Murphy’s Law in the financial system»). Y hay un único modo de afrontarlo: poniendo arena en la compleja maquinaria de las finanzas, a través de una rigurosa y bien fundamentada regulación.

Autor Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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