Las espirales virtuosas de la economía española

La moderación salarial, la contención de los precios del crudo durante estos años y el vigor de la balanza comercial, gracias en buena medida a los dos primeros factores, han sido los pilares de la recuperación económica de España. El país, sin embargo, necesita afrontar a corto plazo dos grandes retos para no ver mermada la senda de crecimiento: el elevado volumen de deuda, tanto pública como privada, que acumula y la estructura de un mercado laboral cuyos déficits saltan a la vista


En estos últimos años, la economía española ha presentado unas características que rompen con lo que ha sido su evolución, al menos, desde 1940 a la actualidad. Una de estas rupturas se da en el terreno de la inflación. Desde el tercer trimestre del 2014, la economía crece a un ritmo superior al tres por ciento anual manteniendo tasas de inflación que no llegan a alcanzar el dos por ciento. La experiencia era que, a esas tasas de crecimiento, se correspondieran inflaciones del cuatro por ciento anual, o incluso más. En la explicación a este comportamiento históricamente anómalo hay dos elementos que me parecen básicos: un barril de petróleo estabilizado por debajo de los 70 dólares y una moderación salarial como nunca se había dado en la economía española. Por cierto, la moderación salarial favorece las inflaciones bajas retroalimentando la propia moderación salarial. Una espiral virtuosa.

Esas tasas de crecimiento van aparejadas también a un superávit exterior importante: en estos últimos trimestres la economía española vende en el exterior más bienes y servicios de los que compra en el extranjero, arrojando un saldo positivo por cuenta corriente que supera el 2 % del PIB. Aquí también se rompe la tradición: normalmente unas tasas de crecimiento relevantes -y, actualmente, por encima del 2 % lo son- venían acompañadas de déficits externos cuantiosos, muy difíciles de sostener en el tiempo. En esta ruptura hay algunos elementos importantes: una balanza de mercancías prácticamente en equilibrio (a lo que ayuda un petróleo barato, la inflación baja y la propia moderación salarial) y un saldo positivo y cuantioso en la balanza de servicios como consecuencia de un éxito espectacular del sector turístico: este año que acaba de cerrar se han recibido más de 80 millones de visitantes extranjeros con un gasto medio de algo más de mil euros por persona (crisis catalana, ahí incluida). La cuenta es sencilla: más de un 7 % del PIB español.

Estas tasas de crecimiento han movilizado también la creación de empleo de tal manera que, desde lo más profundo de la crisis en el 2013, se han generado dos millones de empleos nuevos, rebajando el desempleo a poco más de los 3,5 millones actualmente. Por desgracia, recuperado ya el PIB anterior a la crisis, habrá que esperar unos años más para recuperar la totalidad del empleo perdido. Lamentablemente, esta secuencia ha sido así en todas las crisis.

Un crecimiento vigoroso del producto y del empleo como el que hemos tenido en otras épocas pero que, ahora, se acompaña de inflaciones bajas y un considerable saldo positivo en el sector exterior. Un modelo de equilibrio macroeconómico que se parece mucho más al de Alemania que al que ha presidido la economía española estas últimas décadas.

Pero el éxito aún va más allá. España ha sido capaz de reducir un déficit público que alcanzó más del 11 % del PIB en el año 2009, al 3 % en el 2017, cumpliendo así con sus compromisos comunitarios. Sobre este punto me gustaría subrayar un hecho. La reducción del déficit fiscal se ha logrado sin merma alguna de las pensiones. Al contrario de lo que ha pasado en otros países de la zona euro (Italia o Portugal, por ejemplo), los ajustes del gasto público han recaído principalmente sobre los funcionarios (salarios y tamaño de las plantillas) y sobre los gastos en inversión pública (infraestructuras y nuevos equipamientos sociales), manteniendo el importe de las pensiones constante a lo largo de toda la crisis o, lo que viene a ser lo mismo, creciendo al 0,25 % anual. Por eso el ajuste ha sido tan duro en España: al mantener las pensiones al margen de la tijera, se descargó todo el peso de la austeridad sobre los servicios públicos.

Perspectivas de futuro

A medio plazo, la economía española se enfrenta, al menos, con dos conjuntos de retos: la deuda, tanto pública como privada, y los problemas que le son anexos y, en segundo lugar, el mercado de trabajo y sus aspectos colaterales. Veamos.

Es difícil de entender cómo en España hay una región con tendencias separatistas que aporta casi el 20 por ciento del PIB nacional y, sin embargo, la prima de riesgo está por debajo de la italiana y a poco más de un punto de Alemania. Entre otros elementos explicativos, sospecho que el BCE está comprando deuda pública (y privada) española más allá de sus compromisos iniciales, estabilizando el mercado secundario de bonos en la eurozona. Pues bien, esta situación va a cambiar hacia finales de este ejercicio, cuando el BCE abandone la compra de activos e inicie la subida gradual de los tipos de interés.

Pago por intereses

Con el gigantesco endeudamiento de la economía española, debemos afrontar desde ya este escenario. Para hacernos una idea, debemos tener en cuenta que, una subida de los tipos de un solo punto, significa incrementar el pago por intereses de la deuda pública en 10.000 millones, lo que se corresponde con un uno por ciento del PIB español. Y esto, cuando el déficit máximo permitido es de un tres por ciento. Y con el sector privado (empresas y familias) ocurre más de lo mismo. Pero aún hay más. Al subir los tipos de interés, los propietarios de la deuda emitida con anterioridad ven mermado su principal, en una oleada de pérdidas patrimoniales que habrá que manejar de forma muy prudente.

El segundo paquete de problemas se refiere a la natalidad, formación, empleo, salarios, contratación, pensiones, etc... España tiene que generar 1,5 millones de empleos nuevos para volver a tasas de paro de un solo dígito y, desde ahí, tratar de afrontar reformas en el mercado laboral que propicien la ruptura de las múltiples dualidades existentes y plantearse, desde el rejuvenecimiento demográfico, hasta una normativa que mantenga la capacidad adquisitiva de los salarios, al menos, con el IPC de la zona euro.

El primer problema se soluciona solo. El segundo… ya veremos.

Por Julio G. Sequeiros Catedrático de Estructura Económica de la Universidade da Coruña

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