La lotería me puso un negocio

María Blanco y Antonio Maseda, a los que la suerte sonrió en 1986 y en el 2002 por Navidad, usaron el premio para emprender; puede que algunos afortunados de Vilalba tomen ejemplo


Redacción / La Voz

José Antonio Teijido es parrillero en la parrillada Merendero, en Vilares (Guitiriz). El jueves fue a trabajar. Menos de una semana antes se había convertido en uno de los vecinos del concello lucense de Vilalba a los que tocó la tormenta de 520 millones que la fortuna empujó hacia su pueblo después de que uno de los niños de San Ildefonso cantara el «¡71198!» mientras su pareja de sorteo le respondía con un «¡cuatro millones de euros!». José Antonio es ahora, contando en pesetas, más que millonario. Pero como dice, «aínda non cobrei». Por eso, va a trabajar y, como mucho, puede que compre un piso. Para independizarse. Y aunque todavía es pronto para saber qué harán los premiados con el dinero, el alcalde y la asociación de empresarios del municipio han comenzado a buscar fórmulas para que las semillas plantadas el pasado día 22 por la fortuna florezcan en su concello y más de uno pueda decir aquello de que la lotería le puso un negocio.

Algo parecido fue lo que respondió hace ya años María Blanco a la propietaria de la administración de loterías La Favorita, de A Coruña, cuando esta se la encontró en una feria. María despachaba churros en una caravana -ahora le llamarían una food truck - que, casualmente, se llamaba igual que su local de loterías. Cuando acabó de comprar le preguntó por qué el negocio tenía aquel nombre. María le respondió que había bautizado de ese modo su negocio porque aquella caravana la había comprado gracias a que en el año 1986 le había tocado el segundo premio de la lotería de Navidad.

Fue el 56320, el mismo número que había dejado también en la refinería Empretrol, de A Coruña, una lluvia de 7.000 millones de pesetas (más de 42 millones de euros). Había salido de la administración La Favorita, la misma en la que María había comprado series para hacer participaciones para su bar. Aunque es de Valga, recuerda que «daquela tiña un establecemento en Adelaida Muro, en A Coruña, e comprei a lotería para facer participacións. E tocou. E tróuxonos negocio, claro. A mín e ao meu irmán porque repartín con el». La familia de esta mujer está muy unida. Nunca han dejado de estarlo. Antes de que la fortuna material les sonriera tenían negocios. Pulpería, churros, rosquillas... pero aquel premio los ayudó a dar un paso más. «Deunos para tapar buratos, para un piso, para comprar coche, para a caravana para ir polas festas cos churros... Porque deuse a casualidade de que me enterei de que o dono do bar non ía renovarnos o aluguer porque quería vender o edificio. E de feito agora no lugar no que estaba a casa construíron vivendas novas. Entón foi cando pensei na caravana e aos tres ou catro meses deixei o bar», apunta esta mujer que ahora ha vuelto a Valga. La lotería no la retiró de trabajar. Al contrario, la ayudó a impulsar su negocio. Más de treinta años después, los churros de La Favorita aún continúan viéndose en las ferias.

No fue la única que, en lugar de tomárselo con más calma, optó por expandir su negocio. Antonio Maseda, propietario del hotel y restaurante O Castelo, en San Cibrao, ayuntamiento lucense de Cervo, lleva en la sangre eso de emprender. ¿Qué otra cosa podría haber hecho entonces con el dinero que le dejó el tercer premio del sorteo de Navidad del 2002?

Aún tiene aún enmarcado el número: el 31203. «Dejó 8.020.000 de pesetas por décimo (más de 48.000 euros)», recuerda. En la zona llovieron un total de 16,8 millones de euros. Antonio tenía varias participaciones. No dice cuántas, pero le dieron para continuar invirtiendo. No puso todos los huevos en el mismo cesto. Sabe bien que no hay que hacerlo. «Comprei un local de 670 metros cadrados en Ribadeo e da a tres rúas. Montei unha moblería aí. Outra en Ortigueira e unha terceira en Xove, onde merquei outro local de 650 metros», cuenta.

Lo suyo era la hostelería. Lleva trabajando en el sector desde hace más de cincuenta años, pero los muebles no se le dieron mal. «Púxenas a funcionar e cheguei a ter traballando entre tódolos negocios a unhas 26 persoas», apunta. Porque lo que hizo con su premio fue repartir suerte transformada en puestos de trabajo. Para él, esa es la mejor lotería porque, como dice, «o que non pon, non quita». Hay que invertir, pero con cabeza, «nalgo que saibas e que che asegure unha boa xubilación». Sus mueblerías fueron bien «ata o 2010», cuando llegó a A Mariña la onda de la debacle económica global, como el coletazo de un huracán. «No 2011 pechei a de Ortigueira e as outras dúas aí están manténdose», dice.

Premio Plato de Oro

Cuando las abrió tenía 50 años. ¿Qué haría ahora después de saber todo lo que sabe? «Estou contento porque gozo moito dos negocios, gústame ser emprendedor. Estou moi orgulloso porque o día 12 deste mes déronos o Premio Nacional de Gastronomía Plato de Oro a unha traxectoria de moitos anos de traballo no restaurante. O que faría sería continuar co negocio, pero tamén vivir. Porque aos autónomos e á mediana empresa mátante a impostos», responde. La vida le ha enseñado mucho desde entonces. «Melloraría o negocio familiar para que lles quedara para os fillos e despois faríame con algún baixo nunha zona boa para que che quedara unha renda para a xubilación». Y da un consejo: «Hai que saber moi ben onde se mete un porque moitos dos que pensas que son amigos engánante». Va para los afortunados de Vilalba y para todos los que cojan a la suerte de la mano. Pero una palabra basta: «Sentidiño».

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