La exquisitez tiene precio... Y tirón

Las «empresas boutique» pisan con garbo en Galicia y, en la era de la homogeneización, cada vez más clientes se rascan el bolsillo para conseguir un trato exclusivo en hoteles o tiendas de cosmética

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Redacción / La Voz

Las señoritas parisinas de alta alcurnia de principios del siglo XX comenzaron a interesarse por el coqueto establecimiento que una joven Coco Chanel había abierto en la planta baja del apartamento de su amante. Les picaba la curiosidad, pues cada mañana veían salir a airosas mujeres con sombreros, a cada cual más elegante, obsequios de los cazadores franceses hospedados en ese edificio con los que pasaban alguna noche y ningún día. La casualidad hizo que el modelo de negocio instaurado por este icono de la moda, basado en la exclusividad, el trato personalizado y los diseños a medida, fuera calando hondo en la ciudad de la luz y se expandiera a las principales capitales europeas. Hasta hace apenas unos años, recibir estas atenciones era patrimonio exclusivo de los estratos más altos de la sociedad, pero la necesidad hace al monje. Y con la época de vacas flacas aún reciente, muchos empresarios se han visto obligados a especializarse para no ser uno de tantos en sus respectivos sectores. Esto ha derivado en el estallido de las empresas boutique, que más allá de la moda, en Galicia abarcan terrenos como la cosmética y el sector hotelero.

«Antes se llevaba el eslogan del ‘siéntase como en su casa’. Ahora a muchos clientes esto no les llega. Por eso hay que apostar por el ‘siéntase aún mejor que en su casa’». Así sintetiza José Antonio Liñares esta tendencia que gana adeptos pese a que el cliente se rasca más el bolsillo que en otros establecimientos, a priori, similares. Liñares, que regenta tres hoteles en Santiago que se aglutinan bajo el epígrafe Compostela Boutique Hotels, sabe de lo que habla. Aprovechó que su familia tenía varias residencias universitarias en la capital gallega, y que estas estaban de capa caída por el auge de los colegios mayores, para convertir estos espacios en pequeños hoteles con encanto.

De un «chateaux» francés a una casa de vanguardia

«Al principio, en el año 99, traté de seguir el patrón de los chateaux franceses. Es decir, ofrecer alojamiento en una casa pero con los beneficios de un hotel», explica. Este proyecto fue avanzando al ritmo que se multiplicaba el turismo en Santiago, y Liñares puso a cada uno de sus hoteles, Costa Vella, Altair y Moure, una sello diferente cuyo nexo es la apuesta por el trato individualizado y la creencia firme de que con el confort no basta - «por eso invertimos tanto en el diseño del mobiliario», explica-. Es así como se ganan a los clientes en estos hoteles, a los que no dejan de llegar felicitaciones navideñas de todas partes del mundo. «Yo a los dos días llamo a los huéspedes por su nombre». Huéspedes, por cierto, que suelen seguir el mismo patrón: nivel socioeconómico medio-alto, interesados por la arquitectura contemporánea y que quieren asociar su viaje a lo local. «No les interesan los productos commodities, piden más», apunta este empresario.

Quien arriesgó, triunfó

Desmarcarse en la era de la homogeneización es todo un reto. El dictado de las marcas de ropa de consumo rápido es palpable en las calles, como lo es el hecho de que un porcentaje más que respetable de la sociedad haya sucumbido al mobiliario sueco. Guste o no eso de tener una casa con estilo nórdico. La competencia es férrea y son muchos los que temen ahogarse una vez se echen al mar. No obstante, y volviendo a poner el foco en el sector turístico, quien se diferencia gana. «En Galicia hay muy pocos hoteles boutique, y fuera de Santiago yo diría que ninguno. En Vigo o Coruña, por ejemplo, al primero que lo monte, si lo hace bien y en un entorno adecuado, le va a ir genial», apunta Tono Mugico, el CEO de Mr. Turismo, una compañía especializada en el márketing aplicado a este sector.

De arriesgar y ganar sabe mucho la coruñesa Mara Esmorís. Esta ingeniera química trabajó durante años en multinacionales de cosmética, pero veía que los productos no estaban cuidados: «Todo se basa en el márketing, pero las formulaciones no son de calidad», explica. Por eso, hace unos años decidió montar en su ciudad natal Lily and White, un espacio dedicado a la alta cosmética orgánica en el que prima la filosofía de tratar la piel del cliente de manera personalizada. «Yo no tengo que rendirle cuentas a ninguna firma, recomiendo en función de las necesidades de cada uno tras realizarle al cliente un análisis de su piel». Además, comenta Esmorís, «damos muestras a los clientes para que prueben qué tal les van las cremas antes de comprarlas y organizamos talleres gratuitos de automasajes reafirmantes». «Eso de este producto te va a ir fenomenal y ya está, no vale. Ahora, con los blogs, las redes sociales, hay mucha gente que sabe mucho de cosmética y necesitan un plus», puntualiza.

También los hombres, habitualmente desatendidos en materia de estética. «Igual que a las mujeres, a ellos les gusta que les asesores y les enseñes conocimientos, que es lo que nosotros hacemos. Pero además, nos hemos preocupado por la decoración, que no necesariamente tiene que tener ese estilo femenino. Nosotros apostamos por la madera y el hormigón: ahí también marcamos la diferencia».

Una clientela fiel pese a los costes más elevados

El que algo quiere algo le cuesta. Y sentirse la última Coca- Cola del desierto tiene un precio. No obstante, Liñares y Esmorís coinciden en su diagnóstico: tienen una clientela fija porque la diferencia que pagan con respecto a sus equivalentes tradicionales es mínima con respecto a los resultados que obtienen en calidad del producto y trato.

La revolución de la exquisitez ha llegado para quedarse. Tanto, que ha alcanzado sectores como el inmobiliario. En este caso, según explica Miguel Teus, fundador de MTB Gestión Inmobiliaria, «se ofrece un asistente personal que ayude a los compradores, que a veces están a miles de kilómetros de los vendedores». En dos años, las inmobiliarias boutique han incrementado un 20 % su facturación en España. Eso sí, las operaciones suelen arrancar en 500.000 euros.

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