El peligro de olvidar rápido


Todos los veranos, un buen número de banqueros centrales se reúnen, junto a algunos influyentes economistas, en la localidad norteamericana de Jackson Hole. Lo que allí se habla es seguido con atención en el resto del mundo, porque de esas discusiones suelen emerger las tendencias inmediatas de las políticas monetarias, que sin duda han constituido lo principal de la intervención pública durante el período de crisis. Este año, sin embargo, la conversación no ha girado tanto en torno a asuntos estrictamente monetarios -lo que podríamos tomar como un síntoma de que esa política va camino de una cierta normalización- como sobre problemas más de fondo.

De un modo particularmente interesante, la presidenta de la Reserva Federal, Yanet Yellen, presentó un notable documento (La estabilidad financiera una década después del comienzo de la crisis) en el que recuerda la situación crítica vivida en 2007-2009 por el sistema financiero norteamericano, que puso en riesgo de colapso al conjunto de la economía internacional, para luego repasar las reformas regulatorias por entonces puestas en marcha y sus positivos efectos. La intención de Yellen no es la de contar una historia de un modo autocomplaciente, sino algo muy diferente: llamar la atención sobre el hecho de que todo eso puede estar de nuevo en riesgo.

Y es que ya desde su campaña electoral, Donald Trump anunció su propósito de desmontar las reformas regulatorias de la era Obama, que estuvieron dirigidas a corregir algunos de los excesos liberalizadores de las dos décadas anteriores. Unas reformas que llevaron a aumentar los requerimientos de capital, restringir el uso de instrumentos ultraespeculativos y afrontar el problema del tamaño desmesurado de los bancos (el too big to fail). Pues bien, la labor de desmontaje de todo eso parece haber empezado ya, ante lo que la señora Yellen expresa un alto grado de preocupación.

Es verdad que muchas de las competencias regulatorias descansan no en la administración, sino en el propio banco central, pero da la impresión de que este está recibiendo ya múltiples presiones políticas para que rebaje sus controles. No se olvide que el mandato de Yellen finaliza el año que viene, lo que ofrece un margen mayor de efectividad a esos apremios.

Los temores de la Reserva Federal acaban de ser expresados de un modo aún más claro, como una auténtica voz de alarma, por su recién dimitido vicepresidente Stanley Fischer, exdirector del FMI y uno de los más reconocidos expertos en macroeconomía. Sostiene Fischer en una reciente entrevista en Financial Times: «El sistema político norteamericano puede estar llevándonos en una dirección muy peligrosa… Tuvieron que pasar casi 80 años desde 1930 para tener otra crisis financiera de esa magnitud. Y ahora, después de 10 años, se desea regresar al statu quo anterior a la gran crisis financiera. Yo lo encuentro extremadamente peligroso y cortoplacista». Aunque Fisher haya alegado motivos personales, ¿tendrá algo que ver su dimisión con el estado de cosas que denuncia?

Pero, ¿es que no hemos aprendido nada? Sabido es que la evolución típica de las finanzas es cíclica. A fases de desaparición de los controles y la consiguiente sobreexpansión del crédito siguen, tras el pinchazo de las burbujas, su intensa caída y el sensato retorno de las regulaciones. Todo ello hasta que un tiempo después, llegada ya una cierta normalización, de nuevo las presiones especulativas fuerzan la relajación regulatoria… y el ciclo recomienza. La amenaza que ahora nos llega de Estados Unidos no es, por tanto, algo nuevo. Lo novedoso -y potencialmente dramático- está en la rapidez con que esta vez sobreviene el olvido.

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