Galicia es capital


La Galicia subdesarrollada, esquilmada, maltratada. Hemos construido nuestro argumentario de país usando la rabia de una familia bien venida a menos. Pero, ¿Cuándo hemos sido una familia adinerada? Si tuvimos que esperar a 1623 y al último de los Austrias, Felipe IV, para poder hablar con voz propia y no a través de la de Zamora en las Cortes de Castilla. No, ricos nunca hemos sido, pero aquí estamos, cargados de identidad, y es esto y no otra cosa lo que ha de hacernos grande.

Es aquí, en la identidad, en donde subyace la esencia de nuestro futuro económico, y se preguntará por qué. Porque ella es parte de nuestro capital social. Y no piense en el de las sociedades mercantiles, muévase más hacia el lado de la sociología económica. Ubíquese en las aportaciones de autores como Putnam (1993), cuando muestra que la misma estructura política funciona con mucha mayor eficacia en el Norte de Italia que en el Sur. ¿La explicación? La diferente presencia regional de capital social, más intenso en el Norte que en el Sur. ¿Y qué es el capital social? El concepto nace de la mano de Coleman, aunque me quedo con la definición de Francis Fukuyama (1995) cuando afirma que es la capacidad que nace a partir del predominio de la confianza en una sociedad o en determinados sectores. Puede estar personificado en el grupo más pequeño y básico de la sociedad, la familia, así como en el grupo más grande de todos, la nación. Difiere de otras formas de capital humano en cuanto que, en general, es creado y transmitido mediante mecanismos culturales, y esos no son más que los mismos que generan valores, tradiciones, costumbres, un conjunto de experiencias que conforman un patrimonio intangible, una figura sin asimilación académica que bien podría llamarse Galicia. Galicia como capital social. ¿Y? Déjeme que le lance otra idea, una reflexión que se hizo Kutznets en 1960. «Las pequeñas naciones -afirmaba-, debido a su población más reducida y, por consiguiente, a una homogeneidad posiblemente mayor y a la existencia de vínculos internos más estrechos, les puede resultar más sencillo realizar los ajustes sociales necesarios para aprovechar las potencialidades de la tecnología moderna y del crecimiento económico».

Ahora permítame que le traslade a un trabajo del danés Lundvall (2002) donde vincula a los Estados-nación con el capital social, y algo más, lo vincula con la nueva era en la que vivimos, caracterizada por los cambios rápidos y por la elevada exigencia de aprendizaje en todas las actividades económicas. En esta economía de aprendizaje globalizada, afirma Lundwall, las empresas y las economías necesitan cambiar su sistema organizativo e institucional para poder enfrentarse al nuevo contexto. Y en este nuevo reto, son los Estados-nación con fuerte carga de capital social los que parten con ventaja. No son ni los grandes ni los poderosos, son los que tienen sentido de país y ese sentimiento está arraigado entre su población. Israel sería un ejemplo de ello.

Por esto, llevo meses dedicando mi columna a Galicia, porque aquí están las respuestas a nuestra posición en el mundo. Solo hay que ver, tener la lucidez necesaria para entender que el ser más Galicia es una posición en la que ganamos todos, y que sin ella solo seremos la extensión de otros. Y esto no toca. Empezamos a vivir un nuevo paradigma, con fuerte carga tecnológica, un buen momento, que diría cualquier filósofo, para reinventarnos. ¿Por qué no hacerlo? Ah, permítame decir que este concepto de capital social choca frontalmente con los gobiernos paternalistas, es decir, no reclama ni más Concello, ni más Xunta, solo más sociedad civil, eso sí, en clave de país, teniendo claro que Galicia es capital.

Por Venancio Salcines Profesor de la Universidade da Coruña y empresario

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