Locos por la carrera espacial

Jeff Bezos, Elon Musk y Richard Branson han invertido cientos de millones de dólares en sus propios programas suborbitales


Redacción / La Voz

Si algo han deseado con fuerza mujeres y hombres de todo el mundo a lo largo de la historia es conquistar el espacio. Desde Leonardo da Vinci hasta presidentes y empresarios, pasando por miles de grandes científicos, lo que hoy conocemos como carrera espacial sigue siendo una obsesión. Y, además, ahora se ha convertido en un jugoso negocio.

Los multimillonarios Elon Musk y Jeff Bezos, fundadores de Tesla Motors y PayPal, y de Amazon, respectivamente, cuentan con sus propios programas espaciales, con los que pretenden llevar al espacio a turistas de bolsillo privilegiado en un plazo muy corto.

El precedente de Branson

Pero no serán los primeros en poner en órbita a visitantes estratosféricos de lo más pudientes. El magnate inglés Richard Branson fundó Virgin Galactic hace 13 años con el objetivo de ofrecer viajes suborbitales. En el 2008, Branson contaba con reservas para viajar al espacio valoradas en unos 30 millones de dólares, a pesar de que la inversión inicial había sido de 200.000.

«Virgin pone a una persona a 100 kilómetros de altura e inicia un descenso rapidísimo, de modo que la gente se queda como flotando en el avión por la ausencia de gravedad», explica el profesor Santiago Hernández, catedrático de la Universidade da Coruña (UDC).

Existe un motivo fundamental que explica la rentabilidad de los viajes al espacio. «Antes, los vehículos se usaban una vez y se perdían, y eso es muy caro. Ahora pueden volver a la Tierra», señala el profesor, y destaca el premio que le acaban de otorgar al dueño de Amazon por haber hecho «cinco misiones con el mismo vehículo». Por otro lado, subraya el ferviente interés del público, ya que «el ser humano siempre ha querido perder la gravedad».

De público a privado

Aquellos cohetes que nunca regresaban (en uno de ellos, el soviético Sputnik 2, murió la famosa perrita Laika) protagonizaron el inicio de la carrera espacial que, si bien ahora recibe una gran inversión del ámbito privado, en aquella segunda mitad del siglo XX venía del sector público.

El Sputnik 1 fue el primer satélite artificial lanzado al espacio, un golpe de autoridad de la URSS en 1957 ante su archienemigo estadounidense en una rivalidad que centró gran parte de la Guerra Fría.

Aunque otros países como Alemania y Canadá también invirtieron, lo que EE. UU. y la URSS se gastaron estuvo fuera de cualquier órbita: hasta miles de millones de dólares en programas anuales.

Ahora que los cohetes regresan a la Tierra, el negocio de Richard Branson no solo funciona, sino que está creando escuela.

Space X es el nombre del proyecto espacial de Elon Musk, que pretende llevar turistas al espacio el año que viene. Se calcula que solo en el 2006 Musk ya había invertido unos 120 millones de dólares de su patrimonio en el proyecto.

La ambición de Jeff Bezos, que no es menor, llevó al estadounidense en el 2000 a desarrollar su propio proyecto, Blue Origin. El dueño de Amazon, que tiene una fijación con la carrera espacial desde muy joven, había desembolsado 500 millones de dólares en julio del 2014 y su pretensión es abrir las puertas del espacio al turismo en el 2020.

Santiago Hernández no tiene ninguna duda de que, con el tiempo, cada vez más personas podrán aspirar a un viaje por el espacio. «¿Cuántas personas daban la vuelta al mundo en avión hace 40 años? En cuanto disminuyan los costes, habrá que reservar plaza con mucha antelación», opina.

«Lo que plantean ahora Musk y Bezos es hacer vuelos suborbitales y poner personas en la Estación Espacial Internacional» (es decir, a unos 400 kilómetros de la superficie terrestre), apunta el profesor Hernández, que asegura que «han desarrollado una nueva tecnología muy rápidamente».

Galicia también despega

Hernández pone de relieve que Galicia tiene un papel importante en el sector aeronáutico, que es clave en el desarrollo de artefactos aptos para el espacio. «Tienen tecnologías muy parecidas, si no idénticas», cuenta. Él mismo dirige el máster en Ingeniería de Estructuras y Materiales Aeroespaciales de la Universidade da Coruña (UDC).

Destaca también varias empresas gallegas «muy importantes en el ámbito aeronáutico», como pueden ser Coasa en Ourense o Delta Vigo. «El contexto es positivo: hay empresas ya situadas, en la UDC estamos dando formación y la Consellería de Industria está apoyando al sector aeronáutico», concluye.

Las cifras hablan solas: la industria aeronáutica gallega registró un incremento superior al 10 % en el empleo y del 7 % en la facturación. La previsión para este año, según el Consorcio Aeronáutico Gallego, es crecer todavía más: un 12 % y un 10 %, respectivamente.

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