Velocidades europeas


Parece que el eterno debate de construir la unidad europea a varias velocidades regresa ahora, y lo hace, además, tras la sucesión de crisis económicas y políticas, con inusitada fuerza. En realidad, eso de que un grupo de países en los que se registra un mayor vigor europeísta avancen en la integración con más intensidad dista de ser una novedad: ¿qué otra cosa es el club de euro, formado solo por una parte de los miembros de la UE? Y algunos de los principales hitos de la unión, como el espacio Schengen, han sido de suscripción a la carta, siguiendo una cierta filosofía de geometría variable según los ámbitos y los sectores de aplicación.

Ahora, sin embargo, parece que se habla de algo más serio: de reconocer expresamente diferencias importantes en el grado de integración de unos países y otros. O por lo menos eso se entiende del lenguaje a medias que utilizan estos días dirigentes como Merkel o Rajoy. Se trata de una cuestión de obvia trascendencia para el futuro de la Unión, por lo que es fundamental aclarar de partida qué es lo que se quiere decir cuando se habla de dos velocidades.

Y aquí hay dos preguntas cruciales. La primera es: ¿qué países integrarían cada grupo? Una línea de demarcación razonable sería la marcada por la gran ampliación a los países del Este en la década pasada, que en gran medida ha resultado fallida al comprobarse que las culturas económicas y políticas de los recién llegados eran muy discordantes con lo establecido. Sin embargo, no está nada claro que sea en eso en lo que están pensando algunos dirigentes comunitarios. Por ejemplo, de las peripatéticas declaraciones del jefe del Eurogrupo sobre las juergas en el Sur del continente financiadas con el ahorro de los honestos ciudadanos del Norte, solo se puede deducir que si tiene que haber una línea de corte, debiera ser precisamente esa: Norte- Sur. Algo que sería un error mayúsculo.

Ni siquiera está claro quiénes formarían parte del núcleo central, el más europeísta. Porque la idea indiscutible de que en ningún caso falten los seis países fundadores (y esperemos que tampoco España) choca con la actual realidad político-electoral, en la que países tan importantes para todo ese proceso como Francia e Italia se ven ahora mismo sacudidos por la presencia de notables fuerzas contrarias a la integración (y manifiestamente hostiles al euro). Y aunque el horizonte electoral se despejara en el corto plazo (por ejemplo, con la derrota de la ultraderecha francesa en segunda vuelta), lo más probable es que ese tipo de tensiones se mantenga en los próximos años.

La otra pregunta clave se refiere a lo que entendemos exactamente por intensidad de la integración. ¿Qué condiciones debieran cumplir los países del grupo de vanguardia? ¿En qué consistirían sus pasos adicionales de cara a reforzar los vínculos comunes? ¿Avanzar aún más en la unión económica, o definir un esquema de genuino federalismo? El problema es que desde una perspectiva decididamente europeísta podría resultar muy inoportuno, y a fin de cuentas contraproducente, crear nuevos organismos comunitarios o reforzar expresamente la unión política justo en el momento en que una parte apreciable de la opinión pública lo ve con hostilidad. Quizá, entonces, la solución venga por la vía de reforzar la armonización: hacer que las instituciones nacionales (las de carácter fiscal, sin duda, pero también los sistemas judiciales o los mecanismos de transparencia) sean cada vez más parecidos.

¿Tienen claras los dirigentes europeos las respuestas a estos interrogantes? A día de hoy no lo parece, y sí en cambio que seguimos en el terreno de la pura improvisación.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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