El viento que mató un aeropuerto

Las fuertes rachas impiden a los aviones comerciales aterrizar en la flamante terminal de la isla de Santa Elena; en la que el Gobierno británico lleva gastados 330 millones


Londres

El Gobierno británico lleva gastados más de 330 millones de euros en construir el nuevo aeropuerto de Santa Elena. Pero el costoso proyecto para fomentar el turismo en la isla en la que murió Napoleón se ha convertido en un enorme quebradero de cabeza para el Reino Unido, un digno heredero de la frustrada (e igualmente cara) terminal de Ciudad Real. En este caso, el problema no radica en la incapacidad de atraer actividad que minaba la instalación española, sino en un error técnico seguramente más llamativo: los fuertes vientos que reinan en la zona inhabilitan con frecuencia la pista de aterrizaje.

El aeropuerto de la isla más poblada de las colonias británicas debía estar operativo el 21 de mayo pasado, con una inauguración por todo lo alto a la que asistiría el príncipe Eduardo de Inglaterra. Cuidado con mimo, todos los ojos estaban pendientes de las obras, pues se creía que la terminal se convertiría en una suerte de mina de oro para impulsar la economía local. Ahora se ha hecho público que la apertura se ha retrasado indefinidamente, al descubrirse que la fuerza del viento es tan grave que los aviones comerciales no pueden aterrizar.

Por el momento, el Consejo Legislativo de Santa Elena aprobó una moción pidiendo una investigación independiente, incluyendo que se clarifique a quién corresponde la responsabilidad de tal monumental error. En esa línea, el presidente del comité de desarrollo económico, Henry Lawson, pidió una investigación independiente para intentar esclarecer los hechos. En el 2011, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, William Hague, dio luz verde a que continuase hacia adelante el aeropuerto, alegando que sería rentable, aunque se considerara de alto riesgo. «Claramente algunas decisiones no estuvieron a la altura, pero ahora se trata de encontrar una solución», explicó una fuente gubernamental de manera anónima. Lo cierto es que la situación es crítica. Un informe elaborado por el Comité de Cuentas Públicas de los Comunes en Londres sostiene que el Departamento para el Desarrollo Internacional ha fracasado «incuestionablemente», puntualizando: «Es asombroso que no se hubiese previsto y abordado el impacto de las condiciones de viento en el aterrizaje de aviones comerciales con seguridad».

La fama de Santa Elena había estado focalizada hasta la fecha en los últimos años en la vida de Napoleón, pues allí fue donde murió en 1821, cuando fue deportado tras la derrota de la Grande Armée en Waterloo, el 18 de junio de 1815. El que es el más antiguo de los restantes territorios de ultramar del Reino Unido tiene como principal punto de contacto con el mundo exterior a uno de los cuatro buques de Royal Mail que aún quedan operativos, el St Helena, el único transporte significativo desde la isla.

La isla volcánica, situada en el Atlántico Sur, queda así aislada y sin un futuro económico claro. Pero es que, además, a los 4.000 habitantes de la isla les toca hacer frente a una factura multimillonaria por la chapuza. Por no hablar de los muchos que se tiraron a la piscina para hacer inversiones en hoteles y restaurantes, en base a que unos 30.000 turistas volarían cada año a disfrutar de sus encantos. La gobernadora de la isla, Lisa Phillips, insistió en una carta que su responsabilidad en este proyecto es menor. Así las cosas, a los contribuyentes del Reino Unido no les quedará otra que seguir pagando seis millones de libras al año para mantener el barco entre Santa Elena y Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.

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