El futuro no se fabrica, se imprime

El sector de las impresoras 3D moverá en un futuro cercano alrededor de 14,4 billones al año. Las máquinas ya permiten realizar recambios de piezas rotas o sacar alimentos


Desde la pieza más diminuta hasta la obra de ingeniería más grande. Las posibilidades de las impresoras 3D van más allá de lo que podemos imaginar. De hecho, seguimos sorprendiéndonos cada vez que se da un nuevo paso hacia adelante en este campo. Ejemplo de ello es la piel humana que el pasado mes de enero consiguió reproducir uno de estos aparatos.

Las impresiones en 3D empiezan a dejar de ser un hito sacado de la ciencia ficción para convertirse en una herramienta útil para empresas y particulares. Y aunque todavía queda mucho camino por recorrer -actualmente el mercado en el que se mueve este sector es pequeño y específico y la mayoría de los productores se mueven en base a prototipos-, los expertos ya han empezado a poner cifras al fenómeno que está por llegar. Según un informe publicado por la consultora Accenture, las impresoras moverán en los próximos años a nivel mundial más de 14,4 billones de dólares al año.

Este es el horizonte, pero si miramos al presente, la realidad es que esta tecnología ya ha comenzado a hacerse un hueco entre nosotros. A pequeña escala y como un objeto de lujo, estos innovadores aparatos ofrecen ya algunas posibilidades para el consumidor de a pie. Juguetes, comida o piezas de casa son los ámbitos en los que por ahora están cosechando más éxitos.

Y en este campo ocupa un lugar privilegiado la empresa catalana Natural Machines, que hace unos años lanzó al mercado Foodini, la primera impresora 3D de comida. En esencia, esta máquina permite preparar alimentos con tecnología en tres dimensiones permitiendo darles cualquier forma. «Nuestra idea para el futuro es que sea un electrodoméstico tan común como puede ser el horno o el microondas, y para ello tenemos que ser capaces no solo de que imprima, sino de que básicamente sean capaces de cocinar alimentos complejos», explica Emilio Sepúlveda, portavoz de esta innovadora compañía.

La realidad es que la popularización de estos artilugios no se producirá en días. Sepúlveda cree que para que sea habitual encontrarse una impresora en una cocina todavía tienen que pasar entre diez y veinte años: «Es un recorrido que lleva tiempo, porque primero la gente se debe de habituar a su uso y encontrarle la utilidad. Además, con el tiempo y a medida que se vayan fabricando nuevas y mejores piezas irán bajando los costes de su producción y se convertirá en un aparato más accesible para la gente».

Uno de los principales ases que esta tecnología se guarda en la manga tiene que ver con la salud y la personalización. Las impresoras nos van a permitir controlar lo que ingerimos y lo que conforma nuestras recetas, permitiendo personalizar los menús a las necesidades de cada uno. «Básicamente estas máquinas son una fábrica de alimentos en miniatura, con la diferencia de que la fábrica está en tu casa y cada uno puede elegir los ingredientes con los que se hace cada plato. Así, el punto de partida de nuestra alimentación deja de ser el plato preparado», explica este experto, que además añade que la idea, en el fondo, es ayudar a la gente a que pueda volver a preparar la comida en casa sin tener que recurrir a los productos industrializados y sin tener que invertir mucho tiempo en la tarea.

La idea de una fábrica en miniatura en casa es la esencia que también defiende María Torras, portavoz de EntresD, una de las primeras empresas en apostar en España por la distribución de estos aparatos. En activo desde el año 2013, la compañía ha demostrado en estos años que las aplicaciones van mucho más allá de las puramente industriales, y que todavía hay posibilidades que hay que encontrar.

«El gran problema al que se enfrentan ahora mismo las impresoras 3D es que la gente de a pie no sabe diseñar. Sí que hay la posibilidad de descargarte los archivos que otros han subido a la red para utilizarlos, pero la principal gracia de la impresión 3D es la posibilidad de personalizar todo y de hacerte las cosas a medida; y si no sabemos diseñar, poco podemos personalizar», explica la portavoz de la compañía, que considera que una vez superada esta barrera, los aparatos nos van a cambiar bastante la vida: «A nivel doméstico, vamos a poder conseguir fácilmente recambios de piezas que se nos han roto; no vamos a depender de los proveedores para conseguir repuestos y probablemente podamos alargar la vida útil de los objetos». Lo sabe de buena mano. Torras pone un ejemplo para comprender el recorrido que tienen las impresoras: «A mis padres se les rompió una pieza muy pequeña de la puerta y los técnicos les dijeron que ya no se fabricaba ese recambio, la solución pasaba por comprar una nueva. Decidimos diseñar la pieza e imprimirla nosotros, ahorrando un dinero importante».

A medida que la tecnología avance dejaremos de fabricar y empezaremos a imprimir.

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