¿Otra vez el gran casino?


Ya hace tiempo que la condición intrínsecamente cíclica de las finanzas quedó explicada por sus mejores historiadores, como Charles Kindleberger. A fases de creciente euforia en las que se impone su liberalización, con la consiguiente formación de burbujas, sigue, más tarde o más temprano, un pinchazo, lo que provoca impactos perversos sobre el conjunto de la economía. A partir de ahí, sobrevienen las autocríticas por los comportamientos temerarios del pasado y se impone la idea de embridar férreamente los mercados de capital. Y así sobreviene una fase de finanzas aburridas pero estables, hasta que de nuevo, pasado un buen tiempo, la quimera de la ganancia fácil vence a la memoria y a la razón sensible al peligro.

Ese ha sido el ir y venir de las finanzas durante siglos. La novedad ahora es que apenas han pasado nueve años desde el gran derrumbe del 2008, con cuyas consecuencias aún vivimos, y ya se anuncia el retorno al punto cero: le ha faltado tiempo al Gobierno de Donald Trump para declarar su firme intención de derogar las sensatas leyes regulatorias puestas en marcha por la anterior administración. Es verdad que ya nada sorprende en las medidas del trumpismo triunfante -y sus nombramientos de altos responsables económicos, muy vinculados al capital especulativo, no sugerían otra cosa-, pero después de tanta apelación al voto contra las élites (Main Street contra Wall Street), una decisión así puede parecer una broma pesada. No se olvide, sin embargo, que las estrategias de liberalización financiera apenas tienen perdedores en el corto plazo: todos parecen ganar con el acceso al dinero fácil, lo que encaja bien con la propuesta populista en que se inscribe. Lo que pueda ocurrir después parece que ya importa menos.

El caso es que uno de los primeros impulsos de la nueva Administración es el de desmantelar las reformas puestas en marcha a partir del accidente de Lehman Brothers, tanto en el frente interno como en el internacional. Respecto al primero, se trataría de revertir la ley Dodd-Frank, del 2010, que pretendió separar banca comercial y de inversión (con el fin de evitar el temido Too big to Fail), protegiendo al usuario de esos servicios y limitando las operaciones que por entonces se llamaron «armas financieras de destrucción masiva». Y en el plano internacional, el enemigo parece ser todo aquello que huela a soluciones cooperativas, es decir, la introducción de normas comunes para fortalecer el capital de los bancos y para vigilar el comportamiento de los distintos operadores, incluyendo a aventureros y timadores.

Los modestos avances de una nueva arquitectura financiera transnacional, y los acuerdos para una regulación global (como los de Basilea) se ven así seriamente amenazados, cuando un gobierno tan importante como el norteamericano muestra a las claras su deseo de destruirlos, o al menos rebajarlos. O sea, aquí sí menos fronteras.

Frente a los muros contra la inmigración y un descarnado proteccionismo comercial, se saluda con entusiasmo la plena libertad de los flujos financieros. Si recordamos que durante los últimos treinta años la globalización avanzó del modo más desequilibrado, avanzando prácticamente hasta el final en lo relativo a los movimientos de capital, pero manteniendo algunas notables restricciones al comercio, toda esa estrategia parece exactamente lo contrario de lo que se necesita ahora mismo. ¿Más casino global junto a espirales proteccionistas? Difícil imaginar una combinación peor.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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