Social, ecológica y ahorrativa, así es la economía del futuro

No poseas, comparte. Vende lo que te sobra para adquirir lo que necesitas. Intercambia. Son algunos de los mandamientos del consumo colaborativo, un fenómeno imparable a nivel mundial

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Comparten su chalé y su velero...¿Quieres verlos? Querían cambiar su vida. Robarle tiempo al tiempo. Asi que Adelaida y Javier se apuntaron a la economía colaborativa. Dicen que no lo hacen por dinero sino para compartir su espacio y su vida con la gente. Lo próximo será el coche.

Redacción / La Voz

En un patio de colegio se hacen negocios. Los niños de ahora, como los de antes, canjean cromos, su merienda o incluso los deberes. Porque los niños de ahora, como los de antes, no se rigen por normas ilógicas o artificiales. Actúan instintivamente. Por eso practican el trueque, la forma más primitiva de economía. El germen de lo que hoy llamamos economía colaborativa.

Es tan antigua como las primeras agrupaciones sociales. «Los sistemas de intercambio o reciprocidad se encuentran ya en las tribus ancestrales», asegura Carmen Valor, profesora en la Universidad Pontificia Comillas y colaboradora de Economistas Sin Fronteras. Ella define la economía colaborativa como «cualquier modelo en el que los individuos, en vez de constituirse en empresa, crean redes para el intercambio entre ellos». Algunas iniciativas llevan décadas practicándose. Basta con mirar a las cooperativas o a los mercadillos tradicionales de segunda mano. Pero con Internet comienza la verdadera revolución, porque se tumban dos barreras que hasta el momento parecían insalvables: la dificultad de acceso y la desconfianza. Plataformas on line como Ebay, de compraventa de artículos, o Napster, de intercambio de música P2P, fueron pioneras, abriendo un camino lleno de posibilidades casi infinitas.

Albert Cañigueral intenta recopilarlas y darles visibilidad en su blog Consumo colaborativo, uno de los más antiguos de España en la materia. Lo fundó en 2011, inspirado por otras páginas similares que ya funcionaban en Francia e Inglaterra. En su base de datos figuran medio millar de proyectos agrupados en más de 30 categorías diferentes: transporte, financiación, educación, logística... Si repasamos la lista hay casi de todo. «El crecimiento de la economía colaborativa ha sido exponencial en los últimos años en ámbitos como la movilidad, el turismo o las finanzas», asegura Cañigueral. Aplicaciones para compartir coche, alquilar casas de particulares o financiarse colectivamente en la Red son las más populares. Pero existe un universo rico, variado y sorprendente. Truecalia, por ejemplo, permite revender billetes de Renfe de forma segura e incluso poner de acuerdo a varios viajeros para obtener la tarifa de mesa, más económica. Con VizEat se puede reservar una mesa e ir a cenar a casas de particulares en más de 60 países del mundo, viviendo experiencias gastronómicas personalizadas con anfitriones locales. Bookint es la única plataforma que facilita el intercambio de libros entre escuelas y universidades. Lamentablemente todavía no funciona en Galicia, pero sí hay iniciativas singulares con penetración en la comunidad gallega. Un ejemplo es Iamvo, una web para compartir el cuidado de mascotas y que tiene unos 400 usuarios gallegos. Otros proyectos han partido de aquí para conquistar España. Trocobuy es uno de los más asentados y exitosos. Con sede en A Coruña, su filosofía es el trueque empresarial: la financiación entre empresas y el intercambio de sus bienes y servicios al margen del sistema bancario. Y al margen del sistema tradicional de paquetería funciona Goi. Una plataforma con la que hacer envíos de un sitio a otro aprovechando que un particular realiza ese mismo trayecto. Lo fundó la coruñesa Yaiza Canosa con 22 años. Y es que son los jóvenes los que abanderan esta forma de economía. Según un estudio de Nielsen, los «millennials», los nacidos a partir de 1980, son el grupo que más intercambia. La crisis económica influye, pero hay mucho más. Es una cuestión cultural. No necesitan las posesiones como símbolo de estatus (casi ninguno piensa en comprarse un coche o una casa) y tienen una mayor conciencia ecológica. «No tiene marcha atrás, el genio ya salió de la botella. Los ciudadanos han descubierto el poder que les otorga la coordinanción a bajo coste y escala masiva», opina Cañigueral. «No hay marcha atrás porque es una experiencia que satisface. Los estudios demuestran que más del 90 % de los que prueban este consumo, repetirían», asegura Carmen Valor. Placer. Otro pulso que nace del instinto para mover la economía 

«Antes debías el favor, ahora debes tiempo»

El Banco del Tiempo de Valladares fue uno de los primeros de Galicia. Pronto cumplirá una década funcionando, permitiendo el intercambio de bienes y servicios sin dinero de por medio. «Tratamos de repetir aquello que se hacía antiguamente: la ayuda entre vecinos», explica Antonio, «solo que ahora tenemos una ventaja. Antes le debías el favor a esa persona, quedabas comprometido. Ahora pagas con tiempo y el que lo recibe puede decidir cómo y con quién lo utiliza». En lugar de dinero se utilizan cheques de tiempo, canjeables por un curso de fotografía, el arreglo de un grifo o un kilo de zanahorias. «El trueque funciona muy bien con los productos del campo», asegura Antonio. «La gente trae los excedentes de la huerta , los valoramos y a cambio se le entregan cheques de tiempo». No es un sistema benéfico, sino bidireccional. Sus miembros tienen demandas, pero también algo que ofrecer.

«Si te lo curras sacas mucho dinero»

Su nombre es Dra_Dream. Así la conocen las casi 7.000 seguidoras que tiene en Chicfy, un mercadillo de ropa on line para mujeres. María lleva en él desde el 2013, sobre todo como vendedora. Llegó a esta plataforma desde Wallapop, donde tuvo una experiencia desagradable. «Chicfy es más seguro. Controlan las publicaciones e ingresan puntualmente tus ganancias el día cinco de cada mes. Es como una nómina», afirma María. Por este trabajo, la plataforma se lleva una comisión del 20 %, pero «si te lo curras de verdad, puedes sacar mucho dinero». Y tanto. En el primer año en Chicfy, María ingresó casi 3.000 euros vendiendo la ropa que no usaba. Y no es nada fácil hacerse un hueco, porque la competencia es feroz. «Desde que empecé hasta ahora es una pasada lo que ha aumentado el número de usuarias», asegura. El dinero que obtiene lo invierte en viajar o en comprar más ropa. Y la rueda sigue girando.

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